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Full text of "La historia de la ciencia ficción uruguaya"

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La historia de la ciencia ficción uruguaya 


(2013, Llantodemudo) 



.el chiste que siempre supimos... 


David Bowie, “Slip Away” 



1 


La pornografía y la ciencia ficción están separadas por milímetros —dijo 
Alfredo Kowak de espaldas a uno de los cuatro o cinco paisajes postapocalípticos 
de Montevideo. Me pareció que miraba hacia el otro lado, hacia el centro o hacia el 
monumento a los Caídos en la Guerra Civil. 

Estábamos tomando una cerveza en la estación de servicio de Rondeau y 
Libertador, ante una intersección ballardiana de paredes enormes que se levantaban 
a modo del vasto panorama y desfile de todas las amenazas contra el cielo 
registradas por la ciencia ficción distópica. 

—El mundo en que transcurren los relatos porno es fantástico —continuó 
Alfredo— es otro planeta, el planeta del porno, donde todas las minas están 
buenísimas y el sexo es la cosa más fácil. Sos un repartidor de pizza que va a 
entregar una muzza, te abre la puerta un minón con unas tetas hasta acá; entonces 
sacás la chota y la mina te la va a chupar automáticamente porque es un alien, es 
de otro planeta, ¿entendés? Nada de emociones, nada de explicaciones, nada de 
nada... sacás y slurp... 

Me serví otro vaso de cerveza. 

—Entonces —continuó— me pareció natural escribir también porno, y todavía 
más escribir porno de ciencia ficción. Siempre se puede pensar que eso no es en 



realidad ciencia ficción, o sea cambiando ahora de manera de definir las cosas, 


pero paga mis cuentas. Algunas. 

Agarró mi libro. Me pareció que indagaba en el índice y en la bibliografía; 
pasó las páginas como si buscara un apellido en la guía telefónica y, tras una pausa 
teatral destinada, supongo, a darme a entender que estaba calibrando sus palabras 
con cuidado, cerró el libro y me miró a los ojos. 

—Le estás dando cabida a gente que no se lo merece —dijo—, todos estos 
pendejos que mencionás, el del libro ese, ¿cómo se llama?... Amor... Endor... 

— Gandor, el libro de Pablo García... 

—Ese mismo. Estará muy bien escrito y lo que quieras, pero como ciencia 
ficción es patético. Ni siquiera me parece bien escrito. O sea, es ingenuo, no tiene 
sustancia, parece que el tipo nunca leyó nada posterior a Bradbury. Y tampoco 
daba para meter a esta mina, la Fernández; está claro que eso no es ciencia ficción. 
Es una pajereada hipster. 

Tomó otro trago. 

—¿Voy a buscar otra? —le pregunté, haciendo el ademán de levantarme. 

—Yo no tengo un peso más; ando justo. 

—No importa —le dije— invito yo. 

Me levanté, tomé la botella vacía, caminé hacia el interior de la estación de 
servicio y le dije a la chica que atendía, bastante interesante y con pinta de trola, 



que le dejaba el envase porque iba a buscar otra cerveza. Asintió y miró el Msn en 
la pantalla. Por un momento pensé en pescar su dirección de correo, pero dada mi 
miopía ella habría notado el esfuerzo y mis intenciones y yo no tenía ganas de 
pasar por esa situación, cualquiera fuese su resultado. Ya ante las heladeras abrí la 
de las cervezas y tomé la que me pareció más fría. Regresé al mostrador, dejé un 
billete de cincuenta; la chica me dio el vuelto y sonrió. El equivalente de esta 
escena en el planeta del porno hubiese incluido una guiñada, una bajada al baño y 
una buena chupada mirándome a los ojos con esa cara que ponen las actrices porno 
cuando tienen una pija en la boca. Y paja, escupida, golpecitos con la cabeza de la 
japi en los cachetes, garganta profunda y arcadas. A la vez, como porno de ciencia 
ficción, hubiésemos intercambiado pautas genéticas para originar una especie 
demente que dominara el universo, le cambiara las constantes como supremo acto 
de destrucción... o sería exterminada en el intento. Y dejaría su memoria grabada 
como una nota a pie de página a la radiación de fondo de microondas. 

Alfredo seguía ojeando mi libro cuando volví con la cerveza. Ya sin disimular 
leía con atención el capítulo dedicado a su obra. 

—Hiciste bien en no decir nada en el libro sobre la guita de la convención o El 
sueño de Tesla\ tampoco se trataba de ajustar cuentas. Y con respecto a mis 
cuentos, está bien lo que ponés, me gusta que marques esa evolución de salida. Yo 
me di cuenta tarde, pero ahora me parece totalmente lógico que no vale la pena 



escribir desde un género, que tarde o temprano hay que salir. No podés morirte en 
la ciencia ficción, como no podés morirte en el policial, el terror o el fantasy. Hay 
que trascender, hacer buena literatura. Dolfer tiene razón. Pensar así a Scarone le 
parecía una estupidez, pero yo ahora lo veo como algo coherente. Lo de los 
géneros es un tema comercial, a mí ya no me interesa en lo más mínimo si escribo 
ciencia ficción o fantasy o steampunk o cyberpunk o qué. Lo único que te digo, y 
te tiro otra más porque somos amigos y nos entendemos: me gusta que hayas dicho 
que la primera historia de la ciencia ficción uruguaya la escribí yo... la tuya será la 
más completa, pero me gusta que la reconozcas como la segunda. 

Llené su vaso y el mío; brindamos. 

—Por la ciencia ficción uruguaya —dijo—; por el arte y la amistad. Por El 
Planeta Con Una Sola Calle. 

—¿El qué? —pregunté, con la cerveza en alto, sin beber. 

—El Planeta Con Una Sola Calle; ¿no te acordás de aquel cuento de Andreoli? 
Bueno, no se llamaba así, se llamaba de otra manera, pero la idea estaba genial. Era 
un planeta con una calle sola. Imagínate que la calle va de A hasta... M, ponele. 
Vos querés ir de A a F o de D a L, y vas por la calle, ¿no? Caminás ponele hacia el 
oeste. Pero resulta que es flechada, entonces si querés ir de M a B o de G a E, si 
querés moverte por la calle hacia el este, no podés. Y tenés que seguir al este, dar 
toda la vuelta al planeta, meterte en las junglas, los desiertos, los océanos, las 



cordilleras, todas las cosas raras que te puedas imaginar, todo, todo, y recién ahí, 
dando la vuelta al mundo, que aparte es enorme, recién ahí llegás a A o B o C. 
Bueno, con Andreoli decíamos que la ciencia ficción uruguaya es el planeta de una 
sola calle. Si querés que te den bola, si querés llegar a algo, tenés que recorrer todo 
el mundo. Y ahí, recién ahí, parece que te leen. O que te tienen en cuenta las 
editoriales... Justo cuando te chupa un huevo, ¿no? 

Bebió un traguito de la cerveza y agregó: 

—Pero parece, acordate de eso: parece. Si no mirá al viejo Morales o a 
Migliano... 

Iba a decir algo cuando me detuvo. 

—Y hablando de recorrer el mundo... ¿se sabe algo de Scarone? 


Antes de dedicarse a la pornografía Alfredo había trabajado en Los libros de 
Babel, una librería por 18 de Julio donde nos conocimos a fines de 1994. Yo tenía 
dieciséis años recién cumplidos y un par de meses atrás me había autoeditado un 
librillo de cuentos de ciencia ficción, alentado por un profesor de teatro de mi 
liceo, veterano loser, con ínfulas de vedetonga literaria y sin otro público que un 


montón de pendejos aburridos, para colmo afiliado a uno o varios de esos grupejos 



de escritores llenos de viejas pitucas a las que los maridos ex milicos les financian 
los libros horribles. El librito se llamó El ataque del señor de los insectos e incluía 
cuatro cuentos cortos y uno más largo, todos ingenuamente derivados (entiéndase 
copiados) de algún estándar del género. Armé un sistema de preventas y llegué a 
casi tres cuartas partes del precio de la impresión, con el resto cubierto por mis 
ahorros. Se imprimió en la imprenta que quedaba justo al lado de la casa de 
Marcio, uno de mis amigos de entonces, sobre quien valdría la pena escribir una 
novela (a sus dieciséis tocaba maravillosamente bien el piano, supongo que al nivel 
de un prodigio, vivía con sus abuelas, era alcohólico y visitaba todos los días a su 
madre, quien las noches de luna llena salía con una pistola a su jardín y le 
disparaba a una pared habitada por espíritus) y lo presenté con mis compañeros del 
grupo de teatro. Representamos la única obra de teatro que escribí y escribiré {La 
máquina de soñar universos era el título; por suerte no la conservo) y, ya cerca del 
final, mientras dedicaba libros a mis compañeros de clase, apareció Juan Carlos 
Migliano, a quien yo jamás había leído y era amigo o conocido de mi profesor de 
teatro. Me saludó con un apretón de manos, se llevó mi libro (gratis) y pronunció 
unas palabras de tipo espero que siga con esta vocación literaria pasada su 
juventud, joven escritor. 

Una tarde entré a Los libros de Babel y le pregunté al primer vendedor que me 
atendió si tenía a la venta Dune, de Frank Herbert. Alfredo, entusiasmado, lo sacó 



de un estante y me lo ofreció, la edición de bolsillo de la editorial Ultramar. A 
partir de ese momento me convertiría en cliente fiel de esa librería, y no pasaría 
mucho tiempo antes de que empezáramos a hablar de la mínima presencia del 
género en Uruguay, de que sería genial que existiera una revista en la que publicar, 
al modo de las célebres Galaxy, The magazine of fantasy and Science fiction, 
Asimov’s y todas las que conocíamos por los copyrights de los libros que 
repasábamos vibrando en fiebre. 

—Decime una cosa, ¿vos escribís? —me preguntó un día. Por ese entonces mis 
padres tenían un comercio en una galería a dos cuadras de donde trabajaba 
Alfredo; le dije que si me esperaba unos minutos podía ir a buscar algo de lo que 
había escrito para pasárselo. En el local tenía algunos ejemplares del librillo; tomé 
uno y casi corrí de vuelta a la librería para regalárselo. Prometió leerlo esa misma 
noche y lo cumplió: al día siguiente, cuando me aparecí en Los libros de Babel, lo 
primero que comentó fue que en realidad el cuento que abría el libro no era de 
ciencia ficción sino “una buena historia de fantasmas”. Sentí que había llegado la 
primera lectura inteligente de mi libro. Hasta el momento sus únicos lectores 
habían sido compañeros de liceo y familiares; llegué a dejar algunos ejemplares en 
librerías pero ante el grosor mínimo del librito, apenas un cuadernillo de 45 
páginas sin lomo, las reacciones variaron desde el rechazo puro y duro, con la 
mirada de cómo podés atreverte mocoso insolente a pedirnos que vendamos esta 



porquería, hasta el discurso condescendiente, a veces bienintencionado, de pero no, 
pibe, eso acá desaparece en los estantes, salís perdiendo si lo dejás y además... a 
ver... no, pibe, ¡además es de ciencia ficción! 

Pero eran los noventa. 

Los otros cuentos no le habían gustado tanto, y el más largo —que yo sentía 
como el plato fuerte del libro— le parecía muy inacabado (curiosamente no detectó 
la copia evidente de “Los reyes de la arena”, de George R.R. Martin). 

—La verdad —dijo—, tendrías que haber esperado, no haberte apurado tanto 
en publicarlo. Los cuentos están bien, para alguien de tu edad están muy bien, pero 
yo no hubiese sacado un libro. 

Tampoco había recibido ese tipo de crítica hasta el momento. Fingí que estaba 
de acuerdo. 

—Mirá —añadió— yo tengo dos proyectos; uno es armar una antología de la 
ciencia ficción uruguaya pero de verdad, ¿entendés? no las basuras que sacó hasta 
ahora la gente de la cultura, la gente que en realidad de ciencia ficción no entiende 
un pomo. Pero igual para eso falta mucho, falta investigar, falta reunir cuentos. 
Vos pasame lo que tengas y cuando me guste alguno lo separo para incluir en la 
antología, ¿te parece? 

Asentí. Ya imaginaba que en máximo seis o siete meses aquel libro saldría a la 
venta y allí estaría mi nombre y mi mejor cuento. 



—El segundo proyecto no es solamente mío; de hecho yo me enteré hace un 
par de días. Es la idea de otro escritor, el que para mí es el mejor escritor uruguayo 
de ciencia ficción, Emilio Scarone. —Hizo una pausa, como testeando si acaso lo 
conocía o lo había oído nombrar— Bueno, Scarone y otra gente están por sacar una 
revista. Habían publicado un número en el 89 y se terminaron peleando, pero eran 
otros en ese momento, no el mismo grupo de ahora. Estaba pensando que vos 
podrías colaborar; si te parece le pido a Scarone que se venga un día por acá y 
conversamos los tres. A la hora que salga nos vamos por ahí a tomar una cerveza. 

Le dije que sí, que por supuesto. Supongo que los ojos me brillaban con la luz 
que brotaba de las ventanitas en un acelerador de partículas a punto de explotar. A 
la semana siguiente nos encontramos los tres y, para decirlo como se diría en una 
novela (aunque en una novela seguramente la aparición de Scarone se haría esperar 
un poco más, se inflaría de expectativas de lector, se adornaría, se volvería casi 
épica, todo para apuntalar más y mejor la desilusión por el medio y la especulación 
mística al final), fue así como hice mi entrada a la historia de la ciencia ficción 
uruguaya. De hecho, si pensara en una ucrania personal, en un punto de 
divergencia a partir del cual, negando el acontecimiento real, derivara una historia 
totalmente diferente de mi vida, aquel día de diciembre del 94 sería el indicado 
para un trabajo al menos interesante. Pero ahora apretó el FF: siguieron reuniones, 
discusiones, traiciones y decenas de cuentos y novelas fallidas, editamos dos 



números de la revista, logramos que el movimiento creciera, se diversficara, 
incluyera gente dedicada a videojuegos, al cine, a la música, y, hacia fines del 96, 
todo terminó. Todo, justo cuando empezábamos a soñar con una convención a 
nivel latinoamericano, porque habíamos ganado un concurso de eventos del 
Ministerio de Educación y Cultura, obtuvimos 5000 dólares de premio y, en un 
plazo que no fue mayor a un mes, todo el dinero desapareció y junto a él el 
movimiento, los dibujantes, los animadores, los roleros, los músicos, todas las 
capas externas de la estrella perdidas en su explosión final que dejó, como siempre, 
el núcleo ennegrecido y apagado. Mezquino, comprimido en sopas subatómicas de 
rencor y dibujitos feos. 

Así fue que abandoné la ciencia ficción; otros dejaron de dibujar o escribir, yo 
opté por escribir y publicar libros que tenían poco y nada que ver con el género y 
—no puedo evitar que todo esto suene como un mea culpa — empecé a ganar 
visibilidad, a ser leído, a pelearme con idiotas, a llamar la atención de esa manera 
que funciona, en Uruguay, para que te odien pero te recuerden siempre; entonces, 
hace ya unos cuantos años, pensé que la historia de la ciencia ficción uruguaya, 
patética y absurda, cómica e imposible, debía ser contada en un libro. Me reuní con 
Matías Andreoli, Alfredo Kowak, Marcos Giménez y todos los que habían orbitado 
alrededor de Emilio y su visión, su tonta, entusiasta, ingenua visión de un 
movimiento de ciencia ficción en Uruguay; los entrevisté, investigué sus cuentos y 



sus cómics publicados a lo largo de revistas y fanzines impresas y online de todo el 
mundo; establecí sus biografías, sus bibliografías; los relacioné en dos, tres líneas 
temáticas que iban desde Quiroga y Piria hasta los últimos textos 
cienciaficcioneros aparecidos en antologías o en ediciones de concursos literarios; 
los agrupé, los clasifiqué y los ponderé como héroes de las guerras culturales, 
felizmente pasadas, porque este tipo de historias, como las de las bandas de rock, 
se escriben desde el alivio, desde el presente de nubes que se disipan y el subsuelo 
en descomposición. 

El libro apareció en mayo de 2007 con el título de Cual retazo del espacio: 
Historia de la ciencia ficción uruguaya, y desde entonces me ha quedado claro que 
quedan cosas por decir, que están allí apenas la cáscara y los huesos y la promesa 
de sustancia mientras que la carne, la verdadera carne, está ausente. 
Indefectiblemente, entonces, me encontré escribiendo algo más, el otro lado de la 
historia, si se quiere, y así este libro, que ha de ser leído ante todo como una novela 
pese a que todos sus protagonistas son “reales”, es parte de la experiencia de haber 
pertenecido a aquel grupo y por lo tanto mi crónica de sus días; es también una 
confesión, y una pregunta que, hasta ahora, carece de respuesta. Y, como se ha 
dicho tantas veces en tantos libros, estoy escribiendo ahora (digamos por ahora que 
esa es la razón) para encontrar esa clave perdida, esa vida de la memoria, ese 



espíritu artificial de los tiempos capaz de llenar los huecos vacíos de tantos días, 
meses y años y darnos la tibia sensación de un sentido, de un significado. 


La primera de las entrevistas se la hice a Matías Andreoli en abril del 2005. 
Matías había conocido a Emilio poco después de la aparición del primer número de 
Vermilion Sands, en 1989, y con la partida de Pablo Arismendi —nunca quedaron 
del todo claros los motivos—, el puesto de mano derecha pasó a ser ocupado por 
él. La de Pablo no fue la única deserción, además, y dado que el grupo original se 
había dispersado por todos los nichos diminutos que empezaban a abrirse en el 
recién recuperado ambiente cultural uruguayo, Emilio y Matías, solos, no pudieron 
seguir adelante; cuatro años más tarde, sin embargo, el movimiento resurgiría de 
sus cenizas, como diría Emilio en su versión heroica de los hechos. 

Cuando nos reencontramos para la entrevista fue inevitable cagarnos de la risa 
de algunos viejos chistes de las reuniones del movimiento, las historias 
inverosímiles que contaba Emilio todo el tiempo incluyendo mujeres que caían a 
sus pies saturadas de admiración, puertas de taxis que se abrían y femmes-fatales 
despampanantes que lo invitaban a subir para acelerar de inmediato hacia el hotel 


más cercano, tipos a los que golpeaba hasta casi matarlos en algún rincón sombrío 



de una galería desolada, más el larguísimo desfile de idiotas, en su mayoría 
dibujantes, que pasaron por la revista aferrándose a sus hojas A4 arrugadas y 
arriesgando sus irreconocibles superhéroes garabateados a lápiz. 

Matías, por otro lado, era el único del grupo que pasaba casi tanto en el 
gimnasio como leyendo cómics o libros de ciencia ficción; su teoría era que la 
inteligencia debía estar acompañada de un desarrollo físico análogo, intentando 
desmentir el cliché del genio escuálido y nerd al que acosan los giles del liceo. 
Supongo que en algún momento de su vida lo habrían cagado a golpes con 
demasiada frecuencia y que eso lo llevó a la determinación de devolver con 
intereses cada piña y patada recibida. Para ello se dedicó con una aplicación 
obsesiva a las pesas, el karate, el aikido y el taekwondo, disciplinas en las que 
alcanzó un nivel importante. Otra teoría es que los cómics de superhéroes y las 
proezas de los jedi terminaron por calar demasiado hondo en su conciencia; sea 
como fuese, Matías decía admirar a Arthur Machen porque además de un gran 
escritor había sido levantador de pesas y a Thomas Disch porque en la foto de la 
contraportada de 334 posaba mostrando unos antebrazos enormes; de hecho la 
violencia física era, no siempre en broma, su recurso favorito para terminar 
discusiones. Los científicos de sus cuentos se abrían camino golpeando a los que 
contradecían sus teorías, por ejemplo, y proclamar “te rompo todos los huesos” era 
su manera favorita de imponer un punto final. Aquello funcionaba de un modo 



bastante deliberado como punchline o remate chistoso, y a la vez, además, como 
uno de esos segmentos —tan evidentes en Emilio— que iban articulando su 
personalidad y su leyenda personal. Cuando nos conocimos, en la primera reunión 
del movimiento, me quedó mirando con el ceño fruncido. 

—Pero Emilio, este pibe no será un enclenque, ¿no? 

Y el aludido, que nos había presentado, me aclaró que para Matías (en su 
“personalísima manera de entender el mundo”, dijo) un “enclenque” era una 
persona, generalmente delgada y frágil, que carece de la fuerza necesaria para 
luchar por sus convicciones. 

—No, claro que no —le dije— ¿cómo voy a ser un enclenque si estoy acá, con 
ustedes? 

—Ah, respuesta inobjetable —dijo, palmeándome con fuerza la espalda. 

—Matías es el único escritor uruguayo contemporáneo al que respeto de 
verdad — comenzó Emilio—, que escribe ciencia ficción dura pero sin caer en los 
típicos pastiches de mongochos como Asimov y Clarke. 

—Pará —lo interrumpió Matías—, decí lo que quieras del memo Asimov, pero 
con Clarke no te metas o te rompo todos los huesos. ¿Dónde más que en Clarke vas 
a encontrar el sentido de la maravilla en estado químicamente puro? Como en 
Rama o La ciudad y las estrellas o “El muro del fin del mundo”. 



Emilio replicó que a él le gustaba Bailará, quien para Matías era un farsante, y 
que no por eso dejaban de estimarse como escritores o amigos. Yo asistía a aquella 
charla deslumbrado: estaba conociendo a personas capaces de discutir con pasión 
sobre paradigmas de la ciencia ficción. Esa noche, terminado el encuentro, Matías 
-que vivía con su esposa y su hija en un apartamento sobre Boulevard Artigas, a 
unas siete cuadras de mi casa- me propuso compartir un taxi. A lo largo del viaje 
declamó el relato abreviado de su vida y opiniones, desde su militancia durante la 
dictadura pegando carteles de los sucesivos plebiscitos (y huyendo en más de una 
ocasión de las balas, cuando la cosa recrudeció en 1984) hasta la novela que estaba 
escribiendo, titulada El sueño de Tesla, sobre una invasión extraterrestre en la que 
los aliens modificaban la historia humana con ayuda de máquinas del tiempo, 
enviándose señales (se establecían en estaciones dispersas por distintos momentos 
del tiempo y los universos paralelos) a través del arte y la literatura, especialmente 
la ciencia ficción, y triangulando posiciones en una compleja trama de realidades 
paralelas que divergían en puntos específicos, como nodos en una red. 

—Mirá —decía—, acá el tema es Emilio. No hay nadie en este país de mierda 
que sepa más de ciencia ficción que Emilio Scarone. Eso lo tenés que tener claro. 
Pero más allá de eso, el tipo tiene fallas. Grandes fallas. Resentimientos de muchos 
tipos, sociales y literarios. Esa tendencia a estar siempre mintiendo historias 
pelotudas y no darse cuenta de que nadie le cree todo lo que cuenta que le pasó 



antes de llegar a la reunión o el sábado de noche, porque es total, absurdamente 
inverosímil. Es más: una vez le dije Emilio que si algún día él ve una nave espacial 
de la que bajan cuatro alienígenas iguales a Pamela Anderson que lo invitan a 
recorrer la galaxia con ellos, por más que sea verdad es obvio que no lo va a poder 
contar jamás, porque se cae de maduro que nadie lo va a creer. Pero el no entiende. 
Pero si es verdad, Matías, agarra y te dice. Le tenés que romper todos los huesos 
para que entienda. Y es elemental, a vos te debe parecer absurdo hasta tener que 
decirlo, pero él no lo entiende, aunque parezca mentira. O sea... lo entiende, con la 
cabeza, porque mongólico no es, pero no lo comprende, no lo asimila. Va y lo 
cuenta, pah, y los aliens eran minas con flor de culo, estuve garchándomelas todo 
el viaje hasta Regulus V y las hice gritar. A él le falla eso: darse cuenta de que 
nadie le cree, que todo el mundo lo escucha y no dice nada porque es buen tipo y la 
mayor parte de las veces no importa que diga tantas estupideces, y mucho menos 
señalárselas. O que escribe bien, tiene buenas ideas y escribió los mejores putos 
cuentos de ciencia ficción que se hayan escrito en este país de mierda. Pero cuando 
te hable de literatura, más allá de la ciencia ficción, ahí menos que menos le hagas 
caso, o tomá lo que te diga con pinzas. Hay cosas que vas a tener que leer que él 
jamás en su vida las tuvo en cuenta, y que sin embargo son fundamentales. Nadie 
puede ponerse a escribir novelas sin haber leído a Proust, para empezar, y tenés 
todo el universo de la poesía, aunque Emilio te diga que es cosa de putos: lo 



máximo es T.S.Eliot, que tenés que conseguirte ya, Cuatro cuartetos, ya mismo. Y 
todo eso nos lleva a Borges. Mirá, yo puedo cagar a patadas a cualquier estúpido 
que piense que lo que escribo es basura, pero si viniera Borges y me dijera que mis 
cuentos son una idiotez, bajo la cabeza, le digo sí señor y me voy a mi casa a 
borrar todo y a empezar de nuevo. Una mente privilegiada. Es más: si pudiera 
perderme en la mente de alguien, en todo el universo derivado de la mente de 
alguien, la que elegiría sería la de Borges, sin dudarlo ni un solo instante. La mente 
de Borges, ahí hay un cuento. Un tipito viaja a la mente de Borges. Lo voy a 
escribir. 


Años después, mientras reunía material para Cual retazo del espacio, di con un 
libro que había aparecido en medio del bache de cinco años entre el primer número 
de Vermilion Sands y la reestructuración del grupo. Era una colección de cuentos 
compilada por Amadeo Marinari, un idiota de la escena pseudoliteraria 
pseudojazzera pseudocool, casi sobreviviente de los años ochenta y autor de una 
columna sabatina para el diario El país a la que era una especie de lugar común 
detestar, de una manera totalmente justificada por cierto; sin embargo, pese a 
integrar la lista de las figuras más despreciadas de la “cultura” nacional, Marinari 


se las había arreglado para convencer a alguno de los dueños o editores en jefe de 



la editorial Nuevo Siglo de publicar No más futuro , proyecto que había arrancado 
en una de las tantas reuniones lloronas en el Sorocabana con todos los escritores 
cuyos cuentos habían quedado inéditos después de que quedara claro que no iba a 
haber un segundo número de Vermilion Sands (y no lo habría sino hasta cinco años 
más tarde, cuando entré al movimiento) y que por lo tanto todos los cuentos “en 
lista de espera” habían quedado huérfanos. ¿Quién iba a publicar cuentos de 
ciencia ficción, entonces, y para colmo pésimamente escritos? A alguien, entonces, 
se le ocurrió la idea de poner plata entre todos, armar un libro con todos esos 
cuentos y buscar a alguien “conocido” o alguien “de la cultura” que lo prologara. 

Nunca supe cómo fue que dieron con Marinari -o por qué terminaron por 
elegirlo a él-, cuyas conexiones con la ciencia ficción eran poquísimas o ninguna; 
lo que sí está claro es que el proyecto pasó a sus manos y lo mejor que se le 
ocurrió, como la rata que era o es, fue cagarse en los giles que lo habían 
convocado, descartar los cuentos cuyos títulos le parecían demasiado de género 
(por ejemplo “Temporada de caza alienígena” o “Los cruceros 
interdimensionales”), llamar a un montón de amigotes o chupamedias con cuentos 
“fantásticos” que nadie más quería publicar, fugados todos de los tallercitos 
literarios y las tertulias en el Mincho o cualquiera de los barcitos frecuentados por 
los aspirantes a literatos, y llevarlo todo a Nuevo Siglo, donde se las arregló para 



que lo publicaran sin pedirle un peso (y, por tanto, embolsándose la plata que le 
habían entregado los incautos). 

Finalmente, en el índice de No más futuro los autores de Vermilion Sands 
quedaron en clara minoría; Emilio, sin embargo, tuvo algo así como suerte. El 
diagramador de la editorial lo llamó tras encontrar una palabra que no comprendía 
y que podía ser un error; se pusieron a conversar, el diagramador repasó la lista de 
escritores incluidos y, ante la merma evidente en el número de escritores 
vinculados a Vermilion Sands, Emilio preguntó si pese a esos cambios el dinero 
reunido por los escritores todavía era suficiente. 

-¿Dinero? -imaginemos que preguntó el diagramador- ¿Qué dinero? Lo pone 
todo la editorial... 

Emilio montó en cólera, como decían los literatos, y de inmediato procedió a 
llamar a todos los afectados por la “estafa”. La opción era, por supuesto, buscar a 
Marinari, cagarlo a patadas en el orto, sacarle toda la plata y buscar otro 
prologuista, aunque eso implicara demorar todavía más el libro. Parecía razonable, 
por supuesto, pero lo gracioso o lamentable fue que, pese a que parecieron 
indignarse y putearon de manera convicente, ninguno de los estafados hizo nada de 
lo sugerido por Emilio. Ninguno retiró su cuento, Marinari siguió al frente del 
proyecto y nadie vio un peso de aquella colecta. 



Emilio se enteró de la fecha y la hora de la reunión en la que sería repartido el 
libro y entró al Sorocabana justo en el momento en que Marinari abría los 
paquetes. Tuvo lugar entonces su más brillante pieza de oratoria, la larguísima 
puteada ante la concurrencia atónita (se contó después que Marinari trató de 
escapar hacia el baño pero fue interceptado por el índice señalador de Emilio y su 
peor mirada de demente) en la que desde la exposición de la crapulencia, lo 
acomodaticio, lo chuverga, lamescroto y sorbesperma, la debilidad moral, la 
estupidez y la cornudez flagrante de todos los participantes del libro, contentos 
como las vacas que pastan a la sombra del matadero, pasó a referirse al país 
completo, nido de roedores, atajo de micos aulladores, de hijitos de mamá 
incapaces de hacer lo que corresponde y bancársela, país de hipócritas, país de 
canchas limpias y baños abyectos, poblado por mentes mezquinas, paralítico, 
cuadripléjico, deshonroso, contaminante, país que odia todo lo bueno y lo brillante, 
que decapita a todo aquel que sobresalga, que arruina toda iniciativa que amenace 
con renovar la galería de fósiles y tomar por asalto el reino de los mediocres. 

O al menos así fue como él lo contó. 

En cualquier caso, fue gracias a No más futuro que Matías publicó sus 
primeros relatos: todos ellos variaciones tributarias de temas de Borges, todos ellos 
pastiches del estilo de Borges, todos ellos ridículos leídos en retrospectiva. Pero él 
nunca dejó de defenderlos ni de creer perfecto y genial aquel estilo 



pseudoborgesiano del que se había movido apenas algunos milímetros cuando lo 


conocí —es decir, ya no empleaba palabras como “fatigar” o “verbigracia”, pero 
todavía estaban, fundidos en una lógica de ciencia ficción dura, los laberintos, las 
traiciones, la infamia, las falsas reseñas, los libros perdidos y los eternos 
conjurados. 

—¿Ahora estás escribiendo? —le pregunté. 

—No, ni ciencia ficción ni fantasía ni nada literario; viste cómo es la 
docencia... te hace afinar la puntería en lo que realmente te importa. Me quedo con 
la divulgación científica. Ahora estoy administrando dos foros y un blog sobre 
astronomía y física. Y milito en el gremio. 

—¿Así que nada de ficción? —insistí. 

—Nada. 

—¿Sos el Asimov uruguayo entonces? 

—Poné eso en tu libro y te rompo todos los huesos. 


Pese a que su soñada antología jamás fue publicada, Alfredo Kowak se las 
arregló para escribir una historia de la ciencia ficción uruguaya que estableció a la 
crítica social y política como eje del género en el país, a la vez que dejó muy clara 



cierta hipervaloración de la vertiente distópica entendida como respuesta literaria 
al desfile de calamidades políticas entre mediados de los sesenta y el comienzo de 
la década del noventa. Era fácil, despúes de todo: se respondía a la Guerra Civil 
con guerras interplanetarias, se reconstruía el régimen de la Junta con tiranías 
intergalácticas y cosas por el estilo. 

Pero una conclusión lógica del proyecto de Kowak, pese a que no la explicitó y 
que, de hecho, su artículo deja claro por todas partes el enorme esfuerzo conceptual 
que hace falta para entronizar a Emilio Scarone como el escritor de ciencia ficción 
uruguayo por excelencia, era que el único de los antologados que optó por explotar 
al máximo y programáticamente esa esa línea política fue Washington Damián 
Morales, especialmente en cuentos largos como “La guerra escondida” o 
“Montevideo 2100 DC”. 

Claro que tanto Alfredo como Emilio sostenían que, en realidad. Morales era 
un escritor malísimo y que, además, era el responsable de que la primera reacción 
ante el concepto de ciencia ficción uruguaya fuese marcianitos tomando mate. 

Las circunstancias en que conocí al viejo todavía me resultan divertidas, y 
siento que vale la pena la pena contar acá esa historia que, por supuesto, no incluí 
en Cual retazo. Fue en abril de 1995, cuando estaba ya el número dos de Vermilion 
Sands en kioscos y librerías y empezaba a emerger una lista posible de relatos para 
la entrega siguiente. Teníamos además algo de dinero disponible porque todavía no 



habíamos pagado a la imprenta (por cierto, dado que la impresión de la revista fue 
encomendada al taller gráfico de un grupo de inserción laboral para discapacitados, 
el que no hubiésemos pagado un peso motivó no pocas deserciones de escritores y 
dibujantes cercanos al grupo, que pasaron a engrosar las filas de los “enemigos” de 
Emilio añadiendo al clásico “Scarone está loco” un —entonces— novedoso 
“Scarone es un hijo de puta cagador de rengos y mongólicos”), y añadiendo que, 
para nuestra sorpresa, el número dos había logrado cierto éxito de crítica que nos 
envalentonó todavía más, sobre todo cuando aparecieron los primeros elogios al 
estilo de “mucho más que marcianitos tomando mate”, empezamos a creer de 
verdad que podíamos llevar adelante nuestra pequeña revolución literaria. Fue 
entonces cuando se volvió un estribillo de todas las reuniones proclamar que 
atravesábamos los Años Milagrosos de la ciencia ficción uruguaya y que el género 
regresaba del olvido y las tinieblas con un cuchillo entre los dientes y mucha sed 
de sangre. Entre los miembros del grupo en ese momento de plenitud estaba 
Marcos Giménez, que, si bien escribía relatos (en su mayoría microficciones o 
cuentos ultracortos del tipo “creamos el virus perfecto: donde hay átomos se los 
come. Ahora lo tenemos encerrado en lo más hondo de una mina de sal; según los 
modelos de proliferación se habrá abierto camino hacia la superficie dentro de tres 
meses. Ya pensaremos en algo”), el grueso de sus colaboraciones a las páginas de 
Vermüion eran artículos sobre Star Trek The Next Generation y el mundo del 



comic de superhéroes. La primera vez que entré a su casa quedé petrificado ante 
las paredes atravesadas por estanterías llenas de revistas, ediciones prestige, 
colecciones encuadernadas y figuras de acción que iban desde el capitán Jean-Luc 
Picard hasta el villano menos conocido (por mí al menos) de las aventuras de 
Linterna Verde. No era especialmente generoso a la hora de prestar (excepto las 
revistas baratas, de las que, supongo, tendría varios ejemplares de cada número), 
pero, dado el amor que sentía por las historietas y los complejos multiversos 
Marvel y DC, estaba siempre dispuesto a pasar horas explicando las líneas 
arguméntales más complejas. 

Yo sabía poco y nada sobre cómics. En la primera reunión de Vermilion Sands, 
por ejemplo, fue toda una sorpresa ver a Matías intercambiando Pepsi Cards de los 
héroes Marvel con Marcos como si tuvieran 8 años y uno pasara revista — tengo, 
tengo, tengo, falta— a las figuritas del otro. Además no pude evitar poner cara de 
hoja en blanco cada vez que alguien aludía al Simbionte, su relación con 
Spiderman y su “obvio” parecido con tal y cual cuento de A. E. Van Vogt. Así, mi 
ignorancia, que pronto quedó en evidencia, me convirtió en el receptor perfecto 
para la vocación docente de Marcos; de hecho, su manera de acercarse para 
conocerme fue preguntándome lo que él entendería como una cuestión básica (en 
oposición a cosas más de erudito), es decir qué opinaba yo del uso de Green 
Arrow en el The Dark Knight Returns, de Frank Miller. 



No sé, nunca lo leí. 


El pobre Marcos se ruborizó. 

—¿Cómo que no lo leiste? —preguntó. Me negué con la cabeza— ¿Y 
Sandman y Secret Wars y V de vendetta y Año uno y Age of Apocalypse y Arkham 
Asylum y Gotharn Luz de Gas , y... ? 

—No, cero —le dije— no leí ninguno de esos cómics. 

Se cruzó de brazos. —Algo va a haber que hacer para solucionarlo. ¿Por qué 
no te vas a lo del viejo Morales? Si querés yo te acompaño y te ayudo a elegir. 

Como tampoco sabía quién era “el viejo Morales” Marcos procedió a 
explicarme: Morales era uno de los escritores “clásicos” de ciencia ficción 
uruguaya, un tipo bastante jodido, se decía, al que se le había muerto un hermano 
en la Batalla del Cerro y, años después, terminó preso por los militares hasta el 78. 
Hacia el fin de la dictadura abrió la primera librería especializada en cómics y 
ciencia ficción de Uruguay, “La cueva del aficionado”, ubicada hasta 1999 en el 
garaje de su casa en el barrio Sayago y después mudada a la Ciudad Vieja. Era en 
La cueva, concluyó Marcos, donde yo iba a encontrar todos los cómics que 
necesitaba leer. 

A último momento, un sábado por la mañana, mi improvisado docente de 
historietología debió cancelar el viaje, pero igual fui solo, después de que Marcos 
me explicara cómo llegar. Me presenté como amigo de Marcos Giménez, le 



expliqué al viejo que era nuevo en el mundo del comic y que empezaba a armar mi 
colección. Se portó muy amablemente; incluso me invitó con unos sándwiches que 
tenía en su mesa (era su gesto con los clientes jóvenes; a los mayores les servía 
whisky barato) y me orientó entre las estanterías laberínticas de su librería/garaje. 
También solicitó mi nombre y teléfono para su base de datos; cuando se lo dije, y 
por aquel entonces ya estaba usando Stahl como “apellido artístico”, puso cara de 
estar indagando en su memoria. ¿Dónde leí ese nombre antes?, me preguntó o se 
preguntó. 

—Quizá en Vermilion Sands —le dije— Estoy colaborando con la revista, y en 
el número dos hay un cuento mío. 

—¡Ah, sí, sí! Muy buen cuento, conciso, redondo, y es cierto que en la nota 
biográfica decía que su autor tenía dieciséis años. ¡Felicitaciones, joven! Le auguro 
un futuro brillante en la ciencia ficción uruguaya, si es que tal cosa existe. Pero 
también le doy un consejo: tenga mucho cuidado con Scarone, mire que está loco, 
loco de remate, perdidamente loco. Tenga ojo, le digo; y ojo con dónde lo sigue, 
ojo con lo que repita, mire que ese hombre, y no exagero, es peligroso. Se lo dice 
un veterano que ha pasado por la picana eléctrica, ¿sabe? Y por cigarrillos 
apagados en la piel y por el submarino. Así como me ve, esta cabeza fue sumergida 
en más de una ocasión en agua cargada de vómito y excrementos. Creo que eso 
hace mis consejos atendibles, ¿verdad? 



Asentí, un poco nervioso, y el viejo, que se dio cuenta de que me había hecho 
sentir incómodo, me palmeó un hombro en una buena simulación de afecto. 

—Esperá que te traigo algo de tomar —dijo—; ¿Coca? ¿Sprite? —Coca, le 
respondí, y, añadiendo un enseguida vuelvo, abrió la puerta que conducía al resto 
de la casa y desapareció. 

En ese momento entendí que aquel era el lugar perfecto para robar libros. La 
idea me asaltó como el abordaje de un buque fantasma que se ha vuelto visible de 
repente. Hasta el momento jamás se me había pasado por la mente la idea de robar, 
libros, cómics, lo que fuese, y, de hecho, nunca me había siquiera quedado con el 
cambio de los mandados, pescado algún chicle cuando el almacenero miraba para 
otro lado o hecho desaparecer en un bolsillo las figuritas de algún amigo 
despistado. Sin embargo, entre aquellos cómics supe que si quería hacer mi 
colección (y ponerme a la altura de gente como Marcos y Matías y todos los del 
Movimiento, fanáticos, cruzados y obsesos del comic), dado que claramente no 
tenía el dinero suficiente para comprar todo lo que me hacía falta, debía ponerme 
en ese mismo momento a afanar todo lo que pudiera. Y no menos claro estaba que 
aquel viejo no tenía manera de vigilar a los clientes que se perdían entre las 
estanterías. El único dispositivo de seguridad era un espejo convexo colocado en 
un ángulo más o menos estratégico, y no fue difícil darme cuenta (me moví entre 
los libros antes que Morales regresara con la bebida) de que había por lo menos 



dos puntos que resultaban inaccesibles a la vigilancia, la sección de libros viejos de 
ciencia ficción y el pasillito de cómics porno. Con el viejo sentado en su escritorio, 
entonces, no había manera alguna de ser visto, y para salirme con la mía bastaba 
con deslizar el libro por debajo de la ropa, prensado por el cinturón y lo más 
cercano al pubis que fuese posible. Claro que la técnica no servía para tomos 
grandes, de tapa dura, pero sí para el formato prestige. Ya había dejado sobre el 
escritorio el Dark Knight Retums\ quizá me daría el tiempo para conseguir algún 
otro y disimularlo bajo mi ropa. El viejo todavía no aparecía, así que, casi 
corriendo, agarré un ejemplar de The Killing Joke, me senté en el silloncito 
ubicado en la sección porno y, sin mayores dificultades, lo escondí contra mi piel. 
De inmediato (había escuchado los pasos del viejo) me levanté del sillón, atravesé 
la puerta que separaba las estanterías de la “oficina” -es decir el escritorio, la caja 
registradora y un par de armarios con puertas de cristal que guardaban los tesoros 
del viejo- y retomé mi lugar ante el escritorio. Debí ruborizarme, ya que cuando 
me encontró no pudo evitar sonreír de oreja a oreja y hacerme una guiñada en plan 
“conque mirando el porno, ¿eh pillín?”, a la que respondí bajando la mirada 
tímidamente y tratando de sonreír yo también. Morales había traído una coca y dos 
vasos; los llenó y brindamos. 

—¡Por la historieta, joven! —dijo— ¡por la ciencia ficción! —y, tras beberse 
su coca de un trago, abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una revista. — 



Tome, se lo regalo. Es un número de Nueva Dimensión, la mejor revista 
hispanoamericana del género. Si usted y sus amigos la leyeran con atención, como 
me consta que Marquitos ha hecho, seguro su Vermilion Sands podrá mejorar en el 
futuro. Si mira el índice verá que ese número en particular tiene un cuento mío. 

En efecto, número 120, Febrero 1980, “Cacería superlumínica”, por 
Washington Damián Morales. Una hermosa tapa de Boris Vallejo, con una especie 
de ciudad flotante sobre un desierto rojo al estilo marciano. Agradecí al viejo y le 
prometí que la próxima vez que viniera a su librería haría mi reseña de su relato. Se 
rió. 

—¿Ah, usted es también un crítico en potencia? ¡Gran valor! —y volvió a 
palmearme los hombros. Guardé la Nueva Dimensión en mi mochila, junto a The 
Dark Knight Returns, y le pregunté cuánto era. Dijo un precio bastante superior a 
lo que había esperado, pero con el otro libro quemándome la piel y los nervios no 
podía demorarme más. Saqué la billetera y le pagué. El viejo me saludó con un 
apretón de manos. 

—Lo espero en cualquier momento, joven, y espero también su comentario; 
ansiosamente. 

Me condujo a la puerta y se despidió una vez más. 

Al otro día visité a Emilio y, en la deriva de la conversación, terminamos 
hablando del viejo Morales, que pertenecía a la enorme lista negra del movimiento 



pese a que todo el mundo —Emilio incluido— le compraba historietas, al menos 
porque no había otra tienda de cómics tan bien surtida. 

—Lo que no sabía —dije en algún momento— es que el viejo militó en la 
guerrilla. Me contó que lo torturaron y todo. 

Emilio frunció el ceño. 

—¿Te dijo eso el viejo de mierda? No le creas una sola palabra. Te lo digo 
muy en serio: no le creas una sola palabra. Es todo mentira. Te explico, ¿sabés qué 
hacía el viejo de mierda? Vender compañeros, eso hacía. Era y es un hijo de puta 
traidor. ¿Así que te contó que lo torturaron? Qué hijo de puta. Qué viejo mico y 
careta. Gordo puto. Por culpa suya quién sabe cuánta gente de la guerrilla terminó 
en cana, torturada o muerta. Ojo vos con creerle las cosas que te cuenta; te va a 
hablar de política y de historia y de cómo siempre denunció la dictadura en sus 
cuentos. Totalmente falso. ¿Vos leiste algún cuento suyo? 

—No, ni idea. Me pasó una revista ayer pero todavía no la miré. ¿Qué escribe? 

—Boludeces. Marcianos tomando mate, eso escribe. La frase la inventó él, 
¿sabías? El tipo tiene el descaro de decir que inventó la “ciencia ficción criolla”. 
Nos cagó la vida a todos. Naves espaciales en el campo, miré usté, don Zoilo, un 
ovni. Esa mierda. Lo que escribe el viejo del orto, puto escondido, ¿sabías?, es más 
ordinario que la más infame de las murgas con toda la negrada del candombe 
chupándoles el maquillaje de la caripela en el fondo del tablado, ya se 



marchiaaannn los murguiiiistaaaas las bombiiiiitasss amarisssshaaaas. Puaj. Los 
murguistas son todos gordos y lentos, ¿sabías? Los amenazás y se hacen popó 
encima. Una vez en la UJC le hice creer a uno que tenía un bufo... hacía un ruido 
patético... squitter... squitter... Pero te explico, lo que hace el viejo marica es 
agarrar y engatusar a pendejos boludos... no digo que vos lo seas, ojo, es que es lo 
que hace el viejo puto, les cuenta esas historias de la ciencia ficción como 
compromiso social y su trayectoria de denuncias a los milicos, de cómo le mataron 
al hermano la Batalla del Cerro y a partir de ahí... ¡a partir de ahí nada! El viejo 
estaría cómodo en su casa el día de la Batalla del Cerro. ¿Y sabés donde estaba yo? 
¡En el Cerro! ¡Donde viví toda mi vida! Y tenía diez años, me acuerdo perfecto de 
todo, cómo mi viejo nos contó lo que estaba pasando, cómo nos encerramos con mi 
vieja mientras él se quedó con la escopeta atrás de la puerta de calle. A mí no me 
van a llevar los milicos mugrientos, me acuerdo que dijo. Por eso, ¿qué te puede 
contar el viejo Morales? ¡Nada! Y yo no sé cómo se le murió el hermano, pero para 
mí que fue peleando por el ejército o de los marinos que se sublevaron... para mí 
que el viejo oculta ese detalle, justo ese detalle, claro. Un hermano vendido, 
vendido como él. Viejo puto. Y se sabe, se sabe que fue un buchón durante todo lo 
que duró la puta dictadura, ¿me entendés? Se sabe. Mirá, la única cosa a su favor, 
la única de verdad, es que por lo menos siempre defendió que escribía ciencia 
ficción; todas las veces que algún pelotudo de la cultura le preguntó qué escribía, él 




siempre dijo ciencia ficción, no “literatura fantástica” ni ninguna de esas 
mariconeadas: eso es lo único, lo único que ha hecho bien en su vida... 

Uno de los principios básicos del grupo de Vermilion Sands era el orgullo del 
escritor de género. Actitudes al estilo de yo escribo narrativa a secas, no me gusta 
ponerle etiquetas , o para mí los géneros son ante todo un asunto comercial, no 
artístico eran entendidas como síntoma de debilidad mental, en el mejor de los 
casos, o un ejemplo evidente de traición. De eso se desprendía que cualquier 
persona que prefiriese el término “literatura fantástica” a “ciencia ficción” (o a 
“fantasy” o “fantasía heroica”) pasaba de inmediato a integrar ese enorme conjunto 
de escritores con el cerebro reblandecido que, al decir de Emilio, terminaban 
escribiendo mariconeadas sobre tipos que se transforman en cascarudos. Del 
mismo modo que si alguien decía “tomar elementos” de la ciencia ficción o la 
fantasía para incluir a sus narrativas, también debía ser sospechoso de estupidez o 
sabotaje. 

Había algo así como un gulag soñado en el que todos esos escritores eran 
maltratados día a día por Emilio, entre la nieve y el barro. Es fácil imaginarlo en lo 
alto de una torre, con su uniforme hipersoviético, subiéndole el volumen a los 
altoparlantes que repartían su credo por el predio alambrado y lleno de trampas y 


letrinas cagadas. 



En cuanto a lo dicho por Matías sobre la relación entre Emilio y los vastos 
dominios de la literatura que quedaba por fuera de la ciencia ficción, poco a poco 
fui descubriendo por dónde venía la mano. Emilio conocía algunos clásicos, Moby 
Dick por ejemplo, que había parodiado en su cuento “Viaje en crucero”, en el que 
una versión alternativa y futurista de Ahab capitaneaba un “crucero 
tempoespaciodimensional” para destruir a un monstruo alienígena, acompañado 
por una tripulación pintoresca que incluía a Hemingway, Lewis Carroll y Michael 
Jackson. A la vez, manejaba apenas dos o tres nombres de narrativa del siglo XIX 
tardío o del XX. 

Matías, que era el único del círculo íntimo de Emilio que solía hablar de otras 
literaturas, tenía la misma convicción con respecto al rótulo “narrativa fantástica”, 
aunque matizaba un poco la cosa al entender la designación clásica como un 
eufemismo malintencionado que minimizaba a la ciencia ficción en cuanto 
literatura de masas, de entretenimiento, de interés comercial, mientras que lo 
“fantástico” mantenía el aura iridiscente de la buena literatura. Yo en aquel 
momento no tenía elementos para discutirles; en retrospectiva, podría haberles 
señalado la larga tradición “fantástica” de E.T.A. Hoffman, Maupassant, Poe o 
incluso Algernon Blackwood, Lord Dunsany y Arthur Machen, pero ellos se 
hubiesen cruzado de brazos, agitado la cabeza en negación y enunciado a coro “eso 
es fantasy, punto final”. 



El caso de Alfredo —el único, además de Emilio y de mí, que siguió 
escribiendo después de la muerte del movimiento— era diferente. De hecho, su 
obra —hasta la fecha, más o menos— podría entenderse, desde el punto de vista de 
Emilio Scarone, como un largo y sinuoso camino hacia la traición. 

El primero de sus cuentos que leí fue el publicado en el número dos de 
Vermilion Sands, “Esa última aventura”. La trama incluía a un grupo de caballeros 
en plan Victoriano o quizá (como había dicho Emilio) “veteranos 
tomajohnnyetiquetanegra”, que, en virtud de algún tipo de artefacto o 
encantamiento no explicados en el relato, habían alcanzado la inmortalidad siglos 
atrás. Su única actividad era el “saboreo” de las singularidades de todas las épocas, 
el arte, el pensamiento, las mujeres y la arquitectura. Pero, como era de esperarse, 
llegado cierto punto lo único que lograban era aburrirse. El hastío se apoderaba de 
sus vidas y todo ese desfile pintoresco de cuadros, música, libros e ideas se volvía 
una mascarada vacía o un montón de espuma; entonces se embarcaban en su última 
aventura, es decir el suicidio, comiendo el único fruto capaz de matarlos. Se 
sugería que la hermandad seguía recibiendo miembros, que tenía incluso ciertos 
mecanismos o pautas de selección, de modo que perduraba pese a las muertes de 
sus miembros más antiguos. Con qué propósito, si es que había alguno, el cuento 
no lo decía. A mí me pareció simpático, aunque no me gustó el estilo 
dizquepoético, además del tono afectado de los diálogos. Emilio al principio no 



quería publicarlo, pero terminó cediendo ante las presiones de Marcos, quien 


argumentaba que el cuento podía no ser ninguna maravilla pero ya que estaba entre 
los mejores disponibles (por supuesto, el principal y más extenso sería de Emilio, 
cuya inclusión —como la del texto de Marcos—jamás podría ser cuestionada), no 
tenía sentido dejarlo de lado. Creo que, años después, Alfredo se arrepintió de 
aquel debut literario, cuya pretensión poética no podía más que avergonzarlo, pero 
jamás dijo nada. A lo mejor no se arrepintió, es decir 1 . En cualquier caso, pronto 
terminaría dos relatos más largos que gustarían a Emilio; uno de ellos era una 
visión de Montevideo anegada por el aumento del nivel del mar, convertida en una 
pseudovenecia decadente en la que un detective privado investigaba los últimos 
rastros de unos alienígenas que habían visitado la Tierra hacia 1935. El otro, 
“Carnaval del fin de los tiempos”, inauguraba su exploración programática del 
concepto de escritura salvaje, que, en palabras de su propio creador, “debe indagar 
en los arquetipos del inconsciente colectivo y liberar toda la fuerza y agresividad 
potencial en el ser humano, vuelta arte por los procedimientos alquímicos de la 
literatura”. Todo ese asunto de la escritura salvaje en realidad no era más que un 
surrealismo de gama baja cuyos mecanismos incluían registrar sueños y jugar a la 


1 Una vez el editor argentino Ernesto Cañada, que publicó el primer libro de relatos de Alfredo, me contó que 
cuando estaban planeando el segundo tuvo que bancarse unos cuantos berrinches en relación a tres o cuatro 
textos que Alfredo proponía para la selección y que él consideraba muy inferiores al nivel promedio de los otros. 
Nunca le pregunté de qué cuentos se trataba, pero a juzgar por unos comentarios que le escuché después se 
trataba de trabajos muy tempranos y "Esa última aventura", u otro cuento con un argumento muy similar, estaba 
entre ellos. El libro, que iba a titularse Océano sobre las nubes, jamás fue publicado. 



escritura automática como método para generar ideas, imágenes o tramas. Alfredo 
había cursado un par de años del profesorado de literatura y, por lo que siempre dio 
a entender, sacó en limpio apenas que había existido un movimiento llamado 
dadaísmo y otro llamado surrealismo, ambos, en su opinión, el punto más alto de la 
literatura a la que llamaba clásica, es decir toda aquella que no podía incorporar 
fácilmente a la ciencia ficción o el fantasy. Después del fiasco de la Convención 
—que terminó de dispersar el grupo—, Alfredo publicó en algunas revistas de 
España y Argentina; creo que el mejor momento de su carrera fue su participación, 
allá por 2003, en la edición hispana del Asimov’s, a cargo del editor, escritor y 
traductor Domingo Santos. Ahí compartió un Especial Río de la Plata con Emilio y 
dos escritores argentinos, Eduardo Carletti y Luis Pestarini. También entre el 2000 
y el 2004 colaboró junto a Juan Carlos Migliano en Bang!, una revista de cómics 
retro que debía leerse — decían sus creadores— como “un homenaje a la literatura 
pulp y de aventuras, una apuesta al entretenimiento sin pretensiones y a la 
nostalgia, que no da la espalda a lo que busca el obrero ni lo aburre con 
intelectualismos baratos”. Sobre lo del “intelectualismo barato” no diré nada, como 
tampoco de la mediocridad rampante en la publicación. Los dibujantes reclutados 
se esforzaron por copiar el estilo de Alex Raymond, Will Eisner y Joe Schuster en 
un formato y diagramación que recordaba a las viejas revistas de Isidoro y 
Patoruzú. Llegaron a editar seis números, y según Historia de la Historieta 



Uruguaya, de Roberto Santoro, Bang! debe entenderse como “el punto de 
articulación entre la generación perdida de los años ochenta (Scarone entre ellos, 
gracias a la publicación de fanzines de historietas under en fechas tan tempranas 
como 1982) y la promoción que salió a la luz a principios del siglo XXI, mucho 
más determinada a luchar por un nicho de visibilidad en los ámbitos culturales 
nacionales”. Para mí era basura y punto. 

Pero ese esquema de quiebre que propone Santoro sirve también, a los efectos 
de la historia de la ciencia ficción uruguaya, para señalar las diferencias entre la 
generación de los ochenta, que atravesó la dictadura —Scarone, Andreoli, Kowak, 
Arismendi, Linari, Custer— y los que “vinimos después”, con actitudes, códigos e 
incluso ideologías muy diferentes. Mi caso es complicado, ya que, pese a 
pertenecer por nacimiento a una generación posterior, “milité” en un grupo 
dominado por códigos más propios de los ochenta, para luego publicar mi primera 
novela en el contexto de una generación intermedia —la de Nicolás Roddi y Ariel 
Stella— y, finalmente, tomar cierto lugar entre mis contemporáneos estrictos, 
Patricia Fernández, Mariana Rías, Pablo García, Roberto Santoro, Orlando 
Rampallo y todos los agrupados por la crítica bajo el término tentativo de 
“generación postdictadura”. En todo caso, está claro que el gran problema de los 
que publicaron en Vermilion y zonas aledáneas, más allá de sus convicciones, fue 
padecer el liderazgo de Emilio Scarone; los autores nacidos entre 1960 y 1973 que 



se mantuvieron por fuera de la revista (Alba Linari, Claudio Rodríguez) lograron 
tarde o temprano cierto “reconocimiento” por parte de la cultura oficial, en gran 
medida porque sus obras “tomaban elementos” de ciencia ficción, en lugar de 
insertarse de lleno en el género, y porque todos ellos acudían a clichés de la 
“uruguayidad” siguiendo las pautas de lo que en los ‘70 Morales llamó la “ciencia 
ficción criolla”. 

Además, todos ellos decían querer escribir “literatura fantástica” y posar de 
lectores de Felisberto Hernández. Si les preguntaban por la ciencia ficción 
uruguaya, la respuesta era invariable: no habían leído nada, no sabían nada, les 
sorprendía que hubiera revistas. 

Cuando a Emilio se le preguntaba por su opinión sobre la presencia cultural de 
todos sus “enemigos”, claramente opuesta al ninguneo al que lo venía condenando 
la prensa especializada (incluso en las reseñas positivas de Vermilion Sands rara 
vez se lo mencionaba), solía responder que ninguno de ellos había publicado en el 
Asimov’s, la mejor revista de ciencia ficción del mundo, que ninguno de ellos había 
viajado a Francia a una convención y que ninguno de ellos había hecho nunca nada 
para salir de la chacrita de mierda que es Uruguay. 

—Pero yo sí —concluía—, por eso acá me odian, todos esos mamones micos 


soretes. 



Nosotros decíamos amén y cambiábamos de tema, como cuando Emilio nos 
mostraba sus VHS de técnicas de combate de los Spetsnaz, de pruebas de vuelo de 
los sucesivos MIG, SU o cualquier otro artefacto volador de combate creado en la 
antigua URSS, de avistamientos OVNI, de “evidencias” a favor de la 
paleotecnología alienígena, pisadas, pelos y otros indicios relevados por 
criptozoólogos, o cuando pasaba horas sacando a relucir su vastísima enciclopedia 
de relatos de experimentación soviética con telepatía y otras habilidades 
psicológicas, su colección (nunca vista, siempre sospechada inexistente) de fotos 
de fetos deformes en Chernobyl, las variadas hipótesis acerca de qué había pasado 
realmente en Tunguska el 30 de junio de 1908, la complicada taxonomía - 
mejorada por sus ideas- de alienígenas invasores y conspirativos incluyendo 
grises, reptilianos, humanos avanzados, seres de luz, metarcángeles, mantis 
antiguas, arcturianos, pleyadianos y aliens antiguos, planetas escondidos en el 
Sistema Solar, entre las órbitas de Venus y la Tierra o entre las de la Tierra y 
Marte, las presuntas particularidades cromosómicas de los aborígenes australianos, 
la astronomía enseñada a los Dogon por los nativos de Sirio, la cara marciana en 
Cydonia Mensae, las diferentes teorías de la Tierra Plana y la Autoría de las Obras 
de Shakespeare (Emilio, que no había leído jamás una obra completa del Bardo, 
decía que el verdadero autor tenía que ser John Dee, para él un “demonólogo del 
renacimiento”), las conspiraciones vinculadas al alunizaje de 1969, incluyendo la 



posibilidad de que Stanley Kubrick en persona hubiese dirigido una puesta en 
escena del acontecimiento en algún estudio televisivo, la colisión del planeta 
Niburu con la Tierra, las ideas de Velikovksy, los aeroplanos de la India védica, el 
Triangulo de las Bermudas, el Mar de los Sargazos y el Súper Mar de los Sargazos, 
con la presunta “isla de basura” en la que “confluían todos los universos 
paralelos”, el lysenkoísmo, la fusión fría, la autodinámica de Ricardo Carezani, la 
programación neurolingüística, la parapsicología en general, la frenología, la 
iridiología, los sombreros de papel de aluminio, los círculos en los cultivos, las 
voces electrónicas que asoman desde el ruido blanco en las transmisiones de radio 
de largo alcance (y su relación con la posibilidad de comunicarse con los muertos), 
la negación del Holocausto o su Complicación mediante la Implicación de 
Reptilianos, la Dianética (por poco tiempo), el Misticismo Cuántico, la Resonancia 
Mórfica, las ideas de Terence McKenna, los Campos de Torsión, la Welteislehre de 
Hanns Hórbiger, sus Diversas y Contradictorias Teorías sobre la “Realidad” 
(histórica, literaria, filosófica, demonológica) del Necronomicon “popularizado” 
por H.P.Lovecraft, las Propiedades Endocrónicas de la Tiotimolina Resublimada, 
más un largo etcétera. Después de dos o tres videos u otras tantas fotos desde su 
disco duro cruzaba las manitos sobre la panza incipiente y, mirándonos con sus 
ojos de ardilla nos decía esta es mi pornografía, con pose de postporno ballardiano, 



cuando en realidad llenaba su disco duro y su videoteca de porno de verdad, en su 
mayoría pelis dedicadas a culos grandes, sexo anal yfootjobs. 


Releyendo lo ya escrito me doy cuenta de que muchas de las apreciaciones 
sobre Kowak, Scarone y el movimiento podrían haber encontrado un lugar más 
natural en Cual retazo del espacio y no en este texto que estoy escribiendo ahora. 
Cierto tono o lenguaje de ensayo, incluso de ensayo académico, colisiona con mis 
pretensiones de convertir estas páginas en una novela, pero lo cierto es que está 
costándome mucho más de lo que había imaginado en un principio entender qué 
quiero hacer acá. Siempre he tenido especialmente claro que todo narrador tiene un 
propósito, lo cual me lleva a preguntarme por el mío, ahora que regreso a estas 
historias. Es decir: ¿si un narrador exhibe sus propósitos en el texto de una novela, 
debe entenderse esa enunciación como parte de la ficción? ¿El propósito de 
entender ciertos hechos a través de narrarlos -de volverlos ficción- no queda de 
alguna manera invalidado si se menciona ese propósito, si se lo, por lo tanto, 
convierte también en ficción? Supongo que sí. En todo caso, en cuanto a los 
hechos, a las anécdotas que tengo ganas de contar, ¿debo narrarlas desde mi punto 
de vista, dejando de lado la presunta “objetividad” del crítico, totalmente 


imposible? ¿O debo entender que, para que resulten relevantes a los lectores, deben 



ser presentadas de otra manera, íntima, sentida, humanal De otro modo aquí 
tendríamos un libro sobre un montón de nerds que se divertían discutiendo sobre 
ciencia ficción y fantasy y que, un buen día, decidieron sacar una revista y armar 
un poco de escándalo. Claro que después se pelearon de inmediato, cuando la cosa 
se puso más complicada y se adivinaba en el futuro muy cercano el combate real 
en el cuadrilátero mezquino de la literatura, y todos terminaron enloqueciendo en 
algún cuartito. Enloqueciendo más, enloqueciendo menos, siempre con Emilio a la 
cabeza. En cuanto a locura, al menos. 

Entonces, ¿se trata de contar eso que a veces llaman “el revés de la trama”? 
¿Exponer dos o tres “secretos” que siguen jugando a los ecos en mi mente (cosa 
que haré)? ¿Responder(me) ciertas preguntas cuya formulación parece haber ido 
configurándose o aglomerándose a lo largo de estos últimos años? No lo sé. Es una 
afirmación sospechosa, por supuesto, pero debo insistir —en última instancia 
porque si esto es una novela “yo” soy un personaje de ficción— en que no lo sé. 

Aunque algo sí es cierto: yo viví con esas ficciones y con los hombres y 
mujeres que las escribieron y dibujaron; la historia de la ciencia ficción uruguaya 
es la historia de mi vida de aquellos años y quizá también de “estos”, sea cual sea 
la imagen posible del presente (de existir, es tan ficticia como la del pasado: apenas 
enunciada, ya es pasado, ya es ficción), sea cual sea el lugar que tomarán en la o 



las visiones de mi destino que pueda tener en el futuro, por decirlo de una manera 
aparatosa, por decirlo en el lenguaje de Emilio Scarone. 

Y he dicho que este texto debe leerse como una novela. Quizá porque sólo en 
una novela son creíbles ciertos personajes o ciertos acontecimientos o quizá porque 
sólo en una novela parecen tener sentido, como tienen sentido para nosotros 
nuestros sueños y muere su importancia al hacerlos chocar con los oídos de los 
otros. ¿Quiero apuntalar el sentido de unos días que no lo tuvieron, como nada lo 
tiene? ¿Quiero inventarlo para creer que sucedió algo, que aquello tuvo 
importancia? ¿Para quién es esta novela? ¿Para mí, para Alfredo, para Emilio? 
¿Para todos? ¿Para ese todos que acabo de inventar, no más real que una 


constelación? 



2 


Había dicho que la escritura de Alfredo puede entenderse como una larga 
traición al ideal de Emilio Scarone, en cuanto que a partir de la publicación de 
“Carnaval del fin de los tiempos”, Kowak abandonó el discurso “militante” de la 
ciencia ficción para optar por una apertura a lo que él en algún momento llamó su 
tratamiento particular de lo fantástico. En rigor, el único cambio real fue 
despedirse de los clichés clásicos (viajes espaciales, alienígenas, paradojas 
temporales, choque de culturas humanas, ecologías detalladas, fluctuaciones de la 
realidad, ucronías y mundos paralelos) para tomar otros clichés todavía más 
clásicos (espíritus de los bosques, magia, viajes astrales, posesión, transmigración 
de las almas, secretos antiquísimos); de hecho, quizá sea posible pensar en tres 
épocas en la obra de Kowak, la cienciaficcionera más o menos guiada por los 
lineamientos de Scarone, una etapa de transición gobernada por el término 
“technofantasy”, inventado por uno de los antiguos militantes del movimiento -y 
eventualmente distanciado de Scarone- y la influencia notoria de Roger Zelazny, 
oportunidad para Kowak de exacerbar la tendencia pseudopoética de su escritura. 
Finalmente (salvo que consideremos su etapa de escritura porno, posterior a 2006), 



apareció el abandono de la escritura de género, entendida ésta como ceder ante un 
conjunto de prácticas, reglas, y estrategias de pacto con el lector y los editores. 

Pero más allá de las prácticas literarias, la relación entre Kowak y Scarone 
siempre fue complicada. Nunca llegaron a una verdadera confianza mutua. Emilio, 
por ejemplo, solía criticar las actitudes de Alfredo a la hora de buscar 
publicaciones; Kowak igual mata o se garcha a la abuela con tal de publicar, solía 
decir. Lo cierto era que ante el más mínimo indicio de una revista online que 
sacaba su primer número, o de algún editor que empezaba a preparar su antología, 
allí estaba Alfredo enviando seis cuentos por correo electrónico, acompañándolos 
de una bibliografía, de una presentación biográfica, de su manifiesto de la Escritura 
Salvaje y de un par de “declaraciones” en las que él mismo analizaba sus textos y 
reconocía “el uso de la epifanía” o “la temática altamente espiritual de mis 
cuentos”. 

En cuanto a los juicios de Alfredo sobre Scarone, siempre fue bastante 
cuidadoso con las conclusiones, hasta el punto de que lo único realmente tajante 
que le escuché decir fue un día de 2002 en que nos encontramos de casualidad en 
el centro y tomamos unas cervezas en la Plaza Cagancha: 

—Nuestro error —dijo— fue dejar que Scarone hablara por nosotros; yo lo 
quiero, pero es un demente y no sabe hablar con nadie. Lo primero que hace es ir y 



golpear con la cabeza sin mirar, ¿me entendés? Alguien así no puede estar a cargo 
de un grupo: ese fue nuestro error, bancarnos su gobierno. 

Era, por supuesto, una opinión muy difundida, pero me sorprendió oírla 
articulada por Alfredo Kowak, que nunca faltaba a los “bueeeeno, pero los genios 
son así”, en múltiples variaciones, o admitía aquí y allá que sí, siempre con una 
sonrisa, que Emilio estaba un poco alterado, innegablemente, pero que era un 
genio, el mejor escritor de ciencia ficción de Uruguay, y que había que tratar de 
entenderlo. Aquel día del 2002, en cambio, llego a afirmar que todos lo habíamos 
sobrevalorado, que escribía pésimamente, que no era capaz de colocar bien una 
coma y que, en resumen, su prosa sonaba a una traducción mal hecha. 

En algunos puntos tenía razón: Emilio no era un escritor cuidadoso en cuanto a 
la llamada “perfección” formal; estaba claro, de hecho, que su interés estaba en 
otra parte, en los climas, en las imágenes, en las ideas y la complejidad de sus 
tramas, siempre cargadas de sugerencias que no conducían a ninguna parte, cabos 
sueltos y derivaciones truncas. Porque había en realidad algo más allá, una cierta 
cualidad de encantamiento o persuasión; no se lo leía admirando su estilo: en todo 
caso, se terminaba una de sus historias y, al tiempo, uno se asombraba de seguir 
rumiando una imagen o una situación. De hecho, todas sus obras parecían arrojarse 
líneas entre sí, como si en el futuro, una vez que ciertos procesos de proliferación 
actuasen en el lector, estuvieran destinadas a configurarse en una red, en una 



estructura mucho más amplia que superase las fallas de sus partes individuales y 
diese respuesta a esa sensación de “¿pero qué es lo que está faltando acá?” que casi 
todos los lectores de Emilio hemos experimentado, como si pudiésemos proyectar 
en el futuro el momento en que apareciese esa novela definitiva firmada por Emilio 
Scarone, ese compendio de sus paranoias y de todos sus hábitos que, sin embargo, 
no sonara como el intento de un escritor parásito de parodiar a su maestro en lo 
superficial del modelo. 

Eventualmente él mismo actuó en respuesta a esa interrogante y reformó su 
personaje en relación a esas dos ideas largamente alimentadas: que había accedido 
a algo, a ciertos conocimientos ocultos, conspiraciones, secretos terribles, y que 
tarde o temprano daría a conocer su Gran Obra, en la que todo saldría a la luz. 

Dos ideas en las que todos quisimos creer. 

En realidad, lo del “conocimiento oculto” siempre lo tuvo a mano, aunque creo 
que jamás lo explotó. Entre 2002 y 2004 trabajó de policía, y si bien empezó como 
fuerza de asalto -decía que como venía del Cerro y no había terminado el liceo le 
resultaba indispensable chupar una pija para que le dieran un escudo “como la 
gente”- y siguió como patrullero, al final lo reasignaron a la imprenta. Allí debió 
escuchar el tipo de conversaciones que termina enseñando cierta cara oculta de las 
instituciones, por decirlo así, de modo que después de su abandono del puesto 
escribió un artículo -publicado en El País y probablemente el texto que más dinero 



le reportó en toda su carrera- donde contaba la vida lamentable de un policía del 
montón y sugería conocimiento de chanchadas, corrupción, abusos y etcétera. 
Después de publicada esa nota me llamó por teléfono, cagado de miedo, porque 
decía haber visto pasar frente a su casa a dos pesos pesados de la corruptela, 
disfrazados de policías del montón. También había llamado a Andrés, por lo que 
pronto quedé enredado en una especie de plan de resistencia que implicaba que se 
me pasara a buscar en auto para, después, ayudar a Emilio a marcar un perímetro 
de vigilancia alrededor de su casa. Andrés y yo terminamos recorriendo las líneas 
que Emilio nos había trazado en un mapa de la zona, dibujado por él con bastante 
exactitud. Compramos unas cervezas en un súper abierto las 24 horas y nos las 
tomamos en lo de Emilio después de convencerlo de que la amenaza ya se había 
dispersado y que probablemente sólo habían querido hacerse los gallitos. 

El susto no se le pasó sino hasta un mes después, más o menos. Y después 
empezó a hablar con orgullo de las listas negras en las que figuraba su nombre, 
listas de la policía, del Ministerio del Interior, de los masones, de los judíos, de la 
CIA, del pentágono y, por supuesto, de los Illuminati. 

Y no menos predecible fue el relato que armó para un mail que envió a todos 
sus contactos: había vuelto un jueves por la tarde a su casa para encontrar la puerta 
violentada, su cuarto revuelto y la computadora prendida. Como en la famosa 
anécdota de Philip K. Dick, las fuerzas de la oscuridad habían invadido su hogar 



para llevarse sus archivos. Faltaban fotocopias del primer número de Vermilion 
Sands y viejos originales a máquina de cuentos escritos en 1989, añadía. 

Su famosa aparición en el programa de TV Muñecas rusas fue, quizá, la última 
movida en su prolongado intento de ser una suerte de Philip K. Dick uruguayo. Y 
dos meses después desapareció. 



3 


No puedo dejar de pensar que esto podría -o debería- convertirse en una 
novela mucho más larga, formateada al estilo de las clásicas historias de 
formación, con más escenas narradas de cerca, más intriga y más acción; ese libro 
posible desarrollaría los hechos de Vermilion Sands en el contexto de una narrativa 
de mi adolescencia, en la que junto a mi primer cuento publicado me refiera a mi 
primer polvo o aquellos meses del 94 en que me pasé enganchado a Jim Morrison 
y The Doors, cuando escribía por todos los pizarrones de mi liceo las letras de 
“The end” o “When the music is over”. Un fragmento, es decir, de la larga 
escritura autobiográfica que acecha en la oscuridad, el proustazo definitivo, Por los 
tiempos de Emilio Scarone y Tierras de la ciencia ficción noventena. Sin embargo, 
es mucho más probable que esto, más breve y desarticulado, termine 
convirtiéndose -con algo de suerte y viento a favor- en un Citizen Kane 
unipersonal y esquizofrénico. 

Pero a la vez está claro que si hay un eje en todo esto ese eje debe ser Emilio, o 
Emilio y su misterio (es decir, partiendo de la idea de que existe tal cosa como un 
misterio de Emilio Scarone diferente al “misterio” que pueda reconocerse en 
cualquier personalidad); y, a la vez, que nada podrá jamás decirse sobre el tema, 



nada que no se cancele a sí mismo, nada que tenga salida, nada que nos lleve una 


vez más a aguardar la obra definitiva, la última carta, la última señal de vida de 
alguien que ha desaparecido hace tanto tiempo, alguien que, en rigor, nunca estuvo 
allí. 


Nada se puede afirmar sobre los otros, nada con pretensión de verdad; todo lo 
que logremos articular será una mentira, porque hablará, en última instancia, de 
nosotros, de nuestros hábitos, de nuestros esquemas, de nuestra visión del mundo y 
las personas. Hablando de otros, intentando hablar de otros, intentando hablar de 
Emilio Scarone, por tanto, sólo hablaré de mí, y lo que diga no será una biografía 
de Emilio, ni siquiera la que incluí en Cual retazo del espacio , sino una radiografía 
de mi mente y mi pasado. Pero -quiero creer- no del modo ingenuo en que lo 
hacen las autobiografías, que en rigor no hacen más que inventar otro personaje, 
ese “yo” escrito y del que se pretende que cubra a quien fuimos o recordamos que 
fuimos y que ya se ha convertido en otro, sino configurando una imagen con un 
método análogo al que hace aparecer una flor en 3D desde un caos de rayas y 
colores. Hay que torcer la mirada y tener paciencia, esforzarse y buscar sin buscar, 
justo allí, la imagen que en rigor no está. 



Es decir: sobre los otros no hay nada que podamos decir, porque todo lo que 
logremos armar o aglomerar será una ficción, la invención de un alguien que sólo 
coincide con su modelo, ese otro inalcanzable, por caminos que, en rigor, 
conducen a nosotros. Al nosotros que sentimos y tampoco podremos jamás 
comunicar, más allá que gritando de montaña en montaña y aguardando, con una fe 
estúpida, que alguna vez sabremos más de Emilio Scarone, que llegarán algún día 
las respuestas, las postales desde Rwanda o Tunguska, fotos de un Emilio que mira 
la exhibición de las atrocidades sin parpadear una sola vez. 



4 


Dos límites, dos polos para Emilio Scarone; el primero, la tarde en que nos 
conocimos. Alfredo nos presenta a la salida de su trabajo; Emilio lleva una 
chaqueta de cuero negro gastada, lentes oscuros, una remera con una espada y el 
nombre Excalibur en letras plateadas. Me sorprende que sea un gordito de apenas 
un metro setenta, con escasos rulos canosos rayándole la calva incipiente y una 
sonrisa fácil de ardilla. Anda con una carpeta Byblos cubierta por adhesivos del 
Frente Amplio y Pepsi Cards de superhéroes Marvel; en unos meses cumplirá 
treinta y un años, así que no es mucho mayor que yo al tiempo que escribo esto, 
aunque él ya se había casado dos veces y tenía tres hijas mientras que yo vivo solo 
en un monoambiente, sin mujer que no viva a quilómetros de distancia o a 
demasiados años en el pasado, sin hijos, perros o gatos, en compañía de libros y 
discos. Aunque Emilio está desempleado en el momento en que lo conozco, pronto 
me contará que ha pasado por casi todos los trabajos imaginables (estuve en la 
construcción y en la estiba, dirá docenas de veces) y, para el pendejo de dieciséis 
años que soy, todavía satisfecho prisionero del mundo de clase media de sus 
padres, con sus cenas a las ocho y media, telenovelas brasileñas, películas de 
acción, política de centro, honradez y trabajo, más la discreta montaña rusa de la 



vida de los comerciantes y una desvaneciente herencia de inmigrantes italianos, 
gallegos, baskos y catalanes, no tardaría en convertirse en la ventana averiada por 
la que vislumbrar una fuga. Después de un saludo que siento cálido (ah, vos sos el 
niño prodigio del que me habló Alfredo; che, ¡vienen altos los pendejos de esta 
generación!) y con el mínimo toque de ironía necesario para que no lo calificara 
inmediatamente de otro estúpido sin remedio, empieza a contarnos sin preámbulos 
que está leyendo Neuromante y que avanza despacio. Alfredo asiente a cada 
sentencia de Emilio; Gibson es un virtuoso, dice, mirándome. Yo jamás lo he leído 
y apenas sé quién es, más allá de una vaga referencia a los conceptos de 
ciberespacio y —no sé por qué, supongo que sería a partir de alguna película o 
serie de TV— la idea de “fusionarse con la red”, final típico, como me enteraría 
después, de los cuatro cuentos cyberpunk que iba a escribir Emilio y, también, de 
gran parte de mis relatos hasta el año 1998. Esperamos que Alfredo salga de la 
librería y vamos a una pizzería; me da vergüenza pedir coca cola y no cerveza, 
pero será la última vez. 

Segundo límite: octubre de 2004, nuestro último encuentro, en su casa del 
barrio Casabó vaciada de libros (ha ido vendiéndolos primero por colecciones 
completas o casi completas: Acervo, Ultramar, Nueva Dimensión y su adorada El 
péndulo, finalmente especulando —casi siempre en La cueva del aficionado, pese a 
su proverbial odio al viejo Morales— con títulos raros o ediciones inconseguibles), 



llena apenas con su computadora y sus dos televisores, el equipo de audio 
repitiendo una y otra vez “Eyes without a face” en la corpórea y artificial voz de 
Billy Idol mientras que un Emilio mucho más gordo y con el escaso cabello canoso 
cortado a máquina baraja, entre otros temas, su desprecio por los yanquis (“hasta la 
Segunda Guerra Mundial sabían lo que era pelear, pero después, ya en Corea, se 
volvieron unos micos mamones”), lo pésimos escritores de ciencia ficción que son 
los argentinos (“la culpa es de eso de andar copiando a Borges y a Cortázar”), el 
argumento del cuento en que estaba trabajando (una ucronía para la que dijo haber 
investigado durante meses pero derivada notoriamente de El hombre en el castillo ), 
los “bobos” del comic nacional (“ese Santoro es un mediocre que no puede 
contarte ni la Cigarra y la Hormiga), sus años de guerrilla en el interior del país con 
la cuenta de catorce hombres muertos por sus manos (“diez milicos, un traidor y 
tres civiles que habían querido afanarnos la comida en Valle Edén”), la lista 
actualizada de avistamientos OVNI incluyendo uno la semana anterior, durante 
uno de esos atardeceres “químicos y cyberpunk” del Cerro, la enorme nómina de 
antiguos amigos y colaboradores que han terminado por pasarse al enemigo, desde 
el equipo entero de Remolque y Arrakis, sus primeros fanzines, hasta sus socios en 
un reciente —y fallido— intento de armar una empresa dedicada a la animación 
3D que pudiese, una vez instalada en el mercado, lanzar una miniserie basada en 
sus relatos de Tamerlán II, el futuro líder del Renacido Imperio Soviético, fusión 



de la URSS con el imperio de Genghis Khan, una visión de “lo que pudo haber 
sido la Europa unificada por Napoleón, más sangrienta y mejor” y la parafemalia 
esotérico-pseudocientífica-tecnológica del tercer reich. 

Y no deja de pareeerme una vez más un replicante moribundo que ha ido 
juntando todos sus pedazos dispersos a lo largo de su corta vida para unirlos con 
cinta adhesiva atacada por la humedad del barrio Casabó. Entonces gira hacia mis 
ojos los papeles pegoteados para mostrarme el lugar que ha dedicado a la noche en 
que casi lo fusilan los milicos y el otro para los recuerdos de su padre, escopeta en 
mano en la “sentada” del puente del Pantanoso, muriendo de cáncer, vomitando 
sangre en la misma habitación en la que conversamos. Brinda con sus fantasmas: 
levanta del piso una cerveza caliente, su vaso lleno, el mío ya vacío. 


Cuando lo conocí estaba a punto de publicar su primer libro, un compilado de 
cuentos que iba a titularse Mundo de dragones 2 y sería lanzado por la editorial 
Banda Oriental; o al menos eso decía Emilio, porque cuando me puse a investigar 
su biografía para Cual retazo del espacio y consulté en la editorial, nadie recordaba 
que hubiese pasado por ahí con un libro de cuentos. Aquella tarde nos fuimos a un 
bar de 18 y Convención; apenas ocupamos la mesa Emilio abrió su carpeta y sacó 

2 A Matías no le gustaba, decía que era un llamador de hippies. "Mundo de dragones", entonces, se convirtió 
en el nombre código del libro en las reuniones del movimiento. 



una impresión en papel satinado de la que sería la portada del libro, aerografiada en 


acríbeos por Daniel Fonti. Representaba una mujer muy hermosa (entonces no me 
percaté de que era Ava Gardner) sentada en las rocas de un farallón muy parecido 
al de Punta de Piedra, en la costa de Rocha (supe después que Fonti tenía una casa 
ahí, en el balneario en que pasé con mis abuelos todos los veranos de mi infancia), 
con un dragón posado pocos metros por encima de su cabeza. Ambos parecían 
escrutar la lejanía, un mar crepuscular pintado en una paleta que parecía robada de 
la pintura prerrafaelita 3 . En la parte más alta del farallón aparecían los perfiles de 
una mansión con terrazas múltiples, hinchadas por los tonos anaranjados del ocaso. 
Admiré la técnica y la destreza en la representación del dragón, ante todo su 
mirada, que me pareció serena y llena de sabiduría, como rellena de todos los 
clichés de la fantasía heroica. Nunca más vería a Emilio tan entusiasmado como 
ese día; confiaba en que su libro saldría de la imprenta en un mes, como mucho, y 
que por fin sería reconocido en el mediocre mundillo de la literatura nacional. A la 
semana lo llamé por teléfono; estaba furioso. 

—Recién vengo de la editorial —dijo— y no quieren pagarle a Daniel; si es 
por estos micos el libro igual sale con un collage hecho en el Paintbrush —y 
añadió un la puta que los parió que más que por furia sonó atravesado por tristeza 


3 Más tarde supe que Fonti no tenía ni la más remota idea de quienes eran Dante Gabriel Rossetti, John 
Everett Millais y William Hunt. Para él y Emilio cualquier pintura colorida y figurativa y "fotográfica" era 
renacentista. 



y desilusión. La puta que los parió, repetía. Yo no supe qué decir; le ofrecí 
acompañarlo a la editorial a protestar pero protestar un carajo, dijo. 

—Ya los mandé a la mierda, que se metan el libro en el fondo del orto. Lo saco 
en otra editorial o lo financio yo, ¡me chupa un huevo Garcha Oriental o cualquier 
otra mierda de este país mediocre lleno de maricas pelotudos que no saben lo que 
es una ilustración! 

Después me contó Clara, su ex esposa, que aquello no había sido del todo 
cierto, que Emilio sí había tratado de convencer con los editores, cuyo único 
argumento contra la ilustración de Fonti era el precio un poco exagerado que el 
dibujante quería cobrar por su trabajo 4 , de modo que, dijeron, sólo si había alguna 
manera de minimizar ese gasto iba a poder ser publicado el libro con esa portada. 
La versión de Emilio era, por supuesto, que los mediocres editores quisieron 
ahorrarse ese gasto e infringirle una tapa espantosa. 

—...y cuando me negué a esa posibilidad —diría demasiadas veces— y les 
expliqué que la tapa de Daniel seguía la estética al uso en todas las publicaciones 
de ciencia ficción se hicieron los boludos y me hablaron de que “en Uruguay” las 
cosas se hacían distinto, que los lectores de su editorial estaban acostumbrados a 
otra cosa... ¡a la mierda que ellos les venden y que leen como si fueran Ballard o 
Herbert, están acostumbrados, la puta que los parió a todos! 

4 Cuando entrevisté por mail a Daniel me enteré de que Emilio y él habían planeado repartirse el dinero 50- 
50, de ahí que pidieran una cantidad importante. 



Finalmente, pasado un par de días de planes abortados y puteadas, el proyecto 
fue cancelado, o, mejor, pospuesto indefinidamente. Alfredo intentó meterse en la 
discusión y convencer a Emilio de usar cualquier otra imagen (habían muchas en el 
archivo de la revista —es decir, las carpetas de Emilio—, remanentes de un 
proyecto primario del número dos, comenzado e interrumpido en 1990), pero, 
aparentemente, era la Gardner con su dragón o nada. 

Por esos días hice mi primera visita a su casa. Yo vivía con mis padres y mis 
abuelos en una casa de dos pisos en el barrio Atahualpa; mis movimientos estaban 
acotados por el liceo, a pocas cuadras, y el centro, donde mis padres tenían su 
boutique. Me había aventurado en contadas ocasiones a Pocitos, al Prado (la Rural, 
el museo Blanes, el Parque Posadas), pero siempre acompañado por la familia, así 
como también a la casa de mis abuelos paternos en Colón y a la del hermano de mi 
abuela en Melilla. Mis amigos vivían todos cerca; lugares como Malvín, Carrasco, 
el Hipódromo, la Gruta de Lourdes, La Teja y el Cerro eran casi equivalentes a 
Birmania o el Congo, o, a lo sumo, recuerdos débiles de alguna vez que acompañé 
a mi abuelo a comprar un lechón para Fin de Año en quién sabe qué carnicería 
alejada de nuestro barrio y quién sabe por qué. Cuando le dije a Emilio que no 
tenía la menor idea de cómo llegar a su casa me explicó que debía tomarme el 306 
con destino Casabó o Nuevo Casabó y esperar a ver el Cementerio del Cerro; su 
casa estaba dos paradas más allá. Ese sábado dije a mis padres que iba a visitar a 



un compañero de liceo y me planté en la parada esperando el ómnibus. Asumía que 
el viaje duraría como mucho media hora; a los veinte minutos, todavía del lado de 
acá del Pantanoso, empecé a paranoiquear. ¿Y si el ómnibus tomaba otro camino 
por cualquier razón, un desvío por ejemplo, y jamás veía el Cementerio? Cuando 
cruzamos el arroyo y entramos al Cerro supuse que faltarían como mucho diez 
minutos. El 306, en cambio, se sumergió en un laberinto de calles diminutas y 
casas abandonadas que parecían perderse en el campo. 

¿Me había pasado? Pregunté al guarda cuánto faltaba para el Cementerio. 
Como diez paradas, respondió. Volví a sentarme (el ómnibus estaba casi vacío) y 
aguardé. Emilio había mencionado un par de canchas de fútbol; creí determinar 
cuál era la primera pero de inmediato apareció otra y no había rastro alguno del 
cementerio. Me puse más nervioso. No puedo haberme pasado, me repetía, no 
puedo ser tan imbécil. Entonces el ómnibus giró por una callecita y vi una gran 
manzana sin construcciones guardada por una muralla blanca y alta, con una puerta 
semiderrumbada en la que podían leerse marcas de cañonazos. Era el cementerio. 
Más allá se expandía la bahía y, del lado interno de la muralla, una amplia y 
variada colección de nichos cuadriculaba el espacio grisáceo de revoque pintado a 
la cal. 

Quisiera pensar que algo se estremeció en mi interior, que aquel paisaje — 
insólito para mí, ya que mi única referencia sobre cómo lucía en verdad un 



cementerio (por alguna razón asumía que los que veía en la TV o en las películas 
eran falsos o anacrónicos) era el espacio institucional del Central, con sus 
panteones de los caídos en la Guerra Civil y las estatúas de ángeles del 
novecientos— dejó su marca en mi sensibilidad y logró que se abriera camino en 
mí cierta conciencia de que existía otra realidad, otro mundo si se quiere, 
subyacente al nuestro, a pocos quilómetros del área que había cubierto con la 
pintura espesa de la costumbre. He leído demasiadas veces relatos de escritores o 
artistas que se refieren a momentos señeros al estilo de la primera vez que escuche 
a Mozart o mi primer contacto con un lienzo de Van Gogh; por mi parte, ninguna 
lección inaugural resplandeció con un brillo diferente al de la expectativa que yo 
mismo le había construido, y casi todas brillaron mucho menos. En cuanto al 
Cementerio del Cerro, lo que sí llegué a descubrir con el tiempo, asombrado y 
nadando en la sensación de haber dado con la clave de un misterio que, aunque no 
lo comprendiera del todo, bien podía afectarme, fue que parte de la ominosidad de 
algunos cuentos de Scarone, entre ellos mi favorito, “La muñeca marciana”, se 
desprendía claramente de aquella muralla, de los nichos y las pocas tumbas 
desperdigadas que él transfiguraba en el paisaje de las Ferias de sus cuentos, con 
alienígenas atrapados en lagunas a las que había que arrojar el tributo de una 
virgen cada luna nueva. Y señalo esto porque cuando comencé a escribir sobre 
Montevideo, o teniendo a Montevideo como escenario, dejando de lado cierto 



prejuicio hacia lo local derivado de los modelos narrativos de la gente de Vermilion 
Sands, sentí la necesidad de transfigurarla, de convertirla en una ciudad diferente al 
lugar común de Durazno y Convención, Isla de Flores y Gonzalo Ramírez, la Playa 
Ramírez, Barrio Sur y Palermo, los bustos de Gardel, la estatua de Herrera, el 
Memorial de la Guerra Civil, la Diligencia y los Cuernos de Batlle, tarea que ya 
había comenzado Emilio, a partir del Cementerio del Cerro, en cuentos como “Las 
mansiones silentes” o “Las tumbas de la oscuridad”. Quizá me guste pensarlo ya 
que haciéndolo puedo establecer un nexo entre la escritura de Emilio y mis propias 
ficciones; lo cierto es que nada de eso cruzó mi mente, más allá de cierto asombro 
o escalofrío, cuando rebasé aquel sábado el Cementerio y me bajé, 
equivocadamente, una parada antes de la correcta, ante el panorama de la Bahía y 
las casitas de Casabó que mediaban entre la calle de Emilio y la costanera, un 
enorme conjunto de techos de chapa, baldíos, paredes descascaradas, basurales, 
caballos paciendo y niños correteando. Un paisaje que parecía tomado de una esa 
recurrente y montevideana película postapocalíptica en la que todas las cosas 
aparecen bañadas en una luz color sepia y polvorienta, una luz de amanecer 
ballardiano, un amanecer terminal. Seguí la numeración hasta dar con la casa de 
Emilio. Llamé a la puerta y me atendió Clara, que todavía vivía allí junto a sus dos 
hijas menores. 

—¿Vos sos el niño prodigio? —me preguntó, mirándome de arriba abajo. 



—Federico —le respondí—, vengo a ver a Emilio, ¿está? 

En ese momento se abrió la ventana que daba a la calle y la cabeza de Emilio 
se abrió camino para gritar puuuuutooos puuuuuuutooooooooos a las casas de la 
vereda de enfrente. 

Ella asintió (“se pone como loco cuando los vecinitos escuchan cumbia”) y me 
dejó pasar, o al menos así es como lo recuerdo. En varias reuniones posteriores 
Clara siempre contó que yo me ruboricé ante la puteada y repetí ¿Es-tá-e-mi-lio?, 
balbuceando y mirándome los zapatos, aplastando con la punta del derecho una 
colilla de cigarrillo imaginaria. En cualquier caso, pasé a la casa un poco 
desordenada y venida a menos y fui recibido por Emilio (“perdoná, viste cómo es, 
los negros estos con la cumbia te vuelven racista”), que me presentó a Clara 
diciendo esta es mi ex mujer y concubina, el mejor culo de Montevideo. La aludida 
rió. 

—La historia nos llamará esposas -dijo, y no pesqué la referencia. 

—Culo... gran... de... gor... do... yo... meter... banana... —dijo Emilio, 
imitando a un robot de dibujos animados. 

Al rato estábamos hablando de mis cuentos. Clara sirvió un café instantáneo 
aguado y dulce. 

—Están bien para tu edad, pero... —dijo. 



—No, bien no no seas mala, para su edad son excelentes —la interrumpió 
Emilio. 

—.. .pero en realidad son una cagada; yo no los hubiese publicado nunca, pero 
bueno, por algo se dio como se dio, y si no capaz que no estabas acá. 

—Pero no todos son tan malos... —creo que dije (eso es lo que siempre 
recordó Emilio, que yo traté de defender uno o dos de los cuentos) 

—Sí, hay uno que pasa, el de fantasmas, con la ciudad subterránea sacada de 
Bóvedas de acero —y Emilio la interrumpió una vez más para explicar que yo 
escribía de un modo “muy clásico y lineal” y que, si quería hacer algo mejor, debía 
dejar de leer a mongochos como Asimov y Clarke y conseguir la obra completa de 
Dick, Spinrad, Ballard, Aldiss, Disch, Gibson y, por supuesto, Frank Herbert. 

—A Herbert ya lo leí —le dije—, o al menos Dune, el primero. Tengo que 
conseguir los otros. 

— Dune es excelente —dijeron casi al unísono, y Emilio añadió —¿Viste la 
película de Lynch? 

—No, no la vi —respondí, y con una especie de grito de júbilo me condujo a 
su estudio- dormitorio (Emilio dormía solo en una cama de dos plazas, Clara con 
las niñas) y encendió el VHS. 

De esa tarde saqué en limpio que Dune era una obra maestra —y tuvieron que 
pasar ocho años, más o menos, para que empezara a erosionarle esa posición—, 



que debía leer a Ballard (Emilio me prestó el número 6 de El péndulo, el que traía 
“Tu: coma: Marilyn Monroe” y la novela corta “La fe de nuestros padres”, de 
Philip K. Dick, más cuentos de Racoona Sheldon, David R. Bunch, Sam Lundwall 
y una serie de reseñas y bibliográficas de autores como Stanislaw Lem y Ray 
Bradbury), que Clara tenía definitivamente el mejor culo de Montevideo y que 
tenía que dejar de escribir cuentos lineales y clásicos. 

En relación a eso último diré que un elemento que se repetiría en todas mis 
visitas a Emilio era el de abandonar su casa reventando de ganas de escribir. Me 
asombró, y sentí además que allí había un ejemplo a seguir, su capacidad de hablar 
de los cuentos que había escrito o los que estaba escribiendo como si fuesen 
inseparables de su vida y tan reales como las baldosas rotas de la escalenta hacia 
su puerta: hablaba de sus dictadores futuros como si tuviese bajo la cama una 
máquina óptica del tiempo que le permitía ver las batallas y las intrigas políticas 
que luego llevaría al papel, aunque siempre sentí que explicaba oralmente sus 
tramas con más lujo de detalles que lo que había escrito o estaba por escribir , y a 
la vez estaba claro que en lugar de narrar lo que realmente hacía era citarnos de 
memoria la enciclopedia completa sobre sus ficciones. Porque Emilio era incapaz 
de contar en su conversación; se perdía en detalles, descripciones, historias previas 
de los personajes y elementos de sus personalidades; abundaba en referencias a su 
parafernalia pseudotecnológica y a cierta presunta sabiduría militar y política que, 



decía, iba a terminar de dar forma algún día en un Tratado de geopolítica que 
significaría un punto de inflexión en la historia del pensamiento humano. 

Por ejemplo, ya hacia el 2002 o 2003, una noche me llamó para explicarme, 
dando por sentado mi asombro, que no sé qué ejército de su última novela 
empleaba helicópteros cyborg generados por ingeniería genética a partir del 
ganado. Esa noche, como todas aquellas tardes de 1995, yo me limité escuchar con 
impaciencia y una atención vacilante todos aquellos detalles irritantes; entonces 
asentía y nada más. Cualquier sugerencia que pudiera hacer jamás sería escuchada 
y Emilio siempre se las arreglaba para hacerme creer que él ya se había anticipado 
a todo lo que yo (o cualquiera, con la excepción de Matías) pudiera imaginar o 
replicarle. La única vez que me pidió algún tipo de ayuda técnica fue cuando 
recopiló varios de sus cuentos sobre el Resurgido Imperio Soviético, con sus tropas 
de übermenschen —o, como él prefería, übersoldiers — mejorados genéticamente 
para convertirlos en una suerte de licántropos superinteligentes que jugaban como 
niños con los despojos de sus víctimas, y tuvo la extraña idea de que yo escribiese 
un prólogo “filosófico” en el que hablara de Nietzsche y las posibilidades de 
evolución del pensamiento humano, por supuesto presentando a sus soldados como 
una predicción más que confiable. Me lo propuso en una pizzería del centro, una 
noche de invierno; las meseras nos miraban, y después supe que Emilio 
frecuentaba el lugar y se presentaba siempre como “el escritor” {si vas a Muzza 



Bros decí que vas de parte de Emilio, el escritor). Esa noche -lo cual, por cierto, 
nos motivó a partir rápidamente y seguir la charla en una parada de ómnibus donde 
dejé pasar varios de los que me servían- había un concurso de imitadores: mientras 
hablábamos ensayaba a pocos metros de nosotros un Michael Jackson con el 
atuendo de dictador africano genérico, bajo la mirada reprobadora y fascinada de 
Emilio, que no pudo evitar cantar uno de los coritos de Billie Jean. 

Jamás escribí el prólogo, y tampoco recuerdo bien con qué excusa evité el 
compromiso, si es que hubo algo diferente a un sí, claro, dalo por hecho. De todas 
formas, ese libro, como tantos otros, jamás se publicó. 


De la El Péndulo que me prestó Emilio la mayor impresión fue la que me dejó 
“La fe de nuestros padres”, que todavía hoy sigue pareciéndome, junto a Ubik, 
VALIS y El búho a la luz del día , de lo mejor de Philip Dick; y si bien para ese 
momento ya había leído algunas de sus novelas — La penúltima verdad y ¿Sueñan 
los androides con ovejas eléctricas? más el tomo dos de los cuentos completos—, 
creo que fue esa lectura desde la revista argentina lo que terminó por incrustar a 
PKD en mi corazón. Emilio decía respetarlo, a la vez que aclaraba que no era uno 


de sus autores favoritos (en el orden cronológico de irrupción en su vida, según mis 



pesquisas biográficas, H.P.Lovecraft, Ray Bradbury, Frank Herbert, J.G.Ballard), 
pero la verdad era muy diferente: Emilio podía hablar durante horas de Ballard y 
de Herbert, pero Dick fue siempre la matriz desde la que desplegó su personalidad 
de escritor. Quizá Ballard y Herbert le habían dado un par de consejos, por decirlo 
de alguna manera, pero su formateo de lo que era la literatura y lo que quería decir 
ser escritor era 100% Philip K. Dick; de hecho, con el paso del tiempo su pastiche 
dickiano lo llevó a la gnosis Valentiniana, con su visión maniquea del universo y 
su mito central del origen perdido y la condición de extranjeros de todos los 
hombres sobre la tierra, además de a otras obsesiones del Dick tardío, como por 
ejemplo el desarrollo de armas telepáticas en la URSS, que también lo fueron del 
“último Scarone”. He llegado a creer que gran parte de esa imitación se dio de una 
manera inconsciente; cuando se le preguntaba por la influencia de Philp Dick 
respondía que en verdad su parecido con el autor de Tiempo de Marte se debía a 
que se había casado muchas veces (él 2, Dick creo que 5, aunque me parece 
recordar que con la última más que casarse de verdad hizo algo así como una 
“ceremonia ciberpagana” en 1988) y a que le gustaba jugar con la realidad , como 
si con eso fuese suficiente. 

Por otro lado, también es posible que, en su percepción de la obra de PKD, 
“jugar con la realidad” fuese verdaderamente el elemento central. La escena 
arquetípica de ese tipo de ficciones es la que reporta al héroe de regreso a su casa 



para encontrar que todo ha cambiado y ahora se vive bajo el mandato de un 
dictador androide, por ejemplo, o que en ese mundo paralelo reside en otra ciudad 
y se dedica a conducir un taxi, o que al abrir la puerta se encuentra, en la salita, con 
su familia completa mirando TV, él incluido, y, asustados, le gritan todos juntos en 
un dialecto norteamericano del ruso. 

La segunda vez que lo visité discurrió durante horas sobre cine, en particular 
Terciopelo azul, Alien, Dune, Blade Runner, La naranja mecánica, Solaris y 
Brazil. Encima de su escritorio tenía dos enormes fotografías enmarcadas de Blade 
Runner. una mostraba al vehículo de Deckard posándose en el callejón y la otra a 
Harrison Ford aferrado a la cornisa. Se ven los autos pasando en la calle, decía 
Emilio, admirado, ¿te das cuenta del nivel de detalle? 

—Eso es una obra de arte -fue la conclusión 

Después del curso acelerado de cine me mostró el número uno de Vermilion 
Sands y algo del trabajo que venía haciendo para el segundo. Le pregunté si había 
novedades de su libro de relatos; dijo que la mejor opción sería editarlo él mismo. 
Había concebido el proyecto de crear Gulag XXI, una editorial especializada en 
fantasía y ciencia ficción que, por supuesto, editaría como libro inaugural un 
compilado de mis cuentos. Parte del dinero necesario, dijo, lo obtendría vendiendo 
manuales de juegos de rol gracias a un contacto que tenía con Enrique Richards, 
quien tenía entonces una librería/disquería llamada Lemuria, en Punta Carretas. Le 



pregunté a Emilio la dirección exacta para visitarla; al día siguiente convencí a mi 
amigo Adrián de acompañarme, tomamos el 183 y nos bajamos en el Ombú, para 
caminar después unas cuadras en dirección a la vieja cárcel. Era una librería 
bastante chica, con dos góndolas enfrentadas, llena de libros una y de CDs la otra; 
detrás del mostrador había una puerta y un exhibidor lleno de figuras articuladas de 
superhéroes y otros adornos coleccionables. 

—Enseguida vooooy —escuchamos: una voz de doblaje de dibujos animados 
insoportablemente cachonda. 

De inmediato se abrió la puerta y apareció un tipo bastante alto y corpulento, 
con los ojos desorbitados y una sonrisa que parecía estaqueada a su rostro. 

—¡Hola! —dijo, con una voz entre afeminada y psicópata— ¿qué puedo hacer 
por ustedes, niñas? —Le expliqué que éramos amigos de Emilio Scarone y que 
veníamos a conocer la librería— ¡Ah!, ¡entonces están participando de esa bobería 
de ciencia ficción que va a sacar Emilio, esa revistita con el título robado de 
Ballardo! ¿Ya se los templó a los dos con esa pijita minúscula que tiene? 

—Ballardo —dije, nervioso—, muy bueno... 

—Muy bueno, miren, ¡les voy a dar un consejo! ¡Se me apartan las dos ya 
mismo de la ciencia ficción! ¡Como de la muerte misma!¡Se me apartan ya mismo 
de Emilito Scarone! Esa negra tiene LOSER escrito en la frente y se los va a 
contagiar a ustedes. ¿Vos escribis? —Adrián negó con la cabeza, tomado por 



sorpresa—, ¿y vos? —asentí—, bueno, te voy a dar un consejo: olvídate de la 
ciencia ficción. Mirá, este es el libro que tenés que leer... 

Caminó hacia la góndola de libros y sacó un tomo bastante grueso. American 
Psycho. 

—Ni idea —dije— no lo conozco. 

—¡No lo conozco! ¡Ah! —la sonrisa seguía allí, fija, como si voz surgiera de 
cualquier lugar menos de su boca— ¡No lo conocés! Bueno, nene, ¡des-per-ta-te! 
Abrí los ojos, pibito, descasteate esa mist, mironeá el mundo, viajá, cogé, hacete 
coger, chupá una buena pijotrona, lee a Bastón Bilis, actuá en una película porno 
con gordas camboyanas, disfrázate de Ziggy Stardust, hacete pegar por neonazis en 
Berlín, morite de sobredosis en Shanghai, en Sarajevo, en Groenlandia, donde puta 
sea, ¡pero no leas ciencia ficción! Muy lindo todo, los imperios galácticos, la 
ciudad del borde de los tiempos, la mano de hacerse la paja de la oscuridad, todo 
bien, todo muy rico, muy linda la novia, pero ahora ya es tarde, Heidi. Tu misión, 
si decides aceptarla, es descubrir a Bret Easton Bilis. Esta es la literatura, 
Chilindrina, nada de pavadas para pelotudos que arman maquetas del Enterprise. 
Eso está totalmente muerto. Tomá, te lo vendo —me tendió el libro—, doscientos 
pesos, tómalo o déjalo. 

— Lo voy a dejar —dije, mirando la portada— por ahora tengo mucho de 


Philip Dick y J.G.Ballard. 



Traté de hacer sonar mis palabras como un desafío. 

—Felipe Kapito y Jaime Ballardo, ah sí, sí, veo que sabés lo que hacés —dijo, 
y fingió que se lavaba las manos— pero todo eso está muerto, gansomán, y más 
que muerto. Es literatura zombie, nene, eso es lo que es. A brillar mi amor, vamos 
a brillar mi amor. 

Miramos algunos CDs, pregunté el precio de la colección completa de la serie 
de Terminar, de Ursula LeGuin y nos fuimos. Cuando nos despedimos me apretó 
la mano con demasiada fuerza, sin dejar de sonreír ni de mirarnos como si tratara 
de imitar a Salvador Dalí. 

—Ah, y si lo ven en sus pajitas grupales al tarado de Matías Andreoli díganle 
que me voy a garchar por el orto a su hija en una cueva del Borro, y lo mismo a 
Emilia Scarone, ¿OK? A los dos les dicen eso. Borro, cueva, coger, culo. Que les 
voy a dejar una mancha de semen con forma de Eurasia en la carita a las dos niñas, 
simultáneamente, mientras chapoteo con los deditos de los pies en el charco de 
sangre que mana de sus culitos vírgenes. 

Me encogí de hombros y asentí; vámonos ya de acá, le dije a Adrián, y casi 
corrimos en dirección a Boulevard España. Al llegar a casa llamé a Emilio y le 
conté que había ido a Lemuria y que, en mi opinión, el librero estaba 


completamente loco. 



—Sí —dijo—, el gordo Richards está mal de la cabeza. Es por la merca; ¿viste 
la puerta esa que tiene atrás del mostrador? Ahí tiene un cuartito, cada media hora 
entra y se mete una línea. Dicen, yo no sé, pero Matías parece que tiene pruebas, 
que también se lleva clientes para ahí adentro y se los garcha. Le gustan de tu edad, 
aparte. ¿No te dijo nada, no te cargó? ¿Un filo, capaz? 

—No, me parece que no; tiene una voz un poco amanerada, capaz, pero no sé, 
me parece que no. 

No recuerdo si por aquellos días ya me percataba de la evidente homofobia en 
el discurso de Emilio; una vez, años después, tuve la ingenuidad de señalarle que el 
protagonista de “Mundo de ” se comportaba de una manera bastante gay; los 
malabarismos conceptuales que hizo para defenderse de semejante acusación 
fueron asombrosos. Su conclusión, sacada no sé de dónde, fue que los yanquis 
vivían en una sociedad decadente que fomentaba la homosexualidad, y que 
“cuando todo cambiara” el mundo se volvería más puro, soviético y heterosexual. 

—Mejor, el tipo en realidad es un psicópata, tené cuidado. 

—Bueno —añadí— me dijo que se iba a coger por el culo a la hija de Matías... 

Emilio se quedó callado. 

—Eso no se lo cuentes —dijo, finalmente— . Matías es capaz de matarlo al 


gordo marica; mejor dejalo así. 



Sí, qué se yo, no pensaba decirle, pero me llamó la atención, ¿tiene algo en 


especial contra Matías? 

—Se enfrentaron en la tertulia del viejo Morales, en el Sorocacana, después de 
que salió el librito ese de mierda que tiene tres cuentos de Matías, de cuando 
Matías quería escribir como Borges y menos mal que dejo esa etapa porque ya me 
tenía podrido. Estuvimos sin hablarnos por varios meses después de eso, otro día te 
cuento. La única vez que me traicionó, ¿sabías? Te explico: a mi Borges me parece 
una bosta; se me cae un huevo de pensar nomás en leerlo. Mirá, escribirá muy 
bien, pero cuentos de gauchitos que viajan por el tiempo no me interesan. Aparte el 
viejo de mierda era flor de facho, ¿sabías? Y seguro que puto también. 

Era curioso —aunque en ese momento no lo noté— que tildara de facho a 
Borges una persona que en más de una ocasión se definió como “fascista de 
izquierda” y que decía admirar a Napoleón y a Stalin 5 . Él encontraba, supongo, 
alguna escala posible en la que sus ideas políticas no desentonaban; unos años 
después del fracaso de Vermilion Sands empezó más o menos seriamente a tomar 
notas para su Tratado de geopolítica, al que le añadió en el título el concepto de 
marketing cultural, explicado en una suerte de prólogo que tomaba la forma de una 


5 Una vez redactó junto a Matías una "descripción" de su "forma de gobierno ideal", bautizada 
inteligentocracia. La clave de la cuestión era conceder ciudadanía (y por lo tanto facultad de votar) únicamente a 
quienes superaran ciertas pruebas matemático-lógicas y de destreza física. La descripción -que supongo valía 
como manifiesto- aclaraba que los estatutos de la inteligentocracia no podían ser revocados por el voto de los 
inteligentócratas y que quienes así lo sugiriesen merecerían la pena de exilio en un campo de concentración, 
etcétera. 



lectura de la historia de la Iglesia Católica mayoritariamente inventada. Hasta la 
que podríamos llamar la época de sus dos “novelas finales” inconclusas {La novela 
del resplandor y La novela de las tinieblas, ambas inéditas hasta la fecha), que 
marcaron el comienzo de su etapa espiritual o mesiánica, el Tratado sería la obra 
en progreso de la que más decía enorgullecerse, la que, en su opinión, constituía 
más cabalmente la summa de su pensamiento. Tengo por alguna parte el prólogo y 
los primeros seis capítulos; jamás logré terminarlos. 


La relación comercial con Enrique Richards terminó con la salida, en abril del 
95, del número dos de Vermilion Sands. Richards se negó a pagar los 400 pesos 
que Emilio pretendía cobrarle por el anuncio a cuarto de página de su librería y eso 
sirvió para que “el gordo marica” pasara a la lista de enemigos y traidores del 
Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción y Fantasy. Entre mi visita a la librería y 
la negativa de Richards a pagar el aviso pasaron casi tres meses; lo primero que 
hizo Emilio después de mover al librero desde “aliado potencial” a “cucaracha 
execrable” fue hablarle a Matías de aquella amenaza de cogerse a su hija. Añadió, 
además, que Richards había intentado “pasarme para el cuartito” y que me había 


invitado -es decir prácticamente encajado el polvillo a presión por mis narinas 



con unas rayas de merca. Matías habrá reaccionado como era predecible dada su 
máscara deportista y antidrogas de heterosexual militante. Una noche, según me 
contó Emilio, él y Matías invadieron Lemuria justo a la hora en que Richards 
bajaba la cortina. Fue una visita en plan pasá pa’dentro de esta no zafás qué 
anduviste diciendo gordo puto ahora te venís con nosotros hijo de puta te vamos a 
dejar la cara como al Humongus de Mad Max/te vamos a romper todos los huesos , 
o al menos así la describió Emilio, claramente disfrutando cada inflexión de su voz 
al repasar los golpes, las puteadas, las caras de sufrimiento y los patéticos intentos 
de zafar/pedir perdón de Enrique Richards. Pero no nos robamos ningún libro 
aunque Matías casi se lleva un CD de Vangelis y yo uno de Enya. Quince minutos 
después de la golpiza para que quedara un buen rato ahí tirado el gordo marica 
palpándose los huesitos que le dolían y gimoteando como una nena, según dice la 
Leyenda Negra del Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción y Fantasy, metieron 
al gordo Richards en asiento trasero del Volkswagen Gol de los padres de Matías y 
lo llevaron a una playa desierta entre Shangrilá y Lagomar para una vez más 
cagarlo a golpes, esta vez no en el interior de su librería oportunamente cerrada al 
público (cosa que siempre me pareció poco creíble) sino en la arena y con el agüita 
fría para que se termine de hacer popó encima. 

Emilio y Matías alardeaban a veces de esa actitud mañosa; de hecho, es 
posible que en conjunto soñasen al movimiento de ciencia ficción y fantasy 



organizado como se cuenta en El padrino, con los caporegimes, el consiglieri y el 
don, con Matías gustosamente actuando de Lúea Brasi. De hecho, yo tampoco me 
libré de sus interrogatorios y sus intentos de razonar conmigo. 

En diciembre del 96 me encontraba en el corazón de lo que retrospectivamente 
llamaba mi “período de la abenidad”. La idea básica era que, con la excepción de 
Solaris y quizá Alien, la representación de los extraterrestres en la ciencia ficción 
era totalmente insostenible, en cuanto me parecía limitada a una simple variación 
de aspectos humanos. Un verdadero alienígena, pensaba yo, debía ser 
completamente ajeno a todas las pautas con las que percibimos el mundo en 
general y la vida y la inteligencia en particular. La ciencia ficción tenía la misión, 
la función incluso, de representar esa extrañeza, esa “abenidad”, salvando a través 
del arte todos los escollos epistemológicos aplicables. 

Con Emilio solíamos discutir estas ideas, y aunque él jamás lo admitió debió 
ser la primera vez que logré convencerlo de algo. Pronto, sin embargo, decidió que 
todo el rollo de la abenidad (que a mí me sirvió sólo para escribir aun peor y 
meterme en un callejón sin salida del que lograría salir recién a fines del 97) en 
realidad lo había inventado él, y me irritó enormemente cuando escribió, en la nota 
biográfica de su cuento “La muñeca marciana” para el número tres de Vermilion 


Sands, que... 



Detrás de un título inspirado en la época dorada de 


Weird Tales encontramos un relato raro, más clasificable 
en el concepto que su autor define como “alienidad” que 
en otra vertiente conocida por la humanidad. Un mundo 
paralelo donde la conciencia de lo incomprensible o 
inconcebible se alterna con situaciones convencionales. 6 

—¡Pero el concepto es mío! —le quise discutir. 

—No te calentés. Mirá, te explico cómo son las cosas en arte. Sí, vos lo 
empezaste, pero de un modo muy tentativo, muy inseguro, muy de pendejo; yo le 
aporté tanta estructura y pensamiento maduro que al final lo hice totalmente mío. 

¿Qué podía haber respondido? Por mi parte, estaba seguro de mi autoría en 
cuanto a la “alienidad”, hasta el punto que, en una de mis tantas cartas entusiastas a 
un fanzine argentino llamado Copérnico (donde me aceptaron dos cuentos, los 
primeros que publiqué al margen de Vermilion Sands ), hice una especie de llamado 
a los lectores interesados a colaborar con sugerencias -o mejor con literatura- a lo 
que podía convertirse en una corriente estética dentro de la ciencia ficción, como lo 
había sido la new wave en los sesenta y el cyberpunk en los ochenta. Emilio 
recibió su ejemplar un lunes; se lo prestó a Matías un martes y ese mismo 

6 También es cierto que Emilio tomó la ¡dea de la "alienidad" y la incorporó -consciente o inconscientemente, 
no importa, están ahí los adjetivos y la referencia a Wierd Tales- a la tradición lovecraftiana. Seguramente vale 
más ese gesto que cualquier tonta pretensión de haber "inventado" el concepto. 



miércoles me pasaron a buscar por casa en el auto. Atendimos algunos mandados 
y, ya de regreso, me interpelaron por aquella llamada a integrar un movimiento. 

—Esas son ideas nuestras —dijo Emilio—, nosotros funcionamos de una 
manera que tenés que entender, porque es la organización con la que vamos a 
ganarle la guerra a todos los mongochos, y una cosa que no podés hacer es andar 
abriendo la boca por ahí. 

—Y aunque eso de la alienidad no tiene sentido —continuó Matías— y hacen 
agua por todas partes, son del movimiento nuestro y se quedan con nosotros: con 
Emilio nos pareció casi una traición lo que hiciste, publicándolo en Copérnico. 

Iba a empezar a defenderme cuando me interrumpieron. 

—...pero sabemos que no lo hiciste de mala fe, así que está todo bien; 
solamente no sigas adelante, vos escribí lo que quieras sobre la alienidad, pero no 
lo divulgues a otra gente. A veces nos olvidamos de que tenés dieciséis años, que 
para muchas cosas sos medio pendejo todavía. Te falta mucho por vivir. Tenés que 
cogerte una buena mina, mayor que vos, que te haga ver algunas cosas, te explico, 
y así vas a empezar a entender la vida de otra manera, haceme caso que unas 
cuantas minas me he cogido. Ciento ochenta según la última vez que me tomé la 
molestia de contar. Pero por ahora, disciplina. 


Matías remató la interpelación: 



La primera regla acá es que no hay que avivar giles —dijo, sin sacar los ojos 


de la calle. 


Fuera del movimiento no sé de nadie que haya hecho así fuese la más discreta 
referencia a la presunta paliza que le dieron Emilio y Matías a Enrique Richards. 
En un ambiente tan llorón e hipersensible como el uruguayo, si algo así hubiese 
sucedido tarde o temprano habría aparecido algún tipo de relato indignado o 
apelación a la santa hermandad de los escritores en repudio a la violencia física. 
Pero no fue así. Nadie contó esa historia. 

Poco después, además, Enrique Richards tuvo que cerrar Lemuria. Unos años 
más tarde, a mediados del 2000, recuerdo que acompañé a una novia a un conocido 
videoclub de Pocitos en busca de ya olvidé qué película japonesa inhallable, y allí 
estaba el gordo Richards detrás del mostrador. La sonrisa se le había petrificado, 
pero la intensidad psychokiller de su mirada ya no estaba allí; me reconoció, dijo 
dos o tres bobadas, me felicitó por mi novela Desintegración , me palmeó la 
espalda y la cosa quedó ahí. Me pareció, eso sí, que los otros empleados del lugar 


lo trataban con cierto desprecio. 



Supe que trabajó después en una tienda de CDs en la Ciudad Vieja y, lo más 
interesante, que era escritor. Poeta y narrador, de hecho. Emilio y Matías jamás 
habían mencionado esa, digamos, faceta. 

Uno o dos meses después de que se publicara mi novela apareció en 45 un 
artículo que reunía (incluso con una foto cool) a tres escritores que, en ese 
momento, según podía leerse, estaban practicando un “realismo” que “cortaba con 
la tradición uruguaya” y acusaba la “influencia” de Bret Easton Ellis, Salinger y 
Carver. Si bien buena parte del texto (lo había escrito María Inés Larrecreu, una 
especie de topo gris amarronado que frecuentaba los bares donde se reunían ciertos 
escritores equipada con una libretita y una lapicera, y así, dicen, escribía sus 
reseñas) era fácilmente aplicable a mi libro (que, de todas formas, tenía también 
bastante de “fantástico”, sobre todo al final), la nota no lo mencionaba y mucho 
menos me nombraba, aunque señalaba que “otros escritores menos visibles y más 
vinculados al movimiento subte, con toda su rebeldía ingenua o adolescente, han 
intentado escribir bajo estos códigos e incluso publicado alguna que otra novelita”. 

Pasada parte de la predecible calentura noté que uno de los integrantes de aquel 
trío era nada más y nada menos que Enrique Richards. Vestía una camisa celeste, 
un pantalón blanco que le quedaba un poco corto y miraba hacia su derecha con 
una mueca sarcástica, a la vez que pasaba sus brazos por detrás de sus compañeros 
de foto, que parecían no prestarle atención alguna. Y resultó que el gordo Richards 



había publicado una novela muy corta sobre un hombre que raptaba chicas de 
liceos privados y las cortaba en pedacitos que guardaba en cubitos de acrílico con 
los que ensamblaba algo así como esculturas anatómicas. 

Los otros escritores del grupo de los “crueles”, como los llamaba el artículo, 
eran Nicolás Roddi y Ariel Stella, a quienes eventualmente llegué a conocer. No es 
que tuvieran relación alguna con la fantasía y la ciencia ficción uruguayas, pero en 
tanto frecuentaban Lemuria y eran amigos de Richards, valía la pena contar con su 
relato de aquellos años. Así, cuando los entrevisté para Cual retazo del espacio, me 
contaron que durante la charla con Larrecreu comentaron mi Desintegración y se 
preguntaron (bueno, sí, pero vamos a creerles) por qué yo no había sido 
convocado. La periodista, entonces, descartó la cuestión y cambió de tema, tras 
señalar que no conocía mi nombre ni estaba al tanto de que hubiese publicado una 
novela sobre asesinos en serie. Quizá, cabe pensar, dado que jamás escribí ni 
escribiré como Carver o como Salinger, mi incorporación a su tríada se le 
complicaba un poco. 

Desde la aparición de esa nota leí la narrativa de los tres “crueles”, 
evidentemente un momento importante y valioso del proceso de la literatura 
uruguaya. Roddi se mantuvo en actividad como poeta y dramaturgo, pero Stella y 
Richards dejaron de escribir. Ariel se convirtió a no sabría decir qué doctrinas 
espiritualistas y chamánicas y viajó por Latinoamérica remedando (con más éxito, 



según me contó) la búsqueda burroughsiana de la ayahuasca, mientras que el gordo 


Richards, según supe por Nicolás Roddi, vive en Barcelona y es dueño de una 
discoteca. 


En cuanto a su compilado de relatos Emilio decidió, después de su ruptura con 
Richards, que el proyecto de lanzar la editorial GulagXXI, era inviable y que si 
quería publicar su compilado de cuentos debía seguir intentando en el mercado 
editorial. Así, cuando por fin lo publicó en 2003, el índice mostraba exactamente 
los mismos cuentos del proyecto original con Nuevo Siglo: “La llegada de la 
bestia”, “Viaje en crucero”, “Mundo de dragones”, “El hombre en el barro”, 
“Bicicletas”, “Las tumbas de la oscuridad”, “Las maquinarias del pecado” y “Las 
moradas silentes”. La portada lucía la vieja ilustración de Daniel Lonti, pero nadie 
cobró un peso extra por ella. En la presentación se reunió casi todo el mundillo 
cienciaficcionero local, y Emilio pudo darse el gusto de ningunear a Marta Linari 
(“¿la ves a la Linari ahí? La lengua más rápida de la literatura uruguaya, le dicen. 
Adiviná cómo hizo para que le publicaran los libros los micos de Nuevo Siglo...”) 
y a Patricia Lernández, que parecía entusiasmadísima con el libro de Emilio en sus 
manos. Sin embargo trató muy bien a Washington Morales; incluso le regaló un 



ejemplar y pasó un buen rato conversando con él, brindis incluido. En cierto 
momento Emilio se me acercó con el viejo. 

—Ustedes se conocen, ¿no? 

—Claro —se apresuró a responder Morales—, he seguido la carrera de este 
joven con gran atención, aunque debo decir que esa novela que publicó hace unos 
años... no es de mi gusto literario, precisamente. Demasiadas palabras soeces —y 
sonrió. 

Estaba flaco y encorvado, con cierta expresión de miedo incómodo en la 
mirada. Sus maneras seguían ceremoniales y aparatosas, pero con el paso del 
tiempo terminaron por convertirlo en la parodia de un viejo almirante arrojado a 
una silla de ruedas o a una suerte de pesado cyborg steampunk. 

No lo había vuelto a ver desde mi última visita a su librería, siete años atrás. 
Dijo un par de tonterías sobre la gestión cultural del gobierno, predijo un nuevo 
mapa político para las elecciones de noviembre y, después de palmearme en el 
brazo derecho y hacer otra broma sobre mi novela Desintegración, se acercó a un 
mozo reclamando más vino. Regresó con dos copas; me tendió una. 

—Dese una vuelta por la librería en estos días, así conoce el nuevo local, más 
céntrico; si mal no recuerdo, nunca terminamos sus lecciones de historia. 

—No —dije, de inmediato—, pero no recuerdo en qué nos quedamos... ¿Las 


Malvinas? ¿Los plebiscitos? 



Qué cosa, yo tampoco me acuerdo... ¡en fin! Habrá que empezar de nuevo, 


¿verdad? 


En realidad me acordaba bastante bien de aquellas charlas sobre historia; eran, 
con pequeñas variaciones, las que el viejo arrojaba a los oídos de todos los que, por 
debilidad de carácter —como era mi caso— o por lástima —los menos—, le 
permitían monologar indefinidamente mientras se balanceaba el mal trago dando 
cuenta de los sándwiches y la eterna Coca Cola. Al principio todo aquello me 
interesaba poco y nada, pero luego descubrí que parte de lo que decía el viejo 
podía servirme de tema de conversación con mi padre o mi abuelo, que, habiendo 
vivido aquellos años desde una perspectiva diferente a la de Morales, siempre 
tenían alguna corrección que hacer a mis comentarios. Por ejemplo, si yo iba y 
decía porque en la guerra en el interior se vaciaron las ciudades y murieron 
cientos de personas, ellos invariablemente dirían sí, claro, pero eran milicos o 
guerrilleros, la gente bien no tuvo nunca nada que ver con todo eso, y aparte lo del 
“vaciamiento” es una exageración de historiadores zurdos; entonces yo seguía: 



—Pero en muchas “casas de familia”, como dicen ustedes, también se 
organizaron formas de resistencia —a lo que seguía invariablemente vos qué 
sabrás de esos años... 

—...había que armarse porque no había seguridad, pero no era porque uno 
quería enfrentarse a nada, era porque con tanto milico peleando en Tacuarembó 
contra los rompequinotos de siempre, acá en Montevideo la policía no daba abasto 
y cualquier vivito te asaltaba en la esquina. 

—Pero si las estadísticas dicen que... —retrucaba, y a la tercera o cuarta 
objeción de mi parte la discusión se acaloraba y yo empezaba a divertirme. Quién 
te estará metiendo estas cosas en la cabeza a vos, solía decir mi abuelo a modo de 
punto final a la discusión, y yo me hacía el misterioso. 

—Nadie, soy yo que ando investigando por ahí —a lo cual mi abuelo, de haber 
sido católico, hubiese respondido persignándose. 

Al otro día, invariablemente, encontraba en la mesa del comedor algún libro 
sobre Batlle y Ordoñez o Batlle Berres (a quien mi abuelo había conocido en 
persona durante su militancia en la lista 15), con una nota de mi abuelo, en su letra 
cuidadísima, que decía lee primero esto y luego hablamos; cosa que, por supuesto, 
yo jamás hacía. 

En cuanto a La cueva del aficionado, después de haberme llevado aquel 
ejemplar de The killing joke mis incursiones se volvieron semanales. Meses 



después supe que el viejo —que no podía dejar de notar como le desaparecían los 
libros— siempre sospechó de mí, desde el principio, y que sabía con certeza que 
me había llevado aquella historieta. Para mi cuarta visita (Vidas breves, de Neil 
Gaiman, y Batman-Dracula: lluvia roja, de Kelley Jones y Doug Moench) llevé un 
aliado. Mi amigo Adrián se había cambiado de liceo para poder cursar quinto 
científico; un día me aparecí por su casa sin aviso y lo encontré estudiando con 
Diego Buongiorno, uno de sus nuevos compañeros. Hicieron una pausa para comer 
algo y nos pusimos a conversar; resultó que Diego era un gran lector de historietas 
y fan de la ciencia ficción, al menos de su vertiente visual. Como para ese entonces 
yo ya tenía cierta idea de las líneas fundamentales de los universos DC y Marvel 
pudimos conversar de un modo bastante fluido. Le comenté que estaba involucrado 
en una revista de ciencia ficción muy vinculada al mundo de la historieta; incluso 
le propuse participar, y le sugerí que podía escribir reseñas o artículos sobre los 
personajes que seguía más de cerca. 

—¿Y vas a lo del viejo Morales, no? —me preguntó. 

—Voy, sí —le respondí, y puse cara de que conocía a La cueva desde el 
principio de los tiempos— es más, pensaba ir mañana, ¿querés venir? 

—Buenísimo, yo justo andaba con ganas de comprarme la caja con todos los 
tomos de Batinan The Cult. ¿A qué hora nos vemos? 



Le expliqué dónde vivía y arreglamos que me pasaría a buscar a las cinco de la 
tarde. Llegado el momento tomamos el 306 y, en el camino, le conté que desde 
hacía más o menos tres semanas venía robándole libros al viejo. Había empezado 
por The killing joke, detallé, luego Batman año uno y, la semana anterior, 
Superman: el hombre de acero. 

—Ah, ¡yo también! La penúltima vez que fui le afané Gotham luz de gas. ¿Vos 
cómo hacés? 

Le expliqué que había encontrado un punto ciego a la perspectiva del espejo 
convexo. 

—Claro —me interrumpió—, ahí con los cómics porno. 

Diego reía con una carcajada demasiado fuerte para mi timidez post¬ 
adolescente y paranoica. 

—¿No convendrá bajar la voz? —pregunté. 

—No creo que vaya ningún conocido del viejo en este ómnibus, ¿no? Bueno, 
nunca se sabe —dijo, y cambió de tema, pero para cuando llegamos a La cueva 
(había que caminar un poco después de bajarse) ya habíamos determinado qué se 
llevaría cada uno y cómo. El tomo de Sandman para mí y Superman Kal para él. 
Morales nos saludó con la misma afectación de siempre. 



—¡Ah!, ¿son amigos ustedes? —casi gritó— ¡pero qué bien! ¡Dios los cría, 
como dice el dicho! Pasen, pasen, justo tengo un invitado de honor, les va a 
encantar conocerlo, especialmente a usted, Stahl. 

En la oficina, husmeando en los tesoros del viejo, había un tipo bajito y pelado, 
vestido con un traje formal muy pasado de moda. Al principio me pareció que se 
peinaba con uno de esos ridículos combovers que más que disimular la pelada la 
ponen todavía más en evidencia, si es que tal cosa es posible; pero después de 
mirarlo más de cerca entendí, asombrado, que las líneas que había tomado por 
pelos en realidad estaban trazadas sobre la piel con una tinta misteriosa que lograba 
parecerse al cabello. 

—Federico Stahl —nos presentó Morales—, Juan Carlos Migliano; Juan 
Carlos Migliano, Federico Stahl. 

Fo saludé. —Ya nos conocemos —dije— pero no sé si usted se acordará. 
Migliano entrecerró los ojos. 

—Sí, comenzó, me parece que sí, de vista al menos ya que no por su nombre... 
pero ¿de dónde podrá ser? 

—De la presentación de un libro que saqué el año pasado, ¿se acuerda? — 
fingió asentir, como empezando a recordar—, a usted lo convocó Eduardo 
Peñalosa, mi profesor en un taller de Expresión Oral y Escrita. Hicimos la 
presentación en el liceo donde estudio, con una obra de teatro, ¿se acuerda? 



En ese momento me recordó de verdad. —Ah, por supuesto, me acuerdo que 
pasé a felicitarlo, un poco tarde lamentablemente; Peñalosa me había hablado de 
un nuevo muchacho que estaba escribiendo ciencia ficción. Todavía no leí su libro, 
joven, pero sepa que pronto lo haré y le mandaré mis comentarios con el amigo 
Washington. 

Morales sonreía de brazos cruzados, asintiendo con la cabeza. 

—Y ahora está sacando esa revistita, Vermilion Sands —dijo—, con la gente 
de Emilio Scarone, ¿la has ojeado, Juanea? 

—Ah, sí, la revista de Scarone —dijo—, no, no la he mirado. Tengo mis 
reservas sobre ese muchacho, como vos sabrás. 

Yo no supe qué decir. 

—Dejemos al amigo Federico cometer sus propios errores, Juan Carlos, que es 
joven y, sabemos, es la única manera de aprender. Si no miranos a nosotros allá 
por los tiempos negros, negrísimos de la dictadura, y ya parece como si dijera hace 
dos mil años. ¡Si nos habremos equivocado! Nosotros y el país, la 
irresponsabilidad del ciudadano de a pie y de la guerrilla altisonante que se 
enseñoreó con la dizque voluntad de las masas para transitar la vía armada, 
desaconsejada por cualquier intelecto preclaro del momento, nada más y nada 
menos que el Ché entre ellos. Porque no solo nosotros nos equivocamos, amigo 
Migliano, lo hizo todo el país. Pero la pregunta es, ¿aprendimos algo? ¿Qué 



sacamos en limpio los uruguayos de casi quince años de poder copado por los 
bárbaros? Yo he sacado mis conclusiones, por supuesto. Y Juan Carlos también, 
estoy seguro —Migliano asentía, gravemente, aunque me pareció que el tema lo 
ponía nervioso—, pero el país... no lo sé. Usted, amigo Federico, usted es joven, 
todavía tiene mucho que saber sobre lo que pasó en esos años. Un día de estos 
véngase con tiempo y hablaremos, largo y tendido, y le contaré lo que no está en 
los libros de historia, ya verá. 

Asentí y me excusé. Diego ya había separado los libros del plan, por un lado 
los que serían robados (juntos al final de la estantería de la DC) y, en la mano, las 
dos revistas que íbamos a comprar, un número de La cosa de pantano para mí y 
para él un Superman, también de Zinco, de los guionados por John Byrne. 

—¿No se complicará con ese viejo de mierda ahí sentado? —susurró. Me 
negué con la cabeza. 

—Vos disimulé —le dije, y tomé mi libro, mi revista y -para fingir que lo leía- 
el enorme volumen de Las mejores historias del Joker jamás contadas ; llevé todo 
al rinconcito porno, donde apoyé los libros en mis rodillas, y empecé a husmear 
una Kiss Comix. Cuando sentí que no había manera de que me mirara (el viejo y 
Migliano estaban discutiendo sobre política) me escondí Vidas breves bajo el buzo. 
No era un libro fino, pero como estábamos en otoño y e mpezaba a hacer un poco 
de frío, el buzo de lana y la remera que llevaba por debajo lograrían disimular las 



esquinas a la perfección. Me levanté y fingí señalarle a Diego una viñeta del libro 
del Joker, que tomó (llevaba bajo el brazo su Kal ) para llevárselo al silloncito 
rodeado de pornografía. Me acerqué a la oficina con la revista de La cosa del 
pantano, sacando la billetera. 

—¡A ver! —comenzó el viejo Morales—, ¿qué nos llevamos hoy? ¿Alan 
Moore? No me extraña. Todos los jóvenes están enloquecidos con el inglés; yo no 
sé qué le ven. Pero bueno, algún mérito tendrá. 

Migliano asentía con su expresión lenta y grave de siempre. Pagué, esperé que 
Diego hiciera lo mismo con su revista, saludamos al par de veteranos y 
abandonamos La cueva. 

El martes de la semana siguiente fui solo, dispuesto a escuchar toda la 
parafernalia pseudohistórica que me había prometido el viejo. Llevé una mochila, 
pensando que quizá podía tener la oportunidad de hacer algún tipo de upgrade a mi 
técnica de apoderamiento de cómics. Cuando llegué no había nadie y Morales 
limpiaba la vitrina de los tesoros. 

—¡Ah, Stahl, bienvenido! Me encontró haciendo las ingratas pero 
imprescindibles tareas de mantenimiento. 

Cerró la vitrina y se sentó en su silla, indicándome que tomara la del invitado. 
Deje la mochila en el piso y me acomodé. 



—¿Viene por sus lecciones de historia? —preguntó, respondiéndose él mismo 
con un asentimiento de cabeza— bueno, mire, voy a empezar con algo que usted 
ya sabe: la ciencia ficción es un instrumento de crítica social. Es eso ante todo o, 
mejor dicho, tiene que ser eso ante todo. No estamos viviendo épocas en las que 
podamos darnos el lujo de pegarnos a la candela atraepolillas del arte por el arte. 
De modo que si alguno de los vivarachos de siempre le dice que lo que usted 
escribe es evasión, siempre podrá contar con decirle no, es crítica social. El mejor 
escritor de ciencia ficción de este país es Juan Carlos Migliano, a quien conoció 
usted la semana pasada en esta cálida guarida de un servidor; ¿y sabe por qué? Por 
la sutileza de su crítica social. Yo, si alguien elabora alguna vez este ranking, 
quedaré segundo. ¿Sabe por qué? Porque no soy sutil. Yo escribí cuento tras 
cuento, novela tras novela, para denunciar, de la mejor manera que supe hacerlo... 
perdón, que sé hacerlo, a la dictadura militar y sus secuaces, ¡muchos de ellos 
todavía en el gobierno, disimulados bajo el poncho de estos blancos pillos! Pero 
usted, por supuesto, es muy joven. ¿En qué año nació? 

—En 1978. 

—Bueno, entonces quizá sí recuerde algo. Después de todo, tenía usted diez, 
once años cuando se fueron los hijos de puta. 

Hizo una pausa dramática. Asentí. 

—Recuerdo los cacelorazos —dije—, los plebiscitos... 



—Mire —me interrumpió— por ahí se dice que pueden distinguirse tres 
períodos en el llamado “proceso militar”. Es mentira. Hubo uno solo: el atropello, 
el cagarse en el pueblo, en las instituciones y en los derechos humanos. Dicen que 
no hubo más muertos ni presos políticos a partir del 81, que ahí comienza una 
“dictablanda”. Mentira. ¡Vil mentira! Yo mismo fui preso, dos veces fui preso en 
esos años. En 1982 y 1984. ¿Qué fecha, verdad? ¿Qué habría pensado Orwell si 
hubiese vivido en nuestros queridos estados sudamericanos por aquellos tiempos 
nefastos? ¿Y sabe cuántos murieron en la resistencia, gente que hoy nadie 
recuerda? Todos se acuerdan de los muertos ilustres, desde el 66 hasta acá, Líber 
Arce, Vasconcellos, Domínguez, Sapelli, Michelini, Ferreira Aldunate... pero de 
los que murieron en la guerra, en la guerrilla en el interior del país, 1978, por usar 
justo el año en que usted nació, ¿quién se acuerda? Bueno, yo me acuerdo. Lea mis 
libros. Lea mis cuentos. ¿Por qué cree que los publicábamos, Juan Carlos y yo, en 
Nueva Dimensión, en Procesos Cuasisimétricos, en Zikkurath, en todas esas 
revistas españolas? Porque acá no se podía; no había quien tuviera los huevos de 
publicar un cuento mío. Juan Carlos tuvo más suerte, y aparte él escribía también 
novela policial y estuvo siempre metido de dibujante, pero yo, que me aferré a la 
ciencia ficción, que me aferré con toda la fuerza que tuve, ¿qué podía hacer? ¿Y 
sabe qué? Cuando mi esposa pudo visitarme en el Penal de Libertad, después que 
casi dos meses paséandome por cuanto cuartelcito y base encubierta de los milicos 



hubiera por Colonia, Paysandú y Rocha, imaginesé, todo lleno de ratas, humedad y 
cucarachas, paseándome por todo el subsuelo del país, ¿sabe usted qué le pedí? 
¿Ya en el Penal de Libertad, con Mujica y Huidobro, a quienes vi morir como las 
cucarachas que eran, y con el dignísimo Alto Mando, el alto mando completo del 
PCU? Los mercaderes del espacio, de Pohl, el Fin de la infancia , de Clarke y La 
penúltima verdad, de Dick... Dick, mire usted. Tengo entendido que a ustedes los 
jóvenes les gusta Dick, un tipo que nunca me terminó de convencer pero que en 
ese libro, La penúltima verdad, hay que admitir, le pegó justito a la cabeza del 
clavo. ¿Lo leyó usted? —asentí—, ah, perfecto, entenderá entonces por qué lo 
traigo a colación. Acá pasó lo mismo: lo mismo y al revés. Nos mintieron que no 
había una guerra, primero, y nos mintieron que hubo una guerra, después, con la 
payasada de las Malvinas, una guerra perdida que armaron los hijos de puta de los 
milicos de Argentina, y cuando quedaron al borde de desaparecer, los hijos de puta 
de los milicos de acá, al borde de la derrota, ahí empezaron los pactos, ahí 
empezaron los plebiscitos, ahí llegó la “restauración”, como dicen los que se llenan 
la boca con semejante pavada. No les crea. Lo único que se logró con la 
“restauración de la democracia” fue sepultar de una vez por todas a todos los 
muertos. Pero con olvido, no con tierra. Y se lo dice un veterano que estuvo a 
punto de palmar seis veces y que perdió a quince amigos, más conocidos y un 
hermano. ¿Sabía esa historia? ¿No se la contó su amigo Scarone? Yo tenía un 



hermano en el Rio Negro, ¿conoce esa embarcación mítica, verdad?, y a un gran 
amigo entre los Fusileros, y los dos murieron, ¿sabe? en la Batalla del Cerro, 
cuando el hijo de puta de Nader traicionó a Zorrilla y disparó desde el Huracán. La 
Batalla del Cerro, amigo Stahl, uno de los peores momentos de nuestra historia, 
hermanos abriendo fuego contra hermanos, todo por seguir las órdenes de unos 
hijos de su putísima madre conspirados para hacerse con el poder... 

Se recostó en la silla y respiró profundo, como si tratara de sosegarse. 

—Ya vengo —dijo, y se levantó— voy por algo para tomar y picar. Siéntase 
como en su casa. 

Me palmeó el hombro izquierdo y salió de la oficina. Aproveché el momento 
para levantarme, dar un salto hacia las estanterías y tomar Las mejores historias 
del Joker jamás contadas, Sandman: casa de muñecas y los dos tomos 
encuadernados de Watchmen, en la primera edición de Zinco. Volví a la silla -no 
sin un libro para hojear, lo que me parecía un elemento importante de disimulo- 
metí todo en la mochila, que dejé entre mis piernas y, fingiendo que leía un tomo 
de Punisher, esperé al viejo. 

Apareció con una bandeja en la que había dispuesto platitos de queso, 
aceitunas, papitas, maníes y salamín, más una botella de Coca y dos vasos de 
vidrio. Hizo lugar en la mesa apartando algunas revistas (todo el mundo le llevaba 
fanzines al viejo, en general revistas de historietas espantosamente fotocopiadas y 



con títulos inverosímiles como Vieja al agua) y depositó la bandeja orientándola 
de modo que uno de los vasos quedase fácilmente a mi alcance. Los llenó, tomó el 
suyo y lo levantó, una vez más preparando el brindis. Lo seguí. 

—¡Por la ciencia ficción! —dijo, como siempre— ¡por la escritura que venga 
la sangre de los caídos! ¡Sa-lud! 

—Salud —repetí, y golpeamos los vasos. Morales siguió hablando mientras yo 
daba cuenta de la picada (él no probó más que un pedacito de queso y algo de 
maní), pasando revista a los años y años de dictadura militar. Pero yo ya no 
escuchaba; deseaba teletransportarme a mi cuarto, abrir mi mochila y mirar y oler 
y acariciar aquellos libros. ¿Pero qué si se había dado cuenta, pensé, y está 
reteniéndome como forma de tortura psicológica? 

—Ya para el 82, amigo Stahl, los milicos habían logrado dividir, pero les faltó 
poco para vencer. Les faltó lo que jamás les cederá el pueblo: ese último grano de 
arena de la determinación inquebrantable de la libertad. Pero la división, como le 
dije, les dio resultado, y los que doce años atrás habían luchado contra el 
Pachecato, comunistas, foquistas, socialistas, guerrilleros, maoístas, peruanistas, 
incluso los demócratas que resistían en nombre de los derechos civiles y la 
libertad, todos ellos, pobre gente, terminó sospechando de quien tenía al lado, 
disparando primero y preguntando después. Gloriosos comunistas en cárceles de 
guerrilleros sucios, los enérgicos pero ingenuos independentistas de Tacuarembó 



haciendo la última de sus purgas, la más sangrienta... todos, amigo Stahl, todos 
pasaron por los momentos más terribles, más inhumanos del siglo XX de nuestra 
querida República Oriental. Todos. Y el nombre del padre Artigas, querido amigo, 
invocado tantas veces, se tiñó también de sangre en las mazmorras, en los 
subterráneos de tanto grupo sublevado que no sabía sino disparar al hermano que 
debía asistirlo en la lucha pero que difería con la interpretación de una o dos 
palabritas del viejo Marx. ¡Una catástrofe, querido amigo! No sólo padeció el país 
la guerra civil más cruenta de su historia sino que, años después, los pocos 
guerrilleros que sobrevivieron terminaron matándose entre ellos... Y yo, y yo 
también maté, querido Stahl... 

Terminado el discurso se rió forzadamente. 

—Pero mire la hora que se hizo, mi amigo, debo haberlo aburrido con todas 
estas historias de un veterano amargado. 

—Para nada, para nada —me apuré a contestar—, siempre es bueno recibir 
tanto conocimiento de alguien que lo vivió en persona. 

Morales asintió y se levantó. 

—¿Qué tiene ahí, que no le pregunté? Estaba leyéndolo cuando volví de buscar 
el copetín. ¿A ver? —y pensé sonamos, este es el primer paso, mira el libro y luego 
me pide que abra la mochila, llama a la policía y se va todo al carajo— Punisher 
P.O.V., el punto de vista del Punisher, claro que sí. Jim Starlin y Bernie Wrightson. 



¡Qué gran dibujante! Batman the cult, La cosa del pantano , sus ilustraciones para 
Frankenstein. Y por lo que veo lee inglés, muy bien. Mire, ¿sabe qué? Por ser un 
joven tan paciente y escucharme con tanta atención, le voy a regalar ese librito. 
Lleveseló, cortesía de la casa. 

Me levanté y le extendí la mano para saludarlo. 

—Pero señor Morales, muchas gracias... 

—No es nada, no es nada —dijo, acompañándome a la puerta—. La próxima 
seguimos con la historia, que siempre es bueno que un viejo como yo, que ha 
vivido lo suyo, que le ha tocado sufrir más de una mala hora, pueda pasarle a un 
joven ansioso de aprender el fruto de sus experiencias. 

Ya en la vereda lo saludé por última vez. Viejo tarado, recuerdo que pensé, me 
importa un carajo tu historia, me importa un carajo la dictadura, te robé tres libros 
carísimos y vos todavía me regalás otro. Claro que Punisher —sumergido como 
estaba en mi etapa DC a pleno— no me interesaba en lo más mínimo; terminé 
regalándole aquel libro a Diego. 

Los asaltos a la librería del viejo Morales duraron cuatro meses, más o menos. 
Durante el último tercio del proceso ya estábamos robando libros que no nos 
interesaban y que vendíamos a mitad de precio a Marcos, Matías y más gente del 
movimiento. También robábamos en otras librerías, aunque con bastante menor 
frecuencia. De hecho, después de salir de La cueva cargados con el botín solíamos 



caminar hacia un hipermercado de la zona, cuya sección de librería estaba por 
fuera del área flanqueada por las cajas, para llevarnos desde revistas con tablaturas 
de guitarra hasta los tres tomos de El señor de los anillos, que Diego todavía no 
había leído. Él había dominado la técnica mucho mejor que yo; excepto en 
circunstancias archisabidas —La cueva, por ejemplo— yo siempre me ponía 
nervioso e inseguro, así que, en muchos casos, mi función se limitó a curiosear y 
llamar la atención de los vendedores con preguntas, despejándole el territorio a 
Diego, que siempre se llevaba algún libro para mí a modo de pago por mis 
servicios. Recuerdo una librería de la ciudad vieja en la que fuimos atrapados 
gracias al error estúpido de no notar que había un entrepiso con oficinas y vista al 
enorme salón con las estanterías; los empleados, que amenazaron con llamar a la 
policía, en realidad sólo querían darnos un buen susto. 

En otra ocasión, Emilio —que decía desaprobar nuestra conducta “criminal”— 
nos había acompañado. íbamos a conseguirle un libro de ciencia ficción —El 
jardín de las delicias, de Ian Watson— pero, ya no recuerdo cómo, la situación se 
malogró y él tuvo que defendernos de los libreros. Yo soy cliente, repetía, como si 
fuera un argumento de peso, acá gasté fortunas, así que no pueden tratarnos de esta 
manera. Nosotros escuchábamos en silencio. Finalmente, como siempre, nos 


dejaron ir. 



En cuanto al viejo Morales, pronto quedó todavía más claro que sospechaba 
algo. Llegó a pagarle a chicos del barrio para que deambularan entre los estantes 
fingiendo que leían cómics, complicándonos la elección de puntos ciegos y la 
manipulación de los libros. De alguna manera u otra siempre nos las arreglábamos 
para llevarnos algo, pero él seguro tuvo que notar que desde que empezó con 
aquellas medidas de seguridad el tiempo que dedicábamos a cada visita a La cueva 
se duplicaba sospechosamente. Morales —que no dejaba de impartirme sus 
lecciones de historia, como si se hiciera el desentendido de nuestros verdaderos 
objetivos en su librería— lo habrá tomado como indicio o confirmación; el hecho 
es que una tarde llamó a mi casa —yo no estaba—, habló con mi padre y le pidió 
que revisara mi biblioteca en busca de The killing joke. El libro no apareció (se lo 
había prestado hacía pocos días a mi amigo Adrián, en mi cuarto o quinto intento 
de interesarlo en los cómics), lo cual llevó a mi padre a increpar al viejo en plan 
cómo se atreve a sugerir que mi hijo es un ladrón. Morales cedió y pidió disculpas, 
pero dejó para mí un mensaje muy claro: ya no era bienvenido en La cueva del 
aficionado. Al volver a casa esa noche me vi capturado en una larga discusión que 
incluyó varios juramentos de “yo nunca me robé ningún comic” actuados al tope 
de mis habilidades histriónicas; más que creerme estoy seguro que la opción de mi 
padre fue dejarlo pasar. Por mi parte, cumpliendo con la orden de Morales, jamás 


regresé a la librería. 



La restricción a las visitas a La cueva también fue extendida a Diego, que tuvo 
la suerte de ser quien atendiera el teléfono esa tarde en su casa. Privados de nuestra 
fuente de historietas y, además, del dinero que hacíamos con la venta de cómics 
robados, Diego reaccionó jurando venganza mientras yo aprovechaba el percance 
para retirarme de esa fugaz pero fructífera carrera en el robo de libros, no sin cierto 
alivio. También terminaron, por supuesto, las lecciones de historia, que habían 
cubierto los quince años de dictadura, repasado la lista de muertos célebres y los 
acontecimientos fundamentales desde la batalla del Cerro hasta el asesinato de 
Wilson Ferreira, desde el despoblamiento del centro del país hasta los plebiscitos y 
elecciones internas de los años ochenta. No me sorprendió en lo más mínimo que, 
cuando lo entrevisté para mi libro, repitiera más o menos las mismas fórmulas con 
las que me había bombardeado. Sus tesis centrales se mantenían en el carácter 
político de la ciencia ficción uruguaya (nunca le pregunté a Alfredo si su idea — 
básicamente idéntica— había sido “inspirada” por el viejo) y, en un contexto más 
general, la función de crítica social de la ciencia ficción. En la entrevista se 
encargó de pasar revista a todos los escritores que había leído, desde Migliano, que 
para él seguía siendo el mejor, hasta Federico Stahl. 



—¿Va a volver a escribir ciencia ficción, amigo Stahl? Lo último que ha 
publicado por ahí es más bien, ¿cómo describirlo? —hizo una pausa— ¿cómo lo 
describiría usted? 

—No lo describo, Morales, lo escribo. 

—Buena respuesta. Pero es una pena que no vuelva al género, ¿sabe? Usted 
tenía potencial; todavía lo tiene, estoy seguro. Juntarse con Scarone no lo ayudó, 
pero pasado cierto momento estoy seguro de que fue lo suficientemente inteligente 
como para saber apartarse, ¿eh? 

—Emilio fue una gran influencia y un gran amigo —dije. Se encogió de 
hombros. 

—Scarone es un escritor de segunda fila, cuya gran ventaja o gran 
inconveniente fue doble: el enorme volumen de su escritura, lo cual nos habla de 
un acriticismo flagrante, y, por otro lado, su incapacidad para pensar las cosas dos 
veces. O quizá ambos hándicaps sean formas de lo mismo, y fue esto último, Stahl, 
lo que lo condenó a su amigo tanto en la escritura como en la vida. Todos 
conocemos sus historias. ¿Dónde está ahora? Supe que se hizo policía; no me 
extraña que terminara abrazando a la fuerza represora. ¿Alguien sabe dónde 
terminó? 

—Lo ignoro por completo, Morales. Después que desapareció, dicen, pasó un 
tiempo en Barcelona. Dónde está ahora es un misterio. 



Recuerdo que una vez me dijo que quería morir como corresponsal de 


guerra... y digo yo, ¿no se habrá pegado un tiro? Eso al menos tendría cierta 
dignidad. O, mejor, ¿no habrá terminado muerto a los balazos entre los gitanos de 
Barcelona, que si les mirás la jermu te clavan un cuchillo en la barriga? ¿No se 
habrá metido en Iraq, en Afganistán, igual haciéndose pasar por periodista? Mire, 
le voy a decir algo, la gente como él, que vive armando un personaje, una careta, 
siempre termina mal; me acuerdo cuando Scarone era joven, cuando tenía... qué 
tendría... veinticuatro, veinticinco años. Venía acá con sus fanzines, sus revistitas, 
y discutía con los clientes, discutía conmigo, se peleaba con quien fuese que 
estuviese en La cueva, compartiendo mi mesa, que como usted recordará siempre 
fue generosa, siempre fue hospitalaria. Lo insultaba al amigo Juan Carlos, que debe 
ser el alma más buena que hay sobre este mundo pavoroso. Yo ya no sabía cómo 
tratarlo, pero estaba claro que en algún momento, tarde o temprano, a alguno no le 
iba a gustar esa vocecita, esa continua, molesta perorata sobre la mediocridad, 
sobre los débiles, sobre los cobardes, y que alguien tarde o temprano iba a terminar 
pegándole una piña o algo peor 7 . Y estaba todavía más claro que la suerte que tuvo 


7 De hecho, la única que pudimos comprobar de tantas historias de violencia física narradas por Emilio lo 
incorporaba a él en papel de víctima. Alfredo y uno de los dibujantes de Vermilion lo habían acompañado hasta la 
parada de ómnibus de Uruguay y Libertador; Emilio escuchó o dijo escuchar que dos pibes parados cerca de donde 
ellos conversaban decían algo como Cerro puto o los de Cerro putos, y les salió al cruce. ¿Qué tenes para decir de 
Cerro, manteca, tarado, maricón ? Cuando Alfredo me contó la historia mi primera reacción fue preguntar qué 
habían hecho él y el dibujante -un gordito al que le gustaba tocar el pelo a las mujeres en el ómnibus; no se dan 
cuenta, decía- mientras le pegaban a Emilio. Resultó que no hicieron nada más que mirar, lo cual es, quizá, un 
comentario más interesante al personaje de Emilio Scarone (líder del Movimiento Uruguayo de Ciencia Ficción 
Uruguaya) que el hecho en sí de que se comiera unas cuantas piñas y, justamente, en lo que podría entenderse 



de salir bien parado de toda la militancia que hizo se le iba a terminar, enseguida. 


Y así debió pasar, Stahl, así debió terminar. 

Después aclaró que, pese a sus errores, había escrito “un par de cuentos 
aceptables”, entre ellos “Mundo de dragones”. Se lamentó del “misticismo” de su 
última etapa y concluyó que una persona que pasó por sus experiencias, salvo que 
posea una “entereza mental superior” y una “fuerza de voluntad a toda prueba”, 
termina con “el sentido de lo real totalmente trastocado, viendo criaturas 
innominadas del espacio exterior cada cinco minutos ”. 

—Ahora, lo que hay que reconocerle es esa cosa carismática que siempre tuvo; 
salvo al final, cuando su daño mental y anímico eran irreparables, cuando apareció 
en televisión, ¿se acuerda, Stahl?, en aquella entrevista terrible con Hugo 
Silvermann, claro que se acuerda, bueno, salvo en esos últimos momentos de su 
carrera, nunca se lo vio solo a Emilio Scarone, siempre supo ser un núcleo, atraer 
gente joven y valiosa, como usted por ejemplo. Pero era también gente que tarde o 
temprano se daba cuenta de la demencia que tenía este personaje de Scarone y se 
apartaba, como pasó con usted, como pasó con ese excelente dibujante Pablo 
Arismendi, con tantos otros... con Matías Andreoli, por ejemplo. Otro muchacho 
que prometía, aunque tenía también un costado negativo. ¿Qué fue de él? 


como una simple y machouruguaya pelea de hinchas de fútbol. Mucho después, ya cuando trabajaba en la policía, 
Emilio contó que encontró por ahí a uno de los pibes que le habían pegado y que la venganza fue dulce y 
sangrienta: lo mandé al CTI con el hígado reventado. 




—Lo entrevisté la semana pasada... se dedica a la astronomía. No sé si 
recuerda, Morales, que era docente... 

—Claro que lo recuerdo, hablábamos de astronomía cuando venía por acá. Me 
explicaba las últimas teorías de astrofísica, todo eso de las supercuerdas, que nunca 
terminé de entender. Tenía una didáctica pésima, Andreoli, pero era un gran 
apasionado de esos temas. Eso, no tengo ni que decírselo, es fundamental. Y no fue 
mal escritor, en su momento... muy borgeano, eso sí. Publicó aquella novela, 
¿cómo se llamaba? 

—El sueño de Tesla. 

—\El sueño de Teslal Un buen título, no me lo va a negar. Y muy original. 
Había unos extraterrestres que alteraban la historia humana... un plan similar al de 
El fin de la eternidad , del maestro Asimov, ¿verdad? 

—Sí, alguna relación había. Pero eran novelas muy diferentes... 

—Sí, sí. Andreoli escribía de un modo un poco enrevesado, si mal no 
recuerdo... oraciones largas... que pena que ya no se dedique más a la ciencia 
ficción. Era una cabeza original, ese sí. Se había alejado de Scarone, creo, ¿verdad? 

Asentí y le conté parte de lo que sabía de aquel asunto. El viejo respondía a 
cada anécdota con su carota de suficiencia, como si todos los acontecimientos que 
le narraba siguiesen una lógica impecable, silogística, que estaba clarísima para él 


pero que yo aún tenía que descubrir. 




5 


Una semana atrás me había encontrado con Matías en un bar de Pocitos, 
dispuesto a arrancar con la investigación para mi libro. No hubo ninguna razón 
especial para elegirlo a él como momento inicial del proceso, aunque, en cierto 
modo, sentía que la mayor parte de las interrogantes que quedaban en el aire (desde 
¿qué pasó exactamente con el dinero de la convención? hasta ¿dónde está Emilio 
ahora?) y para las que me sentía en el deber de dar algún tipo de respuesta en mi 
libro, podían encontrar en los recuerdos de Matías si no una respuesta al menos una 
serie de pistas. 

—Ahora es demasiado tarde como para ponerse a ocultar algunas cosas — 
Matías se recostó en su silla y crujió los dedos—, pasaron ya tantos años que no 
tiene sentido ocultar qué pasó. Vos me decís de hacerme una entrevista y yo 
acepto. Recordamos la amistad que tuvimos, está todo bien, Freddy, realmente está 
todo bien. Freddy Freeloader, yo te decía así a veces, porque vos rara vez ponías 
para la cerveza y las pizzas, y Emilio no entendía porque no sabía inglés ni había 
escuchado jazz. Cosa de putos, decía. Capaz que tenía razón. A vos te tratamos mal 
en algunos momentos. Emilio y yo. Eso es cierto, quiero que sepas que lo he 
pensado muchas veces, y ahora te lo digo. 



—No importa, Matías, como decís vos, pasaron demasiados años... 

—Y me gusta esa idea que tenés, de escribir la historia de la ciencia ficción 
uruguaya. Está claro que el ambiente cambió mucho. Ya no tiene sentido la pose 
under que teníamos nosotros. En su momento estuvo bien, en el 89, con el primer 
número de Vermilion el país salía de la dictadura; muchos todavía teníamos ganas 
de pelear. La caja fuerte en la que se puso el tema de los desaparecidos, como dijo 
Jorge Batlle años después, la disolución del Frente, todo eso nos dejaba con ganas 
de más, de seguir en la lucha. Emilio se había desencantado de la política, supongo 
que no mentía ahí. Eso seguro te lo contó mil veces, pero yo siempre fui de los que 
pensaron otras estrategias. Guerra psicológica, por ejemplo. Guerra cultural. Por 
eso me entusiasmó tanto el número uno de Vermilion Sands, desde que lo vi en el 
kiosco, con la tapa de Fonti, la novela corta de Emilio, incluso el cuento del viejo 
Morales... Quiero decir, cuando armamos el número dos, cuando vos ya estabas 
adentro, estaba claro que las cosas tenían que cambiar. Con Emilio escribimos dos 
revistas en las que todo aquel impulso combativo empezaba a sonar vacío... Todo 
aquello empezaba a no tener la misma importancia... Es decir, la dictadura se 
terminó cuando vos tenías diez años. Eras un niño; nunca saliste a la calle, nunca 
sufriste lo que fueron aquellos años salvo de rebote o por, no sé, cuentos que te 
hacían, y por lo que recuerdo tus viejos eran de derecha o de centro, así que me 
parece que tenías un campo de fuerza protegiéndote, ¿o me equivoco? 



—Es más o menos así, Matías, pero mi tío por parte de madre estuvo preso un 
tiempo, y se exilió a España. Esas historias llegaban, y mis viejos, si bien eran 
colorados, estaban del lado antigolpista, a su manera pero estaban; la noche en que 
entró el ejército en el Palacio Legislativo mi abuelo iba a movilizarse, mi abuela 
siempre contó que habría salido con una pistola si ella y el hermano no lo paraban. 
Yo no tenía gran idea de la historia, pero sabía de esos momentos, sabía que 
murieron políticos, que a otros los metieron presos hasta el 86. Es cierto que nunca 
salieron a manifestarse, ni mi padre ni mi madre, pero en casa también hicieron 
sonar las cacerolas, y yo ya era lo suficientemente grande como para preguntar qué 
estaba pasando. Ahora, que me haya afectado como a tu generación, eso es otra 
cosa. A mí me llegaron historias, vos y Emilio vivieron todo, y Alfredo, y... 

—Eso. Vos y los que entraron contigo o poco después del número dos ya 
estaban en otra, querían hacer una revista de literatura, eso lo tengo claro; si vos le 
veías algo combativo a Vennilion Sands estoy seguro que se trataba de defender la 
ciencia ficción como una forma de arte que debía tomarse en serio... o capaz que 
ni siquiera eso, capaz que eso vos ya lo tenías incorporado y buscabas, por tu 
camino, otro tipo de revolución. O te chupaba un huevo todo y querías que te 
publicaran, que es lo más sano, me parece. Pero nosotros, en el 89, en el 90, 
también pensábamos en algo político. No te estoy diciendo que acepto ese verso 
del viejo Morales, la ciencia ficción como crítica social, pero es verdad, por otro 



lado, que ahora cambió todo. Ahora vos podés escribir por ahí reseñas sobre 
ciencia ficción y saber que te las van a tomar en serio, ahora todos los académicos 
hablan de Philip Dick o de Ballard... cosas que en el resto del mundo empezaron 
en los setenta o en los ochenta al final llegaron acá, y todo el aparato ideológico de 
Vermilion Sands, de Emilio, del movimiento uruguayo de ciencia ficción y 
fantasía, todo eso se convirtió en un fósil. Había que adaptarse o dejarlo. Yo lo 
dejé. Y Emilio, bueno, Emilio publicó un libro, Emilio empezó a escribir otras 
cosas y terminó siendo conocido, terminó siendo leído y recibiendo atención y 
todo... pero él no cambió. Siempre fue un fanzinero, un adolescente, siempre tenía 
que putear, que cagarse en Batlle, en los cagones del Partido Comunista, en los 
Blancos, en lo que fuese. Y lo entiendo, ¿sabés? Quiero decir, un tipo que arriesgó 
la vida en la lucha armada, que luego viera que se termina la dictadura pero sin una 
izquierda organizada y, todavía, con una victoria de los colorados, otra vez... y con 
los blancos ganando en el 94 y... creo que me estás entendiendo. 

—Claro que te entiendo, Matías, está clarísimo todo eso. 

—Por eso me gusta tu proyecto. Y te voy a contar un par de cosas que en su 
momento no las supiste; obviamente son cosas que no podés poner en un libro... 
en otro momento te habría dicho “si las ponés te rompo todos los huesos”, pero 
obviamente, como te vengo diciendo, el que los tiempos hayan cambiado es tal 
cual. Yo no leí eso que me comentaste, lo que escribió Kowak, pero puede ser que 



tenga razón. En parte, ¿ves? Cierta ciencia ficción uruguaya, que fue la única que 
se movía en aquellos tiempos, sí era eminentemente política; era la que cristalizó 
en Vermilion Sands, una ciencia ficción escrita porque nos gustaba el género pero 
también porque era la única manera que sabíamos cómo manejar para cagamos en 
lo que estaba pasando, en la derecha en el poder, en el tema de los desaparecidos... 
en todo lo que hizo a aquella época, un momento que de alguna manera nos hizo a 
nosotros. Pero eso cambió, o la gente cambió, y ahora los autores nuevos, incluso 
lo que vos escribís, va por otro lado. La ciencia ficción ya no es política; el libro de 
Patricia Fernández, el primero que sacó, digo... Yo no te voy a ocultar lo que 
opino, que vos te podrás imaginar... para mí ese libro es una cagada, y como 
ciencia ficción no pasa de las cosas más chotas que escribieron autores olvidados 
de los años cincuenta, los que rellenaban las revistas entre Alfred Bester, Robert 
Sheckley y los viejos Asimov y Heinlein. Pero también tengo que admitir que fue 
el primer libro autoproclamado “de ciencia ficción”, y todavía de un escritor joven, 
y todavía de una mina, que recibió atención, que se leyó, que se reseñó, que movió 
las cosas. Emilio publicó después, no antes de Manual de instrucciones para un 
cosmos. Eso dice mucho. Y también imagínate cómo pudo caerle... cómo pudo 
caernos algo así. Que una minita de veintipico de años que nunca hizo nada por el 
movimiento, por ningún movimiento, que jamás fotocopió un fanzine, que nunca 
había pedido presupuesto en una imprenta ni vendiendo bonos de pre-venta para 



financiar una revista o, mucho menos, les hizo la prensa, les, no sé, pegó carteles 
por 18 de Julio... una minita que no había leído a Ballard o a Herbert o a Shepard 
o Watson o Gibson, o para mí Benford, Orson Scott Card, Sheffield, una mina que 
no tenía la menor idea de nada, agarra y hace lo que nosotros no pudimos en... 
¿cuánto? ¿Veinte años? 

—Pero vos mismo dijiste Matías que eran otros tiempos. Y a esos tiempos se 
llegó, entre otras cosas, por lo que hicieron ustedes... Quizá sin Vermilion o sin los 
fanzines y los cómics, sin el Movimiento, las cosas hubiesen sido distintas... 

—¿Vas a escribir una ucronía? Lo que hubiese sido de la ciencia ficción 
uruguaya si Emilio Scarone hubiese muerto en la guerrilla o si yo me hubiese 
dedicado de lleno a ser profesor de astronomía, si nadie hubiese sacado Arrakis o 
Remolque... 

—Al menos voy a dejar claro en mi libro que sin Arrakis, Remolque y 
Vermilion, pero también sin la competencia, sin los enemigos, sin Plus, sin Alfa 
Centauri, sin No más futuro, sin todo eso ahora no habría una ciencia ficción 
uruguaya... 

—¿Y la hay? 

—Claro que la hay... si mirás las tres antologías de autores jóvenes que se 
publicaron este año vas a encontrar que, incluyéndome, casi la mitad de los cuentos 
son de ciencia ficción. O de fantasía. Y si mirás los premios más recientes, de los 



últimos años, desde Gandor hasta acá, vas a encontrar que de hecho hay más 
narrativa fantástica, ciencia ficción o fantasía, que realista o... 

—Narrativa fantástica —repitió Matías—, cómo odiaba Emilio cuando alguien 
hablaba de narrativa fantástica, pero está bien, te entiendo. ¿Pero es ciencia ficción 
uruguaya o ciencia ficción escrita en Uruguayl ¿Vale la pena que lo distingas? 
Pensá que los géneros sirven para ordenar librerías y poco más... ya sé, ya sé, por 
decir algo así Emilio me hubiese mandado a Siberia, pero mirá, tomá un dato, 
capaz que ya lo tenés: desde 1973 hasta 1989, o sea a lo largo de la dictadura, la 
única ciencia ficción publicada fue la que salió en los fanzines de Emilio y en Plus, 
o sea... 1987: cien ejemplares de los fanzines, como mucho. Después, en el 89, 
Vermilion Sands número uno, quinientos ejemplares; Próxima Centauri, lo mismo. 
Entre el 89 y el momento en que salió el libro de Patricia Fernández, la única 
novela publicada fue El sueño ele Tesla, en 1998, y el único compilado de cuentos 
No más futuro ; desde el 2003 hasta acá, en cambio, salieron Manual de 
instrucciones para un cosmos, Mundo de dragones, Gandor, al menos cuatro 
revistas gratuitas que incorporaban comic de ciencia ficción, al menos diez comic- 
books de fantasía o ciencia ficción, sea por gente independiente o por la editorial 
de Santoro, y seguro me estoy olvidando de cuentos publicados por ahí o en 
antologías. ¿Es todo una mierda? Claro. Lo que hacíamos nosotros está diez mil 



veces mejor. ¿Y eso importa? No, para nada. Nos importa a nosotros, y así 
estamos. 

—Bueno, es más o menos la misma periodización que manejo. 

—Perfecto. Y ahora te cuento lo que te vengo proponiendo. Va a ser bien 
rápido, después me hacés las preguntas. Primero: la guita de la convención nos la 
patinamos Emilio y yo, capaz que incluso un poco más él. Lo de las cenas con 
posibles invitados nunca pasó; el promotor al que contratamos no se llevó ni dos 
mil pesos; todo pasó a nuestros bolsillos. Emilio pagó deudas y se compró una 
computadora nueva; yo me compré un auto. 

—¿En serio me decís? Pero... 

—Dejame seguir. Sé que para vos es una cagada, sé que te mentimos, justo a 
vos, que era el que más metía para adelante. En Alfredo y los otros nabos me cago, 
pero bueno, vos sí ponías huevo, aunque recién ahora yo te lo diga o recién ahora 
yo me dé cuenta. 

Hizo una pausa. Miré para un costado, me miré las manos. Busqué al mozo 
como para pedir algo. 

—Pero mirá, eso no es todo. Pensalo desde nuestro lado también; yo puse mi 
aguinaldo entero en Vermilion 2. Emilio no pagaba la luz, no pagaba el agua. Tuvo 
que robar de la calle y bancarse las inspecciones cuántas... cinco, seis veces. Más 
que eso. Le cortaban el agua, se hacía el boludo, y a las dos horas la estaba 



conectando de nuevo robándola de la calle. Yo no vivía mal, pero le usaba el auto a 
mis viejos y entre el colegio de la nena y el gimnasio y todos los gastos apenas 
llegábamos a fin de mes. Estaba cantado: vimos la guita y la agarramos. Pero no 
como un robo deliberado; pensábamos que con la guita del ministerio y buenas 
ideas podíamos conseguir diez veces más plata por ahí, para financiar una 
convención más grande, más de verdad. 

—¿Alguien más sabe eso? 

—Kowak sospecha, pero no sabe nada porque es un gil. Los demás ni idea, 
todos creen, como creías vos, que nos estafó el promotor, que se gastó demasiado 
en relaciones públicas, todo eso. Igual estaba claro que algo no iba bien, por algo el 
grupo se disolvió ahí mismo, de un día para el otro. Y si yo lo cagué a puteadas a 
Emilio... 

—Justo eso te iba a decir... después, cuando vos te borraste de las reuniones, 
Kowak me dijo que era por lo de Clara, que Emilio... Y después, cuando Emilio 
quiso sacar Dark City, en el dosmil y... 

—Eso tuvo que ver —me interrumpió—, pero no fue todo. Hubo más cosas 
feas entre los dos; y sé que igual el rumor era que por culpa mía la guita se había 
ido al carajo. Aparte tampoco me interesaba el proyecto. Aunque no lo creas, 
Emilio me llamó, me convocó. Me dijo Matías, tenemos esta posibilidad de sacar 
Dark City, te explico, una revista más política, más aggiornada, que Andrés Valenti 



iba a poner la guita y que con un número o dos iba a ser fácil hacerse con el control 
y convertirla en una nueva Vermilion. Le dije que no, que ya no estaba para esas 
pavadas. Se habrá calentado, supongo, porque esa fue la última vez que 
hablamos... no, perdón, la penúltima. 

—¿Cuándo lo viste por última vez? 

—Unos meses antes que desapareciera. Y es el secreto número dos de Matías 
Andreoli. Acá va: El sueño de Tesla no la escribí yo. La idea era de Emilio, yo lo 
único que hice fue sugerir personajes y algunos acontecimientos. Él la escribió y 
me pidió que la corrigiera, que la reelaborara si me parecía que hacía falta, y que 
después tenía que salir con mi nombre porque algunas de las cosas que se 
contaban, paranoia pura te darás cuenta, no debían ser asociadas con él. Porque la 
logia no sé qué de ex milicos y canas, porque los Illuminati y los reptilianos. Así 
que la retoqué un poco, le añadí un par de episodios, le discutí personajes que no 
me parecían necesarios... ah, y le cambié una secuencia que era muy tipo 
abducción OVNI, que me pareció que se volvía un poco pajera como ciencia 
ficción. Después se publicó. Obviamente yo costee la edición; la mandamos a una 
distribuidora, regalamos ejemplares a casi todo el mundo vinculado a la ciencia 
ficción, a gente de Argentina, de México, de España. Bueno, vos sabés la 
historia... 


Esto cambia muchas cosas... 



—Sí, pero vos no lo vas a mencionar en tu libro. Me entendés. Es cosa de 
códigos. Yo lo negaría todo, además. Es lo que nos enseñó Archivos X. Se podrá 
parecer a una de aquellas imposiciones del movimiento pero yo estoy seguro de 
que vos entendés que acá sí hay razones. Aunque no las compartamos, ni vos ni yo, 
por respeto a Emilio. En eso sé que vas a estar de acuerdo. O supongo que vas a 
estar de acuerdo. 

Fingí pensarlo un segundo y le tendí la mano. 

—Su secreto, señor Andreoli, morirá conmigo. 

—Más te vale. 

—Pará. Ahora contame de esa última vez que viste a Emilio. ¿Qué tiene que 
ver con El sueño de Tesla, si la novela ya llevaba unos cuantos años de publicada? 

—Tiene todo que ver. Emilio vino a decirme que había leído un libro, 
publicado en el 94, o sea antes de El sueño de Tesla, que tenía exactamente las 
mismas ideas, pero no a nivel de argumento sino conceptualmente. No sé qué 
querrá decir eso. Y parece que todo lo que había leído le hacía entender que el 
autor había pasado por experiencias como las que, dijo Emilio, le habían hecho de 
inspiración a él. Yo nunca creí en esas historias, lo sabés, para mí los OVNIs, la 
parapsicología... todo eso es algo que, la verdad, yo detesto y siempre destesté. 
Aparte esas historias, a vos te las habrá contado mil veces, tienen en el fondo 



una... bueno, ahora me arrepiento, claro, pero ¿cómo podía saber que después se 
iba a ir del país o matarse o lo que fuese?... O sea, no le di ni un átomo de bola. 

—¿Y qué libro es? 

—El principio antro pico, de Gustave Mayhen. Ah, mira, Mayhen, qué loco, 
¿no? ponele que le dije, sí, he leído alguna cosa. ¿Escocés, no? No me llama la 
atención... algo así. Y él me mandó a cagar. Listo. Ese es el cuento de la última 
vez que vi a Emilio Scarone. 

Nunca hubiese imaginado que Emilio era lector de Gustave Mayhen, un autor 
bastante esquivo que, según se decía, vivía en un pueblito de Mallorca cerca de 
Pollería. Yo no había leído El principio antrópico al momento de hablar con 
Matías (sí otras de sus novelas, como Daphne 1980 y Las Meninas ), pero lo 
busqué de inmediato y devoré en los días siguientes. Emilio tenía razón: una de las 
cuatro partes de la enorme novela era una variación de El sueño de Tesla con la 
ciencia ficción bastante minimizada; de hecho, la potencia estilística y la claridad 
de conceptos de Mayhen convertían a El sueño en una mala imitación. 

—¿Pero te dijo algo más? 

—Sí, que tenía que encontrarse con Mayhen, contactarlo, hablar con él. Ahí 
tenés una pista, la única que yo te puedo dar. 



—Pero eso en el fondo no es nada nuevo, se sabe que Emilio se fue a España. 
A Karenina le mandó una carta desde Barcelona; de ahí pudo viajar a Mallorca 
para buscar a Mayhen... 

—¿Y después qué? 

—Nada, porque Mayhen murió hace dos años, se supone que está por salir la 
última novela que escribió. No hay salida ahí, pero al menos... 

—¿Al menos...? 

—Nada. Una idea, nomás —dije—, ficción. 

—Ahí tenés —dijo Matías—, la ucronía sobre la ciencia ficción uruguaya se te 
convirtió en un policial... o sea, el gran enigma... ¿dónde está Emilio Scarone? 

Me reí. 

—Ah, porque... ¿no era eso desde un principio? 


Del resto de la entrevista con Matías saqué pocos datos más; de hecho, su 
confesión sobre El sueño de Tesla (contarlo aquí, lo sé, implica romper ese 
juramento, pero siempre podremos decir que esto es una novela y que justo ese 


detalle integra el conjunto de Todas Las Cosas Que Inventé) y el dinero de la 



convención era totalmente inutilizable; de todas formas, si bien cuando armé las 


bibliografías de todos los escritores incluidos El sueño de Tesla figuró bajo el 
nombre de Matías Andreoli, en la sección dedicada a Emilio sugerí que, del mismo 
modo que Lovecraft instaba a los miembros de su círculo a desarrollar ideas 
pensadas por él, se había producido cierta “conexión Andreoli-Scarone” a la hora 
de concebir la novela. Y Matías no protestó. Ni me rompió un solo hueso. 

Nunca dejé de pensar, sin embargo, que el enunciado “Emilio Scarone es el 
verdadero autor de El sueño de TeslcT encierra un significado gigantesco. O, dicho 
de otro modo, que puede pensarse como una clave. Cuando se lo conté a Alfredo, 
aquella tarde en que hablamos de pornografía y ciencia ficción, con mi libro casi 
todo el tiempo en sus manos, fingió una risita y dijo que él ya se lo había 
imaginado. 

—Fíjate que había escenas, muchas escenas, que se parecían a las cosas que 
contaba Scarone de sus años en la guerrilla, ¿te acordás? 

—Mirá vos... yo no sabía que a vos también te lo había contado... 

—¿Y qué pensás, que se iba a callar justo eso? 

—Sí, bueno, pero Emilio se lo había contado a Matías, ¿no? Eso fue lo que me 
dijo a mí... lo sabés vos, lo sabe Matías... 

...Y vos sos el único que sabe de esto, vos y Matías, además de los que 


estuvimos ahí... 



—Vos, Matías, yo, Marcos, las mellizas... 

—Igual no había razón para no aprovecharlas, sobre todo teniendo en cuenta 
que la interpretación que le daba Emilio a lo que contaba siempre iba por el lado de 
la novela, del concepto fundamental de la novela, ¿no? 

—¡Es lo que yo te digo! —rió. 

Después Alfredo ojeó más de mi libro, en silencio. Estaba empezando a 
oscurecer y llevábamos vaciadas tres cervezas. Tenía un poco de hambre, así que 
me levanté y caminé hacia el mostrador donde estaban los snacks. Agarré una 
bolsa de galletitas sabor a jamón crudo, aceite de oliva y tomate, pagué —la chica 
seguía en el Msn, y ahora pude ver claramente su dirección, que traté de retener en 
la memoria— y, a mi regreso, lo encontré a Alfredo limpiándose los anteojos. El 
libro estaba cerrado. 

—Hace un rato me preguntaste qué llegué a averiguar sobre Emilio —le dije— 
, pero, ¿algo te hace pensar que había, que hay cosas para averiguar? 

—Hablaste con Andrés, hablaste con Clara, hablaste con Alia, con la madre de 
Alia, con Karenina, hablaste con Matías, conmigo... hablaste con el viejo Morales, 
con todos los que podíamos tener las piezas del rompecabezas, ¿entendés? 

—Bueno, Alfredo, pero vos asumís que hay un rompecabezas, ¿no? Por qué no 
pensar que se fue, que cortó todo vínculo con nosotros, que sencillamente... —me 


detuve. 



Alfredo levantó las cejas y llenó su vaso de cerveza. 

—Está bien. Yo tampoco me lo creo —dije. 

—Porque hay algo que nos hace creer que no puede ser tan simple... para 
empezar, nunca, nunca habría cortado del todo el nexo, ni con sus hijas ni con 
nosotros. Lo único que puede haber pasado es que se haya muerto... eso es lo que 
yo pienso, que lo mataron o se murió, o... no sé, se pudo haber suicidado. Pero yo 
no sé todo lo que vos sabés, yo no le he preguntado nada a nadie, y vos sí... Es 
como un laberinto, ¿entendés? Por acá llegás a este otro lado, abrís una puerta, 
girás a la izquierda y volvés al punto de partida o a otro lugar que parece el punto 
de partida, pero nunca podés saber si es o no es, nunca podés saber realmente 
dónde estás... por eso ahora sí, te pregunto a vos, otra vez, ¿qué sabés de Scarone? 

—Mirá, yo hablé con toda la gente que vos dijiste y también con los amigos 
más cercanos, Julio Márquez, Martín Echeverría, hablé con Viviana, no hablé con 
Pablo Arismendi porque no quiso saber nada con el proyecto ni mucho menos con 
ponerse a recordar a Emilio, hablé con Karenina, hasta hablé con Daniel Fonti en 
Barcelona y sí, claro, le pregunté a todos si sabían dónde estaba, si no estaban 
ocultando algo importante, si él mismo no les había pedido que guardaran algún 
secreto ... les pregunte si era verdad que estaba en España, si en algún momento 
les había confiado algo, algún plan, algo diferente a lo que decía todo el tiempo... 
y lo único claro es que en algún momento estuvo en Barcelona. Lo que me dijo 



Matías, o sea, que hay alguna conexión posible con un escritor, Gustave 
Mayhem... no sé si lo leiste. 

—No, ni idea. 

—Bueno, esa es la única pista. Emilio quería contactarlo y capaz que lo logró; 
más allá de eso, nada. Daniel Fonti vive en Barcelona, pero dice que nunca recibió 
a Emilio. No sé, seguro está mintiendo. Julio dice que Emilio le confesó que había 
intentado suicidarse y me contó algunos detalles, pero tampoco lo creo; es muy, 
muy Philip K. Dick, pastillas, vino caro, una nota, todo como lo cuenta Dick en 
Una mirada a la oscuridad. Pero por otro lado me consta que los últimos meses, 
cuando salió en la tele, ¿te acordás?, Emilio sufrió de una depresión bastante 
jodida. La madre de Andrés le conseguía la medicación... 

Nos quedamos un rato en silencio, comiendo las galletitas. 

—¿Sólo eso? ¿En serio? —me preguntó de repente. 

—Y sí, sólo eso. Lo que vos y yo supimos siempre, lo que Emilio siempre 
repitió, que antes que morirse de cáncer como su padre prefería que lo cagaran a 
tiros en un frente de guerra de cualquier parte del mundo. Debe ser la mejor 
opción, a la hora de ponerse a creer en algo. 

Alfredo suspiró. 

Me entristecí. Había llegado a despreciar a Emilio, a tomarle el pelo, 
parodiarlo, imitarlo con malicia, con menos malicia, con un poquito de malicia, a 



asentir cuando todo el mundo lo tachaba de demente, de enfermo mental, de 


resentido social, de lo que fuese. Había llegado a creer en todos esos juicios yo 
también, de un modo resignado, dolido e intermitente, pero a la vez nunca dejé de 
visitarlo cuando me llamaba para hacer las paces, nunca dejé de regalarle mis 
libros sabiendo que no iba a leerlos o que nunca podrían gustarle, de discutir 
durante horas sus complicados argumentos, sus paranoias, sus teorías conspirativas 
y esotéricas, sus visiones del futuro de la humanidad incluyendo mejoras genéticas, 
razas de superhumanos, resurgimiento de la antigua Unión Soviética, ruina y 
decadencia en términos culturales y evolutivos de los países del primer mundo y 
toda su continua, delirante y monótona maquinita de ideas apenas esbozadas y 
luego dejadas de lado, inclusive —de hecho estuve en su casa exactamente al día 
siguiente de la famosa entrevista con Hugo Silvermann— cuando lo desbordó el 
misticismo y pareció perderse dentro del personaje-mesías que venía recortándose 
de todas sus ficciones, de todos sus dictadores futuros, señores de la guerra, 
traficantes de armas, emperadores y generales, convertido él, finalmente, en la 
encamación completa de todo lo que había venido imaginando y escribiendo a lo 
largo de tres décadas o más, perdiéndose para siempre mucho antes de perderse de 
verdad. ¿Y por qué? Porque había algo en Emilio que lo volvía inevitable, que 
parecía llenarnos (uso el plural porque entiendo que los que lo rodeamos de verdad 
sentimos todos lo mismo, Alfredo, Andrés, quien fuese) de un sentimiento que era 



tanto lástima por él como por el mundo, por la posibilidad de que hubiera en el 
mundo gente como él (o como nosotros, que sentíamos ese apego por Emilio), por 
el fracaso evidente, por entender que siempre se fracasa, pero también admiración 
por sus fuerzas, por su ímpetu, por jamás rendirse; un sentimiento que nos 
conducía bajo la noche de la penillanura a entenderlo como una figura de 
referencia, una suerte de demostración final de gigantescas proposiciones sobre la 
vida, el arte y el pensamiento, sobre el dolor y la felicidad, sobre la ética, ideas en 
las que todos queríamos creer, las viésemos o no con claridad, en las que todos 
necesitábamos creer. Aunque hubiésemos tratado de hacer todo lo contrario, 
aunque supiésemos que su camino no llevaba a ninguna parte, la presencia de 
Emilio Scarone dio sentido a nuestros esfuerzos. 

Hasta que desapareció. 

Hasta que se hizo el vacío de repente en nuestra estructura de pensamiento 
destinada a comprenderlo y comprendernos, como un vórtice abierto de un instante 
a otro y capaz de atraer para sí, como un agujero negro, todo lo que veníamos 
construyendo. Pero también cabe pensar que no podía ser otro el final, que de 
hecho era el único compatible con la proclama mil veces repetida sobre su 
voluntad de morir como corresponsal de guerra o en último caso solo, abandonado, 
escribiendo lo que veía para sí o para la mínima posteridad tramada en última 
instancia por Alfredo, Andrés y yo recibiendo (pero todavía estamos a tiempo) un 



mensaje al estilo de “Emilio Scarone ha muerto, por favor firme aquí para recibir 
los escritos que dejó a su nombre”; y aquí voy a decir que ese es el verdadero final, 
que en mí, y supongo que en otros también, existe y existirá siempre esa fe 
mínima: que algún día leeremos más de Emilio y sabremos qué le pasó todos estos 
años de silencio. 



6 


Yo lo intenté. Tenía el pretexto de Cual retazo del espacio pero en el fondo 
buscaba otra cosa, ese último indicio, esa última pista, esa primera pista, esa 
convicción de que había algo que investigar, un laberinto, como había dicho 
Alfredo, un enigma. Intenté acercarme a Ana María y a su hermana Ana Laura; 
después de todo, ambas habían colaborado con los números dos y tres de Vermilion 
Sands e incluso un cuento de Ana María había aparecido en el segundo, así como 
también reseñas escritas por ambas (en las que se adivinaba con luminosa claridad 
el estilo de Emilio), justificándose, si se quiere, su inclusión a mi libro. No fue fácil 
ubicarlas, pero al final, cuando logré hacer el contacto, se negaron a evocar 
aquellos tiempos, las dos por separado, con los mismos argumentos. No valía la 
pena revivirlo, dijeron. Lo lamenté mucho; enigmas aparte, una biografía de 
Emilio (no la brevísima que incluí al libro, sino la que podría haber escrito, quizá 
la que todavía debo escribir) no podía pasar por alto la relación de pareja formal 
que mantuvo durante el resurgimiento de Vermilion Sands. Algo logré sacar en 
limpio preguntándole a Clara; sin embargo me quedó claro que todavía guardaba 
rencor o, en todo caso, que las viejas formas de su resentimiento ya se habían 
petrificado, y además de resultar inamovibles habían servido de apoyo o sustrato a 
tantos sentimientos, opiniones y vivencias futuras. Supe entonces que la relación 



con Ana María duró más o menos un año y medio, durante el cual Emilio no dejó 
de convivir y cogerse a Clara. Según Emilio el final había sobrevenido cuando Ana 
María entendió que él no dejaría de convivir con su ex esposa y madre de sus dos 
hijas menores, pero Clara me contó que Emilio se había cogido también a Ana 
Laura y que fue en realidad la confesión de esta la que precipitó a su hermana a 
abandonarlo, sin vuelta atrás posible. Recuerdo que Emilio, por mucho tiempo, no 
se resignó al fin de esa relación y se aparecía por la casa de los padres de las 
hermanas tratando de robarle un instante a Ana María, quizá con la intención de 
explicarle, de negarlo todo, de intentar un nuevo comienzo. Un día me pidió que lo 
acompañara; nos bajamos del ómnibus y caminamos hacia el corazón de Punta 
Gorda. Me señaló una casa enorme, un poco oscura, rodeada por árboles. No sabés 
todas las veces que soñé, dijo, que en el fondo de la casa había una criatura del 
bosque, un elemental, que se cogía a Ana María y a Ana Laura todas las noches de 
luna llena. Le pregunté qué pensaba hacer. Nada, respondió, quiero mirar la casa, 
nomás, y así nos quedamos, en silencio, parados en la esquina mientras se espesaba 


la noche. 



Y ahora es mi turno para la confesión. 

Este es un secreto que he guardado desde los viejos días de Vermilion Sands\ 
carece de importancia, incluso para Emilio, supongo, no significaría nada ahora, 
pero entiendo que es el momento de contarlo y que si tiene algún sentido el 
proyecto de este libro puedo añadir a esos tenues objetivos de mi narración llevar 
estos hechos a las palabras, quitándoles la poca vida que les queda. Un sábado de 
noviembre del 94 llamé a la puerta de Emilio sin haberle avisado que iba a 
visitarlo; no estaba. Clara me recibió. 

—Pasá, pasá. Emilio se fue con las nenas y viene recién a las cinco, más o 
menos. ¡Pero podés quedarte a conversar conmigo, Chalchal, ¿o no?! 

Chalchal era el apodo que Clara me había puesto después de preguntarme 
como se pronunciaba correctamente mi “apellido” —porque creo que nunca supo 
que era un pseudónimo—; Ssshhtalll, le dije, exagerando. ¿Cómo? ¿Chal? 
¿Chalchal?, rió, y a partir de ese momento no habría manera de apartarla de un 
chiste que sólo a ella hacía gracia. Esa tarde me propuso ver una de las películas de 
Emilio; eligió Corazón satánico , y después de tirarse en la cama grande que había 
en el estudio, rodeada por los libros de Emilio, me invitó a acomodarme a su lado. 
Bastaron esos golpes de su palma sobre el colchón para que yo entendiera lo que 
iba a pasar; sin embargo, ante mi inexperiencia, los nervios de la situación y la 
inmensa lista de proezas sexuales de las que Emilio solía alardear (después de las 



cinematográficas y las literarias sus lecciones hacia mí, su primer y único 
discípulo, fueron cómo inutilizar a un adversario en una pelea — te explico: lo 
agarras de la nuca cuando menos se lo esperé y le pegás en la nariz; las lágrimas 
lo van a cegar, vas a ver, y ahí le pegás una piña en el estómago y se dobla, 
porque no va a poder respirar, entonces patada en los huevos, piña en la 
mandíbula que le hace perder el equilibrio para que lo cagues a patadas — y 
como demorar el orgasmo en una sesión de sexo especialmente prolongada — es 
algo con lo que se nace, pero también lo podés practicar y mejorar; una vez una 
mina me dijo que seguía haciéndolo cuando fuera viejo seguro iba a tener cáncer 
de próstata, pero me chupa un huevo), en ese momento me sentí bastante inseguro. 
Clara debió darse cuenta, porque lo primero que hizo, después de besarnos y 
manosearnos un buen rato, fue contarme que todas las historias de Emilio eran 
mentira, que últimamente tenía importantes problemas de erección y que no se 
aguantaba ni una décima parte de lo que decía. Yo siempre sospechaba, 
naturalmente, de todas esas historias en plan cuando venía para acá me encontré 
con dos pichis que me quisieron robar en una esquina, así que acosté a uno de una 
piña y estrellé la cabeza del otro contra la pared; creo que se murió, pero, por mi 
inexperiencia, no cuestionaba de la misma manera sus relatos sexuales. De hecho, 
es posible que el primer antecedente de Alfredo Kowak en la historia de la ciencia 
ficción porno uruguaya haya sido Emilio Scarone, no sólo por sus relatos (me daba 



un poco de vergüenza mostrar la Vermilion Sands a mis padres, ya que si leían el 
cuento de Emilio iban a toparse con varias escenas de sexo), sino por la recurrencia 
continua a narrarnos (y quizá en esas ocasiones sí era capaz de contar una historia 
sin perderse en los detalles) sus aventuras con mujeres conocidas y seducidas en el 
ómnibus, en la calle, en alguna disco y en las casas de sus clientes como técnico en 
PC, amén de una larga memoria de proezas dignas de las Crónicas del Planeta del 
Porno, en lugares tan exóticos como la Fortaleza del Cerro y la plaza de los Caídos 
en la Guerra Civil. Clara me bajó los pantalones y los bóxers y empezó a chuparme 
la pija; empecé a sentir que no iba a poder aguantarme ni un segundo más. En ese 
momento tampoco parecieron utilizables los consejos de Emilio sobre serenarse y 
pensar en cualquier otra cosa; una vez, hablando del mismo tema entre todos los 
del movimiento, me hizo mucha gracia que Alfredo contara que su técnica 
particular, como buen metalero de la vieja escuela, consistía en repasar uno por 
uno los títulos de los álbumes de Black Sabbath: Black Sabbath, Paranoid, Master 
of reality, a modo de letanía. Intenté traducirlo a términos más personales. Led 
Zeppelin Uno : “Good times bad times”, “Babe I’m gonna leave you”, “You shook 
me”, “Dazed and confused”, “Your time is gonna come”, me repetía, pero poco a 
poco la idea de Led Zeppelin tocando en vivo, con todas las groupies sudorosas 
agitando las tetas o cogiendo en el backstage me precipitó una vez más hacia la 
cabeza de Clara con mi pija en su boca. Estaba a punto de explotar (tampoco 



funcionó recordar las canciones del Sticky Fingers de los Stones; seguramente 
estaba eligiendo mal los álbumes y las bandas) cuando Clara pareció darse cuenta y 
dejó lo que estaba haciendo para ponerse de pie y sacarse la remera. Llegado el 
turno a las bermudas de jean que tenía puestas se dio vuelta y me miró por encima 
del hombro con una sonrisa, bajándose despacio la prenda para mostrarme el 
célebre culo tan alabado por Emilio. 

—¿Y? —me preguntó deshaciéndose de las bermudas con los pies— ¿es o no 
es el mejor culo de Montevideo? 

Por supuesto que asentí, pero recuerdo que no pude evitar cierta desilusión 
prousteana: el culo de Clara era enorme y redondo, pero estaba —como era 
predecible, después de todo— bastante flojo y caído. 

—¿Forros no tenés, no? —me preguntó. Le dije que no; sonamos, pensé, acá se 
terminó todo. —Bueno, esperame un segundo, voy a ver si encuentro por ahí — 
abrió un cajón y empezó a revisar pantalones doblados. 

—Emilio se piensa que no le reviso los bolsillos —dijo con cara de triunfo, 
sosteniendo entre el dedo índice y el medio lo que estaba buscando. Lo abrió y se 
acercó para ponérmelo. El contacto de sus manos y lo que sabía que venía a 
continuación, pensé, me va a hacer acabar en ese mismo momento. Iba a ponerme 
a repasar la discografía de los Beatles o el orden de los cuentos en La máquina 
presentadora, de Philip Dick, cuando, sorprendido, constaté que la inminencia de 



mi orgasmo parecía haber retrocedido. Clara desplegó el preservativo hacia abajo y 
después se sacó la bombacha. Me agarró la pija y se la metió. Dejame hacer el 
trabajo a mí, dijo. Acabé medio minuto después, pero seguía bastante erecto, así 
que Clara procedió a retomar la chupada. Se me ocurrió que sería una buena idea 
hacerle lo mismo. Le pedí que se acostara. Nunca en mi vida había chupado una 
concha pero, una vez más, todas las pornos que había visto tenían que servir para 
algo. Supongo que podría pensarse (un argumento para Alfredo) en una especie de 
Quijote del cine triple X, que pretende extender sobre la aridez de La Mancha todo 
lo que ha visto en tantas películas. Llevémoslo a la ciencia ficción: de tanto ver 
películas porno sobre hombres con mujeres de especies alienígenas, el pobre Al- 
Honso Quijanox se lamenta en su planeta solitario de sólo poder coger con 
humanas y sale en su pobre nave espacial averiada a confundir hijas de vecino con 
nativas de Bellatrix o Betelgeuse, cuyas costumbres y particularidades anatómicas 
recuerda a la perfección de tantas enciclopedias galácticas y manuales de sexo 
cósmico. La concha de Clara, me pareció, tenía gusto al látex del preservativo; 
aplasté la lengua para rozarla lo más posible mientras movía la mandíbula 
haciendo un ruidito de cloqueo que, me pareció, la hizo reír. Al rato estaba encima 
de ella, sin preservativo, repasando los personajes principales de Dune, el orden de 
las Fundaciones de Asimov en la saga completa ( Preludio, Hacia, Fundación, 
Imperio, Segunda, Límites, Tierra, a lo que agregué Bóvedas, Sol, Amanecer, 



Imperio, Arena, Corrientes, Guijarro ) y los temas en el recién salido Mellon Collie 
de los Smashing Pumpkins. 

Eran las cinco menos veinte cuando recordamos que Emilio estaba por llegar. 
Nos duchamos (la puerta de calle estaba trancada con pasador, así que ante una 
emergencia siempre podíamos inventar cualquier cosa: nada, de todas formas, 
que me tranquilizara demasiado) y luego Clara se llevó al fondo las sábanas, para 
ponerlas a lavar. La ayudé a reemplazarlas. 

—¿Y no sospechará? 

—No, Emilio no registra estas cosas, aparte ya había que cambiarlas. 

—¿Y no pensará nada raro de verme acá? —insistí. 

—¿Te parece? Mirá, Chalchal, Emilio nunca en la vida te va a ver como alguna 
forma de amenaza o competencia; esa seguridad que tiene de sí mismo, te juro, es 
una de las cosas que más me rompen las bolas. 

No dije nada, y de pronto cobré conciencia de que había cogido con Clara, la 
mujer de uno de mis mejores amigos, y que, sin tener en cuenta toda la parafernalia 
cuasimilitar de la “hermandad” y el “movimiento”, aquello podía, debía ser 
entendido (no importaba que Clara fuese en realidad su ex esposa, no importaba 
que Emilio saliera con Ana María y que, o al menos eso vivía contándonos, se 
cogiera todo lo que se movía), como una traición. Pero se sintió bien; no pude 
evitar esa vanidad adolescente de enorgullecerme por haber hecho gritar a una 



mujer con mucha más experiencia sexual que yo (bueno, tampoco pensé que ella 


podía estar fingiéndolo), por sus elogios, por tantas veces que, después del último 
orgasmo, me repitiera que le gusté desde el primer día que entré a su casa, que le 
encantaba mi timidez, mi seriedad, mis conocimientos de literatura. Cuando llegó 
Emilio, a eso de las cinco y media, nos encontró mirando Corazón satánico. 

—Ah —dijo— ¿ya pasó la escena de Robert deNiro con el huevo duro? 


El affaire con Clara se prolongó unos cuatro meses. Pasada la excitación de los 
primeros encuentros la idea de la traición empezó a desbordar y después de cada 
sesión con Clara la culpa me llevaba a decidir que debía ser la última vez. Pero 
estaba claro que jamás tendría la fuerza de voluntad de decírselo. Eventualmente 
conocí a una chica en una fiesta y empecé a salir con ella; esa nueva circunstancia, 
sumada a que la relación de Emilio con Ana María estaba deteriorándose a toda 
velocidad, lo cual lo llevaba matemáticamente a acercarse más a Clara, me 
permitió encontrar pretextos y reunir las fuerzas necesarias. No se lo tomó mal. 
Hasta pareció aliviada: y bueno, Chalchal, qué le vamos a hacer. 

—Igual nunca se sabe qué puede pasar en el futuro, ¿no?. 



Ella se rió y asintió. Después todo el trabajo de la convención y el posterior 
fiasco, que me alejó de Emilio y de los pocos sobrevivientes del Movimiento, 
lograron que no volviera a verla sino hasta el 2002, cuando nos reunimos en casa 
de Emilio para planear la revista Dark City. Estaba presente todo el movimiento, 
con la excepción de Marcos, Matías y algunos dibujantes. Marcos se había 
excusado alegando que tenía demasiado trabajo como para asistir a reuniones 
semanales y comprometerse a entregar material con plazos regulares, pero que 
siempre podían contar con sus cuentos ultracortos (ah, claro, eso nos salva la vida, 
¡gracias, Marcos!, fue la respuesta de Emilio). La ausencia de Matías era quizá más 
comprensible ya que, como creíamos entonces, todo el asunto de la convención 
había terminado por alejarlo. Sin embargo, esa noche me enteré de que en realidad 
la enemistad de Matías y Emilio comenzó con el descubrimiento de que Matías 
había estado cogiendo con Clara desde 1994. 

—Clarita se fue comiendo a todo el movimiento, uno por uno —me contó 
Alfredo—... A mí me tiró los galgos pero me hice el boludo. ¿Nunca te cargó a 
vos? Bueno, qué se yo... eras muy pendejo para ella, obvio. 


Clara y Emilio tuvieron otra hija en Noviembre de 2001 y su relación duró 


hasta 2004; ella terminó denunciándolo por malos tratos y violencia doméstica, 



cosa que nunca llegó a probarse. En los últimos tiempos, después de aparecido su 
libro y de comenzada su “fama” postrera, Emilio viviría con Karenina, la mayor de 
las tres hijas que había tenido con Clara. A principios del 2005 tuve una breve 
conversación con ella, mientras terminaba el primer borrador de mi libro. Nos 
vimos en la casa de su madre, en otro rincón remoto de Montevideo 

—Me acuerdo de vos porque mamá te decía Chalchal y yo no entendía por qué 
—me dijo, muy seria. 

—Ah, eso es un secreto —dije, haciéndome el misterioso. A Karenina no 
pareció hacerle gracia. Después se soltó a hablar de su padre con devoción. 

—Es que Emilio era un genio —añadí. 

—Lo es —respondió, y se fue sin decir nada a su cuarto. Miré a Clara, que 
había estado presente durante toda la charla, y casi de inmediato regresó Karenina 
con un papel. 

—Tomá —me dijo— es la última carta que me escribió mi padre; no te la 
estoy regalando, me la tenés que devolver, pero podés fotocopiarla si querés. A lo 
mejor te sirve para algo; a mí me sirve para saber que papá está bien y que pronto 
voy a saber de él. 

La carta estaba fechada el 20 de Agosto de 2007, un año después de la partida 
de Emilio. Le pregunté si conservaba el sobre, para determinar desde dónde había 
sido enviada. No, dijo, pero estoy seguro de que estaba mintiendo. Dos días 



después (y tantas relecturas) le pedí que me permitiera reproducir parte de esa carta 
en mi libro, pero también se negó. Se la devolví y conservé una copia: hasta la 
fecha, sigue siendo la última transmisión de Emilio desde el planeta de los 
monstruos. 



7 


Y si hubiera un laberinto este sería el centro: estoy caminando con Emilio por 
la playa del cerro; es un día de noviembre de 1995, el tercer número de Vermilion 
Sands ha salido a la calle y estamos empezando a reunir el material para el cuarto. 
No sabemos que al mes siguiente alguien nos sugerirá presentar un proyecto a una 
iniciativa del Ministerio de Educación y Cultura pensada para financiar eventos 
relacionados con la difusión de los artistas locales; por el momento todos nos 
conformamos con poner nuestro dinero cuando hace falta, tratar de vender la 
revista y financiar al menos un número más; no hay mayores expectativas, más allá 
de las de siempre, ser descubiertos por algún editor norteamericano, ser traducido, 
publicar una novela, una colección de cuentos, sacar la cabeza de la laguna y mirar 
hacia el borde del pantano y el comienzo del área de los basurales, hacia la 
desolación postcyberpunk. Emilio está preocupado porque presiente el final de su 
relación con Ana María, que llegará en enero; estamos caminando, hablando de 
autores descubiertos hace poco (Lucius Shepard, Kim Stanley Robinson), música 
(Emilio ha estado tratando de explicarme por qué es indudable que Zooropa, de 
U2, está profundamente influido por Neuromante ), mujeres (me explica por 
centésima vez que le gustan las mujeres de culo triste y mirada grande, y en cierto 



tramo del camino encontramos dos ejemplos tremendos de lo primero, a las que 
intento acercarme pero fallo en convencer a Emilio de una estrategia a dúo) y, ya 
emprendiendo el regreso, de sus experiencias en la guerrilla. 

—Esto no se lo conté a nadie, sólo a vos y a Matías; lo sabemos solamente 
nosotros y los que estuvieron conmigo, Martín y el negro Julio. Fue cuando los 
milicos cometieron el error más grande de la dictadura, aquella pelotudez de mover 
las tropas en la frontera con Argentina después de las declaraciones de Galtieri, 
cuando ya habían invadido las Malvinas. No sé si te habrán enseñado esto en 
Historia, pero lo que pasó fue que el gobernador británico de las islas terminó en 
Montevideo, bastante herido, y pidió que se le otorgara asilo. Los milicos 
aprovecharon la oportunidad para mejorar las relaciones con Inglaterra y, además, 
para demostrar una vez más que eran una manga de pelotudos, porque pensaban 
que podían beneficiarse de alguna manera, al menos por aquel asunto de las aguas 
territoriales, si tomaban partido en contra de Argentina. También está el tema del 
Segundo Plan Condor, que, dicen, apareció después de que los gringos hijosdeputa 
investigaran un poco sobre qué estaba pasando acá en Uruguay, con tantos años de 
guerra civil y guerra de guerrillas. Pero sobre eso, también, se ha dicho mucha 
pavada; lo que pasó fue que Galtieri rompió todas las relaciones diplomáticas, y 
mientras empezaba la contraofensiva inglesa movió algunas tropas de su lado del 
Río Uruguay, entre Rio Negro y Paysandú. Eso nos vino bárbaro, porque los 



milicos mandaron también tropas uruguayas a nuestro lado de la frontera, en plan 
quién te creés que sos porteño puto, y hubo alguna escaramuza que otra, nada serio 
en realidad, aunque en Montevideo ya se estaba diciendo que había empezado la 
guerra con Argentina. Te explico, nosotros aprovechamos para movilizarnos por el 
centro del País, que era la región más despoblada después de casi diez años de 
guerrilla constante; Tacuarembó era un desierto, casi toda la gente había 
abandonado los pueblos y la capital y se habían refugiado en Montevideo, en la 
costa de Rocha y Maldonado o en el litoral norte. Fue un proceso largo, como te 
dije, casi diez años, pero para el 82 pensamos que podíamos aprovechar la mala 
jugada de la dictadura y recrudecer la guerra civil. De todo esto en Montevideo se 
sabía poco y nada, sólo lo que nosotros transmitíamos o las cosas que escapaban el 
cerco de información que habían levantado los milicos, una especie de muro que 
rodeaba todos los departamentos de la costa y el litoral. Esto que te voy a contar 
habrá pasado por mayo o principios de junio. Yo estaba militando hacía ya tiempo 
en la UJC, en el brazo armado, como decíamos; teníamos a dos Spetsnaz que 
habían venido clandestinamente, habían cruzado la frontera en Rivera; me acuerdo 
del más veterano, un ropero era, enorme el tipo, medía fácil dos metros y pico y le 
decíamos Kostya porque se llamaba Konstantin, y se reía cada vez que yo le decía 
Kostya, y tú me dices Kostya, tovarishch Emilio, que apenas eres un ratón si te 
paras de puntillas. Kostya y Rodion nos entrenaron en combate cuerpo a cuerpo, 



combate con cuchillo, en técnicas de asedio, sigilo y emboscada; me acuerdo que 
Kostya me enseñó a tomar vodka de verdad, un vodka purísimo que habían traído 
de la URSS y que llevaban siempre en unas petacas de plata con una estrella roja, 
como los MiGs, y la hoz y el martillo en repujado; \na zdoroviel, decíamos, y nos 
bajábamos los vasos del vodka que habían traído, el vodka más puro de Rusia, lo 
tomabas como agua y después te hacía mierda. Tú presumes de buen beber, 
tovarishch Emilio, pero yo te reto a conservar más que yo el alcohol, mira , decía, 
y bajaba un vaso de vodka, y después yo otro, na zdorovie, por Lenin, por Marx, 
por Engels, por Stalin, por Brezhnev, y después otro vaso, y cantábamos la 
Internacional, y después de cinco o seis vasos me decía tovarishch Emilio, ¿cómo 
se siente usted? Perfecto, Kostya, como nuevo, y me decía ¿a ver?, párese y 
camine hacia adelante, y yo me levantaba y ¡tuc! derecho al piso. Nos cagábamos 
de la risa con Kostya y Rodion, aunque Rodion era más serio. Leía ciencia ficción 
y hablaba siempre de los Strugatsky, de Vladimir Savcenko, de Iván Efremov, 
Gurevic, Saparin y otros más que nunca pude conseguir, aunque estaba aquel 
librito de Bergier, Lo mejor de la ciencia ficción rusa, que tenía bastante material. 
Este día que te quiero contar habíamos salido creo que ocho compañeros, no me 
acuerdo de todos los nombres, pero estaban Kostya, el negro Julio, Martín y yo; te 
explico, resulta que por todo Tacuarembó, especialmente en los alrededores de 
Valle Edén, había una serie de refugios subterráneos que habían derivado de las 



viejas Tatuceras de los Tupa, de antes de la dictadura, sólo que nosotros las 
habíamos mejorado mucho. Las Tatuceras 2.0, eran, pero con las ofensivas del 78 
hubo que abandonar casi todas. Igual para cuando yo entré a la guerrilla el plan era 
ir recuperándolas una a una, y todo el asunto de la guerra con Argentina después 
nos vino bárbaro, imaginate que en Montevideo se vivía hablando de la guerra con 
Argentina, cuando la verdadera guerra que peleaba la dictadura era contra nosotros. 
Nuestra teoría era que con toda la movilización pedorra de tropas tenía que haber 
menos soldados cuidando el culo del mundo, si es que había algunos. O si los había 
serían pocos y los podíamos reducir fácil; cada uno de nosotros podía encargarse 
fácilmente de cuatro, vos ni te imaginás las cosas que nos habían ensañado Kostya 
y Rodion. Entonces pensamos que era la nuestra y fue empezando el plan de 
recuperación de las Madrigueras. Todas estas maniobras se hacían de noche; serían 
como las once, ponele, y ahí salíamos del refugio, atravesábamos el monte y nos 
preparábamos para tomar la Madriguera. La que teníamos prevista para esa redada 
era de las vigiladas, pero pensamos que serían pocos los soldados, y de hecho 
había dos nomás, montando guardia en una caseta que habían levantado ahí hacía 
un par de años, con cuchetas, una cocinita con primus y una letrina; había un 
soldado en la caseta escuchando radio y otro por ahí, caminando en círculos. 
Nosotros estábamos a unos cien metros, más o menos, escondidos en el monte. 
Bajamos a los dos soldados enseguida; el negro Julio, que igual era el mejor 



francotirador, le metió un balazo en la pantorrilla al que andaba dando vueltas, que 
cayó enseguida. Nunca supe por qué no lo liquidó; Kostya le disparó al de la caseta 
y lo mató limpiamente, pero el otro gritaba ayuda como loco, así que hubo que 
silenciarlo de un balazo; Kostya no dudó y disparó. Por un momento no pasó nada; 
supusimos que los gritos habían sido porque en la Madriguera habría un soldado 
que había bajado a coger con alguna mina de la zona. Vos pensá que los soldados 
en esas misiones de cuidar Madrigueras estaban un poco abandonados, hacían lo 
que querían; pensamos que como mucho habría dos y que no importaba si subían 
corriendo, que teníamos la ventaja de la mejor posición y estar preparados para 
abrir fuego, así que bajamos del monte, picamos hacia la entrada de la Madriguera 
con las armas en mano, y entonces empezaron a salir soldados, uno tras otro, como 
si fuera un hormiguero. Te explico, las Madrigueras tenían una entrada a un túnel 
que bajaba unos diez metros, rodeada de unas paredes generalmente de bloques, un 
poco parecidas a las casetas de los milicos, como la que había ahí mismo, pero 
mucho más rústicas, sin nada más que paredes y techo; la idea era que podían 
servir para defenderse, para apostar unos cuantos soldados y disparar hacia afuera 
si era necesario. Y eso fue lo que hicieron. Empezaron a masacrarnos; el negro 
Julio cayó herido en un hombro, se quedó cuerpo a tierra mientras otros de los que 
habían venido con nosotros disparaban a la entrada de la Madriguera y caían, casi 
todos muertos. Estábamos a medio camino entre el objetivo y el monte, así que no 



tenía sentido tratar de huir. Miré a Kostya y a Martín -el negro Julio seguía en el 
suelo y de los otros quedaban dos en pie nomás- y en el acto todos nos rendimos. 
Cinco soldados salieron de la Madriguera y nos apuntaron; dos fueron a levantar al 
negro Julio y lo arrastraron hacia la entrada, a la que nos llevaron también a 
nosotros. Imaginate las puteadas, comunista de mierda, vendepatrias del orto, todo 
lo que te puedas imaginar; los tenían bien adoctrinados a los soldaditos. Uno le 
arrancó una medallita de oro con la Hoz y el Martillo a Kostya justo mientras los 
demás bajaban por la escalerilla, todos menos el negro Julio, que quedó tirado en el 
piso. Nos habían desarmado y atado las manos a la espalda, entonces nos hicieron 
bajar hasta los túneles y nos dimos cuenta de qué mierda pasaba, por qué había 
tantos soldados. Parece que ahí funcionaba una cárcel; te podrás imaginar que 
nosotros, los de la UJC, no éramos el único grupo guerrillero que operaba en el 
interior en ese entonces; había por lo menos cinco de los que se sabía y muchos 
más de vida efímera, que conducían un operativo y luego se desintegraban, 
formando grupos nuevos o fusionándose con otros. Y allá abajo había por lo menos 
quince guerrilleros, los tenían en unas piezas llenas de mierda y meo, en harapos, 
haciéndolos dormir en unas casuchas como de perro, unas jaulas del tamaño 
mínimo para que entre una persona. Sonamos, pensé, nos quedamos acá para 
siempre. Entonces apareció un oficial, nos miró, me preguntó cuántos años tenía y 
le dije diecinueve; me quedó mirando, no me mientas comunista de mierda, me 



dijo; diecinueve años, le repetí, mirándolo a los ojos. Entonces pasó a Martín y le 
hizo la misma pregunta. Dieciocho años, le contestó, y nada más. Después se paró 
frente a Kostya, le hizo unas preguntas y no tuvo respuesta. Se notaba que lo 
trataba de otra manera, así fuese porque el ruso era un tanque, te podrás imaginar. 
Entonces miró a unos soldados y les dijo a todos me los pasan por las armas, uno 
por uno. Y hay otro arriba mi coronel, le dijeron, que está incapacitado por una 
herida en la pantorrilla. A ese también me lo fusilan, carajo, dijo el oficial, y 
añadió al ruso arriba, y a los dos pendejos también, ahora; a los otros me los 
guardan en las jaulas del fondo, me los tratan con cariño y me los fusilan mañana a 
primera hora. Nos hicieron subir a culatazos; yo imaginate cómo estaba, o sea... no 
tenía ni veinte años y ya me iban a pegar un tiro... Y una vez arriba agarraron a 
Julio y lo empujaron contra una de las paredes de la construcción que rodeaba la 
entrada a la Madriguera. En total eran tres soldados arriba, todos con fusiles. 
¡Primero al grandote!, gritó uno, y mirá la ignorancia de estos tipos, mirá cómo los 
tenían adoctrinados ¡al ruso podrido que vino a romper las bolas a la patria!, se 
mandó. Los otros lo quedaron mirando, en una de esas pensando y a este qué 
mierda le pasa, qué se cree, pero igual empujaron a Kostya contra la pared. Sacó 
pecho, empezó a hablar en ruso. A mí se me caían las lágrimas. Estaba cantando 
algo, no sé qué, o en una de esas recitando, y de repente SLAM!, el disparo de los 
tres fusiles. Cayó en seco y yo sentí que el mundo se nos venía abajo. Ahora el 



petiso marica de rulos, gritaron. Era yo. Me empujaron contra la pared, casi me 
hicieron pisar el cuerpo caído de Kostya , y entonces cerré los ojos, los apreté bien 
fuerte y sentí que preparaban las armas. No sé qué pensé, en mi madre, en mi padre 
muriendo de cáncer, en cuando jugaba de chico en el jardín, cuando miraba la tele, 
cuando leía las novelitas de ciencia ficción de Bruguera... Y sentí de repente un 
zumbido, un biiiiiiiiiiiiiiiiiiii que creció hasta hacerme partir la cabeza de dolor. 
Caí de rodillas y abrí los ojos. Los soldados también estaban en el piso y habían 
soltado las armas. Se babeaban y hacían sonidos... squitter squitter skweach\ 
Martín se llevaba las manos a los oídos y el negro Julio me pareció que estaba 
desmayado. No entendía nada. Me levanté y caí un par de veces, pero logré 
acercarme a donde estaban los soldados retorciéndose de dolor. Yo no podía más. 
El zumbido parecía salir del centro de mi cerebro, me atravesaba todo el cráneo y 
todo el cuerpo como un cuchillo que me frotaran por los nervios. Una sensación 
espantosa, te juro, de lo peor que sentí jamás. Pensé en agarrar los fusiles pero 
quedé paralizado. En el cielo había una cosa volando; uno puede pensar en una 
nave espacial, leer mil cuentos, ver mil películas y estar seguro de que vio, leyó o 
imaginó todas las formas posibles que puede tomar una nave espacial, un plato 
volador, una esfera, un vehículo más aerodinámico, cualquier cosa, cualquier 
forma; pero lo que vi no sabría describírtelo. Te explico: parecía una mantarraya 
flotando en el aire; los bordes estaban hechos de unidades más pequeñas que 




circulaban, que migraban por el contorno del vehículo. Es decir, supongo yo que 
era un vehículo, podía haber sido también un extraterrestre en sí, que podía volar y 
posarse justo ahí, arriba de nosotros, sobre la Madriguera. Ahora el ruido parecía 
haberse estabilizado, y no te digo que me acostumbré, porque supongo que eso 
sería imposible, pero sí que pude moverme mejor y orientarme. Pero a la vez no 
podía sacar los ojos de esa cosa que extendía las alas sobre nosotros, a unos veinte 
metros de altura como mucho, o capaz que más, no sé, era también un tema de 
perspectiva el tamaño que podía tener o el que aparentaba tener. Y empezó a 
brillar. Una fosforescencia como de alga o de algún animal marino, y brilló y sentí 
que enfocaba esa luz, que afinaba el haz de luz hacia mí, que me impactaba justo a 
mí en la frente y ahí sentí un aluvión de datos, de conceptos, de imágenes, como si 
la cosa quisiese comunicarse conmigo; al principio era como estar totalmente 
saturado pero poco a poco empecé a entender pautas. La cosa voladora o nave 
espacial estaba diciéndome que habían intervenido porque necesitaban salvarme, 
porque yo iba a tener algo muy importante que hacer. Y vi el futuro, es algo que no 
te puedo explicar, sentí cómo iba a ser el futuro, todo comprimido en pocos 
segundos, en un instante que contenía veinte años, y supe que no me iba a morir en 
Uruguay, y supe más cosas que después olvidé, que ahora no te podría repetir 
porque no puedo acordarme, a lo mejor con alguna sustancia o bajo hipnosis en 
todo caso, pero que en aquel momento, en las horas que siguieron a la experiencia, 



estuvieron clarísimas en mi mente. Después de unos segundos la nave se fue, 
desapareció en dirección a los cerros. ¿Vos lo viste?, repetía Martín, ¿vos lo viste? 
Sí, sí, le dije, vámonos al monte rápido, y entre Martín y yo lo cargamos al negro 
como pudimos, pero estoy seguro de que los soldados que estaban adentro de la 
Madriguera también fueron afectados por la nave y por eso no salió nadie más y 
nadie nos persiguió. Entonces nos abrimos paso y llegamos horas después al 
refugio. La luz te apuntó a vos, me decía Martín. Julio ya se había despertado, pero 
no decía una palabra, y no se lo escuchó hacer ni un sonido por días. Cuando 
finalmente pudo hacerse entender juró que nunca en su vida iba a hablar de lo que 
había visto, que ese secreto iba a morirse con él. Pero Martín no dejaba de 
preguntarme qué viste, qué sentiste, qué te dijeron. Cuando llegamos al refugio yo 
me desmayé. Pasé con fiebre los tres días que siguieron; deliré, dije cosas que 
después me contaron y que todavía hoy me hacen cagar de miedo, y que parece 
que también hacía que quienes las escucharan se pusiesen como locos, como si se 
los comiera el terror, y cuando me recuperé había olvidado casi todo. Me quedaba 
nomás esto que te conté, el zumbido, la luz, la idea de haber visto el futuro y esa 
misión que todavía tenía que cumplir. El comando de nuestra guerrilla optó por 
silenciar el hecho y eliminar de la lista inmediata aquella Madriguera, aunque 
muchos sugirieron hacer una ofensiva más grande para liberar a los presos. Yo 
sabía que tenía que volver; es más, sabía que algo más había pasado, que 



probablemente abajo también habían sido afectados por la nave. Los soldados que 
nos iban a fusilar nunca se levantaron mientras estuvimos ahí, antes de perdernos 
en el monte; yo tenía la certeza de que habían muerto, que el alien fue capaz de 
matarlos a ellos y dejarnos con vida a nosotros. Entonces una noche nos abrimos 
camino por el monte y llegamos a la Madriguera. Habían pasado dos semanas. Los 
cuerpos de los dos soldados todavía estaban ahí y también el de Kostya. No 
necesitamos decirnos nada entre nosotros; bajamos del monte y tomamos las armas 
que todavía estaban allí tiradas, los tres fusiles. Martín se paró ante la entrada a la 
Madriguera. No puedo, me dijo, no puedo bajar, pero sé que abajo están todos 
muertos, todos, los soldados y los compañeros. Le dije que yo tampoco podía 
bajar, pero que todavía tenía algo que hacer. El cadáver de Kostya estaba bastante 
descompuesto, imagínate en el campo, con el monte ahí nomás; le faltaba un brazo, 
tenía un boquete enorme en el abdomen y las piernas roídas. Pero no me importó 
nada. Metí la mano en un bolsillo, sabía bien en cuál, y saqué la petaca, todavía 
llena de vodka, el vodka que Kostya había pensado que iba a tomarse después del 
éxito de la misión. Me guardé la petaca y le dije a Julio, que estaba parado ante la 
entrada de la Madriguera, pálido de miedo, ahora sí Julio, podemos volver. Y 
volvimos. Y esa petaca la llevé en todas las misiones mientras permanecí en la 
guerrilla, hasta que me hicieron volver, primero a un plenario de la UJC en Pando, 
que fue cuando dejé de militar porque escuché a uno de los jerarcas decirle a otro, 



a un tipo que ahora es diputado, lo que nos hace falta acá es un mártir. Y el otro, el 
que te digo que ahora es diputado le dijo fíjate cómo se puede arreglar que la gente 
se entere de la muerte de uno de estos pendejos. La frase me asqueó, como te 
podrás imaginar, y largué todo a la mierda. No fue fácil, claro, me siguieron, me 
persiguieron, me asediaron durante años, o sea, ellos y los milicos, y después los 
judíos sionistas del orto, y los cipayos de mierda, pero a mí me importó todo un 
carajo e igual saqué los fanzines, igual saqué las revistas, igual dije todo lo que 
siempre pensé, igual me cagué en los yanquis, igual dije que la caída de la URSS 
fue lo peor que le podía haber pasado al mundo; eso y mucho más, todo lo que 
pensé lo dije, nunca me callé nada ni me creí ninguna amenaza. Y acá estamos 
ahora. Estoy vivo gracias a esa nave alienígena que me aseguró que tenía un 
destino, que el futuro dependía de mí. Entonces acá estoy, esperando, y la petaca 
de Kostya todavía la tengo en casa, bien guardada, como el mejor tesoro de 
aquellos años. Y vos sos el único que sabe de esto, vos y Matías, además de los 
que estuvimos ahí. Mi conclusión es que ese alien lo que está haciendo es 
modificar la historia humana; en otro universo yo me moría ahí, en Tacuarembó, 
pero las consecuencias de esa muerte creaban un futuro que por alguna razón a 
estos aliens o bien no les conviene o bien entienden que es malo para la 
humanidad; entonces lo alteraron, hicieron que no me fusilaran y entonces estoy 
acá, con todas las revistas encima, con todos los cuentos y novelas, esperando que 



me llegue el momento de hacer eso que tengo que hacer; porque por ese entonces 
yo todavía no escribía; leía mucha ciencia ficción, sí, pero no me había animado a 
escribir. Empecé a querer ser un escritor después, ya cuando estaba por dejar la 
militancia. Y esta idea que te cuento se la conté a Matías; es la base de la novela 
que está escribiendo, El sueño de Tesla, en la que unos extraterrestres modifican la 
historia humana para facilitar la invasión. Yo no te digo que lo que pasó conmigo 
sea exactamente eso; a lo mejor los aliens en realidad son humanos del futuro que 
están arreglando la historia, eso también es posible. ¿Y sabés qué más? Poco a 
poco siento que me voy acercando, que el momento para el que fui salvado se 
acerca. 



8 


Vuelvo una y otra vez sobre esa historia: ahí está el nudo, ese fue el momento 
que jamás pude dejar pasar, que jamás logré digerir. Así, como un error que se 
arrastra, como ante una irregularidad en un sistema que a medida que pasa el 
tiempo acumula más y más consecuencias, fluctuando en las ecuaciones como un 
cáncer o un obstáculo en la corriente de un rio que pronto, gracias a todo lo que 
transportan las aguas, troncos, animales muertos, desperdicios, terminará por 
generar una presa, una barrera insalvable, cada vez que recuerdo a Emilio lo veo 
esa tarde en las calles del Cerro, hablando desde cierta tristeza fundamental, 
entendiendo que está inerme ante su propia locura, ante el convencimiento 
absoluto que tenía de haber vivido esa experiencia, de haber sido salvado, de tener 
un destino. Pero está claro que una parte de mí quiere creer; no necesariamente en 
extraterrestres y mundos paralelos sino creerle, creer que no está mintiendo, que él 
tiene para sí, para su mente, su carne, sangre y huesos que aquel momento fue real. 
Y sí, descartarlo como una mentira, como un signo más del profundo desequilibrio 
mitómano de Emilio Scarone, me pareció siempre una traición, la salida más fácil, 
propia del tipo de mente que siempre detesté, la que busca las soluciones fáciles, la 



que cree conocer a las personas casi al instante y se precia de ser buen juez de 
carácter e interpretar a la perfección todos los dichos y las acciones, siempre bajo 
las pautas de sus conceptos firmemente establecidos, inmóviles, clavados al piso. 

Esa era la verdadera traición para mí: aliarme con el pensamiento “correcto” o 
“sensato” y bajar el telón sobre todo lo que pudiera decirme Emilio a partir de allí, 
desvarios, locuras y mentiras. 

Podría entonces escribir a Emilio, volver a crearlo, a inventarlo en el sentido de 
que, ante ciertas vidas o historias, la ficción es la única estrategia posible, la única 
manera de acercarse a cierto núcleo fundamental de la vida que se intenta... ¿Que 
se intenta qué? ¿Explicar? ¿Comprender? ¿Conservar? De poco sirve la 
investigación, indagar en todas las fuentes, armar a la “persona” a través de todas 
las facetas, de todos los reflejos en los demás, en los alcanzados, los tocados, los 
deformados; de poco sirve que haya hablado con tantos de sus amigos y conocidos: 
el misterio de Emilio es doble: el de todos nosotros, el fundamental a toda vida, a 
toda conciencia, y el proliferado alrededor de aquella historia de guerrilla, haya 
sucedido o no, haya sido lo que haya sido: signos suyos todas las mentiras de todos 
los días, la nube de asteroides que aparecía en los radares cuando Emilio se 
acercaba. Su desaparición es una consecuencia de ambas; dónde está ahora es 
quizá una pregunta sin sentido. No podría estar en lugar alguno. 



Y aquel día también me contó de la muerte de su padre. El viejo llevaba días 
acostado en la habitación principal de la casa, largando un olor horrible, vomitando 
sangre y quejándose todo el tiempo mientras Emilio leía una novela barata de 
ciencia ficción sentado entre las plantas del jardín; entonces escuchó un grito y 
corrió hacia la habitación. La cara de su padre se había convertido en una roca 
tallada por las olas, dijo, inmóvil para siempre en un gesto de horror. 

Después habló de un mensaje alien que había descifrado a los diecisiete años. 

O fue del cuento de ciencia ficción sobre una ucronía en que la revolución 
cubana se expandía por todo occidente. Se lo mandó por correo a Castro y la 
respuesta no tardó en llegar: espero que sigas escribiendo así de bien en el futuro, 


muchacho. 



9 


Quizá haya una lectura posible de esta novela que atienda a la figura que trazan 
(o deberían trazar) las piezas perdidas y los cabos sueltos; en cuanto a Martín y 
Julio, amigos de toda la vida de Emilio, los entrevisté hacia la mitad de mi 
investigación para el libro, poco después de mi encuentro con Matías. Julio se 
mantuvo bastante parco a la hora de responder; le pregunté por los años de la 
guerrilla y se limitó a asentir, a corroborar alguna fecha y a confirmar historias 
contadas por Emilio. 

—Estoy seguro de que se suicidó —concluyó—; un tipo como Emilio no está 
hecho para este mundo; y él ya había hecho un intento. Se bajó un frasco de 
pastillas con un vino tinto caro; lo eligió y compró expresamente. Dijo que también 
escribió algo ahí, un papel que apoyó en el pecho cuando se tiró en la cama. Pero 
pasó el tiempo y no se murió el hijo de puta, así que manoteó el teléfono para 
llamar a la farmacia de acá a la vuelta, la que atiende la gorda Inés, que siempre 
fue gente de primera. Ella sintió algo raro en la voz de Emilio y mandó al pibe de 
los mandados, que cuando tocó timbre y no le abrieron se animó a meterse en la 
casa. Encontró a Emilio en un vómito solo, como sonámbulo, y gracias a que llamó 
enseguida a la emergencia lo pudieron salvar... 



Martín, en cambio, si bien evitó hablar de los años de guerrilla, me dio bastante 
información sobre los ochenta y los primeros fanzines, sobre las lecturas de Emilio 
por aquellos tiempos, su contacto con sociedades de ufología, sus viajes a la 
estancia La Aurora y las notas que estaba tomando para su La novela de las 
tinieblas. 

—¿Y de eso te dijo algo más? —le pregunté. 

—Mirá, llegó a terminar un borrador de los cuatro primeros capítulos; dos años 
antes de que se fuera me lo dio, está en casa. Nunca lo leí, por respeto. 

Le pedí que me enviara una copia al mail. No fue fácil convencerlo, pero 
explicándole que esa información era imprescindible para armar una imagen lo 
más exacta posible de la trayectoria intelectual de Emilio, y así hacerle justicia 
incluso cuando él ya no estaba allí para apreciarlo, terminó por ceder. Esa misma 
noche apareció el archivo .doc de la novela en mi correo. Y la lectura arrojó el 
resultado imaginable: estaban todas las teorías conspirativas de Emilio, todas 
sus experiencias, todas sus conclusiones. Esencialmente lo mismo que había dicho 
en el programa de televisión de Hugo Silvermann, que toda la historia humana es 
producto de maquinaciones extraterrestres, que en realidad lo que llamamos 
extraterrestres son formas derivadas de un estado supraindividual de la especie 
humana en plan mente -colmena, que había al menos dos facciones de esas formas 
supraindividuales, que a veces se nos aparecían en visiones destinadas a hacernos 



obrar, que él, en los viejos años de la guerrilla, había sido contactado por una de 
esas formas, que había accedido a una de esas mentes años después gracias a sus 
experimentos con alucinógenos y que había tenido una visión vastísima del pasado, 
el presente y el futuro de la humanidad, el fin último al que el programa alienígena 
iba a conducirnos, que todo el universo que percibíamos era una realidad virtual 
producto de la unimente, la conciencia de las galaxias, los restos de la unión mental 
de la primera especie inteligente surgida de la primera generación de estrellas. La 
novela de las tinieblas estaba presentada como “las confesiones de Emilio Scarone, 
escritor”, y abundaba en referencias a su obra, fácilmente reconocibles todas ellas, 
especialmente en cuanto a El sueño de Tesla y al proyecto de ucronía que me contó 
en nuestro último encuentro. Allí aparecía mi nombre y el de Alfredo, Matías, 
Marcos, Clara, Karenina, Julio, Martín y tantos otros. Todos teníamos una función 
en la enorme estructura que había vislumbrado; yo me imaginaba en mi casa, como 
al final de VALIS, de Philip K. Dick, mirando la televisión, buscando señales, 
esperando, cumpliendo mi misión. 


Y ahora que menciono a Philip K. Dick recuerdo las dos o tres historias 


contradictorias que Emilio inventó para explicarnos o explicarse por qué no había 



llegado a conocer a Dick cuando visitó Uruguay en 1992. Entiendo, recién en este 


momento vengo a entender, que en esa o esas mentiras obró cierto (y fugaz) buen 
tino de Emilio como narrador, en tanto la escena del encuentro entre Dick y 
Scarone, el apretón de manos, la charla sobre gnosticismo y conspiraciones y la 
Unimente en su interacción con el Multiverso, era tan redundante que cualquiera 
pensaría que o bien la visita de Dick a Uruguay debía ser un invento de Emilio o 
bien que él mismo era un amigo imaginario de Philip Dick, una variación de sí 
mismo, un alter ego sudamericano y un poco más podrido por los maltratos del 
cosmos. 


Entonces llegamos al segundo límite. Estoy con Emilio, en su casa, hablando 
de la ucronía que está escribiendo, en la que los nazis han triunfado y Sudamerica 
se ha convertido en el campo de batalla donde se miden las fuerzas del Reich con 
la última Resistencia. 

—Yo esto lo soñé —dice— lo percibí, es real, es un mundo que existe y desde 
el que están enviándome información para que yo escriba esta novela, y está claro 
que es el lugar donde volcar todas mis experiencias en la guerrilla, es más, te 
explico: en ese mundo yo soy el comandante de una unidad de resistencia que hizo 
su búnker en Tacuarembó, porque fíjate que... —y pasa a detallar su cronología 



ficticia para este mundo: Hitler no invade la Unión Soviética, concentra sus fuerzas 
en la Batalla de Inglaterra y vence, descubre el Proyecto Manhattan y elimina a sus 
científicos principales, la guerra se prolonga hasta el 48, cuando Estados Unidos, 
tras haber sido derrotado en el Pacífico, capitula en el frente Europeo tras el 
fracaso del intento desesperado de retomar Francia; en Sudamérica, Argentina se 
había declarado aliada del Eje; Uruguay, que insiste en su neutralidad, es ocupado. 
Todas las etnias originarias del continente son recluidas en campos de exterminio; 
Brasil, Bolivia, Paraguay y Perú son despoblados; la Patagonia, hacia los años 50, 
es elegida para proyectos científicos que involucran viajes en el tiempo y 
experimentos con universos alternativos. 

—Hasta ahí llegué —dice—, tengo que detallar más elementos históricos y 
decidir cómo van a figurar los hechos históricos, si a modo de telón de fondo, 
como en El hombre en el castillo, o de una manera más expuesta, como en Pavana. 
Y voy a usar muchos elementos de la novela que vengo escribiendo, dejando, 
reescribiendo y corrigiendo desde hace más de diez años, La novela ele las 
tinieblas, que ya debo haberte mencionado. 

—Sí, y también lo mencionaste anoche... 

Es mi segundo intento de llevarlo al tema de la entrevista con Silvermann. 
Emilio lo elude con desdén, como si no fuera relevante. Quizá no es consciente del 
ridículo que ha hecho; si se lo señalo sin rodeos sé que me responderá que todo es 



parte de su plan, que exageró su personaje de siempre para asustar al conductor y 
llamar la atención de las dos o tres personas “en este país de mierda” que podrían 
entenderlo. Ya no sé si me cuenta entre esa minoría. 

—Lo que todavía tengo que investigar —continua— es todo el aparato 
esotérico de los nazis; tengo en la computadora el libro de Robert Ambelain, Los 
arcanos negros de Hitler, deberías leer algo de eso. Mirá, te explico, no se trata 
sólo del asunto de la tierra hueca y convexa, tenés también el asunto del 
koreshanismo y la posibilidad de que, no te digo lo de la Tierra, porque eso es 
claramente una estupidez, sino que muchos datos científicos, o datos que 
asumimos como probados por la comunidad científica, no sean más que una 
conspiración para ocultarnos la realidad y dominarnos en la ignorancia. Justo de 
eso se trata la novela que vengo escribiendo hace años, La novela de las tinieblas, 
pero como llevo demasiado tiempo estancado y necesito algo diferente para 
ponerme en movimiento, me pareció que dándole una forma más ficcional podía 
tener la chance de emplear muchos de esos conceptos de otro modo. ¿Y qué mejor 
que una ucronía? Vos sabés que siempre me gustó... ¿te acordás de aquella que 
había escrito, en la que los espartanos vencían en las Termopilas y conquistaban a 
los persas y llegaban a un imperio oriental completamente desconocido, con 
tecnología extraña a la época. ¡Ah me adelanté a los gordos bobos que escriben 
steampunk! Cuando los micos de la cultura de acá se baboseaban con La balada 



del popó y pichí Sosa o escuchando al sucio de Jaime Ross yo ya estaba 
escribiendo esa ucrania, ¿vos la leiste, no? 

—Creo que sí —mentí; lo único que recordaba de esa trama es que Emilio me 
la había comentado hacía mucho tiempo y que pertenecía al enorme conjunto de 
sus relatos o bien fallidos o bien del todo ilegibles. 

—Esperá... te voy a mostrar unos mapas. ¿Vos te acordás del Mapa de Piri 
Reis, no? Bueno, te explico, yo... —al buscar en su disco duro repara en la hora— 
¡la concha de la madre! Son las seis de la tarde, había quedado con Pablo en el 
centro a las seis y media, hablando contigo me dejé estar, que pelotudo... ahora ya 
no llego... ¿no me prestás tu celular, que me quedé sin cómputos? 

—Dale, llámalo —Emilio toma el teléfono y, tras consultar en la agenda del 
suyo, marca el número. Estoy todavía en casa, le dice, me retrasé, disculpó, pero 
esperame que llego en una hora. Se despiden. 

—¿Pablo Arismendi? No sabía que se habían amigado de nuevo... 

—Sí, tenemos un proyecto... disculpó que me tenga que ir ya, otro día si 
querés la seguimos... ¿Qué ómnibus te tomás? 

—El 17, ¿vos? 

—También, esperá que me cambio y vamos... 

Salimos a los cinco minutos, esperamos un rato en la parada y el ómnibus 
aparece en la esquina. Emilio está contando que la semana anterior intentaron 



robarlo; se había quedado dormido mirando la televisión y escuchó que abrían la 
puerta del fondo. Atinó a tomar su pistola y disparar apenas entró el ladrón. 

—Me quedé escondido de este lado y lo herí en la pantorrilla —está 
diciendo—, un asco, después tuve que limpiar la sangre y los cachitos de carne... 
pero el mico lo único que hizo fue irse llorando, buu, buuu, no sabés, hasta daba 
lástima, te juro... 



10 


—Y la pornografía se parece a la ciencia ficción en otro punto más, quizá el 
más importante —dice Alfredo Kowak, de espaldas a uno de los cuatro o cinco 
paisajes postapocalípticos de Montevideo—: en el realismo. Sé que suena 
contradictorio, pero es así, mirá: la pornografía, las películas porno, son en tiempo 
real. En ese sentido, y aunque argumentalmente son todo lo contrario al realismo, 
un recurso formal las convierte en la única forma de arte donde lo representado 
coincide con la representación al máximo: en el tiempo. ¿Eh, qué tal? Para vos que 
te gusta la Teoría Literaria. Y la ciencia ficción, por otro lado, lo que hace es 
movilizar mitos, formas del inconsciente colectivo, arquetipos, actualizándolos, 
traduciéndolos a la modernidad y la posmodernidad, ¿entendés? Por debajo de la 
máscara la ciencia ficción habla de todo lo que hay a la vista y todo lo que se 
esconde, de todo lo que hay en la cultura. Lo cual la convierte en mucho más 
realista que tantas novelas apoyadas en convenciones de lo real. Mirá Philip Dick, 
por ejemplo. El tipo se lanzó a una búsqueda de lo humano, ¿entendés? No asumió 
ninguna esencia, ninguna definición previa a cómo... a cómo sienten los hombres, 
a cómo se estructuran sus personalidades, a nada de eso. Lo buscó él, y lo hizo 
preguntándose en qué se podían diferenciar un humano y un robot construido para 



parecer humano. Y concluyó, vos lo sabrás, que no importa de qué se está hecho, 
que importa la empatia, y que... bueno, vos me entendiste. A mí me gusta señalar 
cómo la ciencia ficción opera de un modo mucho más cercano a la realidad que la 
novela clásica, sea de la época que sea... y en ese sentido es como la pornografía: 
presenta una realidad disfrazándola de un montón de mentiras, dioses y monstruos, 
dioses y monstruos. 

—No sé, Alfredo. La pornografía también asume un montón de construcciones 
culturales, dominación entre los sexos, qué se yo... 

—Sí, pero los revienta. O, en todo caso, dentro de la pornografía, que es 
inmensa, hay espacio para todo. Eso es lo interesante. Conviven una película 
común y corriente de sexo heterosexual con cualquier fetichismo o con abuelas, 
zoofilia, orgías, tortilleras, putos, lo que quieras... ¿me entendés? Interracial, 
incesto. La pornografía es algo amplio, es lo que tiene de bueno. 

—Lo tengo que pensar más, puede ser que tengas algo por ahí. ¿Vas a 
escribirlo? 

—Capaz —dice—; a lo mejor escribo algo sobre el sexo en la ciencia ficción, 
¿qué te parece? Philip José Farmer, Ballard... Scarone, ¿por qué no? Es la fusión 
perfecta... ciencia ficción y pornografía. Acordate de lo que te digo... 

—Si te vas a poner a estudiar eso, con Emilio tenés para rato. 


Sonríe. 



—Se terminaron las galletitas, master. 

—¿Querés que compre más? ¿Traigo otra cerveza? 

—No dejá —mira el reloj—, ya es medio tarde. La dejamos para otro día. 

Pone una cara que no termino de descifrar. 

—“Todo hecho es insignificante, porque si bien sucede infinitas veces en 
infinitos universos, también lo hacen sus infinitas negaciones y alteraciones”, ¿te 
acordás? 

—El comienzo de El sueño de Testa. 

—¿Sabés que me dieron ganas de leerla otra vez, no? Ahora cuando llegue a 
casa me hago un poco de tiempo y la empiezo... ¿y sabés una cosa? Yo te lo dije 
cuando me hiciste aquella entrevista... cuando empezaste a trabajar en tu libro.. .al 
final en El sueño de Tesla está todo. Está toda la historia de la ciencia ficción 
Uruguaya, entre líneas. Hay que saberlo leer, nada más. 

Salimos a la calle. Ha oscurecido, siento frío. Alfredo, de golpe, me parece una 
astilla gris del camuflaje del mundo. 

—¿O sea que toda la ciencia ficción uruguaya se resume en Emilio Scarone? 

—En cierto modo sí, ¿por qué no? Escribir mal, enamorarse de los maestros, 
escribir para que nadie te lea, llegar a contar tus historias y después deshacerte en 
delirios místicos y proyectos interminables. Ascenso y caída.Y, mientras tanto, 



seguís sin nadie que te lea. Pero bueno, en El sueño de Tesla, aunque el que lo lea 
piense que es de Andreoli, si lo lee bien, ahí está el misterio de Emilio Scarone. 

—¿Porque hay al final un misterio? ¿Vos estás seguro? ¿No estaremos 
inventándolo nosotros, no estaremos inventándolo desde aquella vez que salimos 
de tu librería y nos mostró la tapa de Mundo de dragones ? 

Le hago la pregunta pero ya sé la respuesta: es mía. Alfredo sonríe y me tiende 
la mano. 

—Nos vemos pronto —dice—, llámame, hacemos algo. Todavía tenemos que 
discutir por qué metiste a todos esos pendejos, a la Fernandez, al otro, a los de la 
banda esa de Las Piedras, Space Glitter... que está buena, no te lo niego, tienen 
ritmo, pero meter las letras de un grupo de rock en la historia de la ciencia ficción 
Uruguaya... no sé... 

—Mirá, justo mañana me voy a la casa de ellos en Las Piedras, a ver qué más 
tienen para decirme... Continuará, entonces. 

—Continuará —repite, y cruza la calle. 

Meto las manos en los bolsillos y empiezo a caminar hacia la parada de 
ómnibus. Pienso en Alfredo, en Emilio, en aquellos días de 1994, en el presente. Y 
sé muy bien por qué han querido entrar en esta historia tantos recuerdos, sé que 
tengo que escribir algo más, una novela, una ficción sobre todos nosotros que 
calque una por una nuestras historias y sea sin embargo otra ficción, como el 



misterio de Emilio, como aquellos años de revistas, miserias y pasión. Emilio 
debería ocupar un lugar central y su misterio surgiría de la nada para deshacerse en 
espuma, como en el fondo pasa con todas las historias. Escribir una novela para 
matar el misterio de Emilio Scarone; hacer la operación que sólo en una novela 
puede hacerse, el arco entre la espuma y la espuma, crear un misterio y 
abandonarlo a la intemperie, dejarlo a la acción del viento y del sol, como un 
palacio en ruinas que en realidad jamás existió más que como ruinas, que fue 
concebido en ruinas, levantado en ruinas y que finalmente desapareció, como 
desaparece Alfredo de la novela cruzando una calle, como yo que me subo a un 
ómnibus, como Emilio contando una vez más otra de sus mentiras, Emilio, que 
sale a recorrer todo El Planeta Con Una Sola Calle para llegar, eventualmente, al 
punto de partida . O a no llegar nunca.